Ser culto

 

No sé qué es ser culto. ¿Será porque no soy culto?

Culto y cultivado son el resultado de haber(se) cultivado.

Pero no son lo mismo. Es obvio que nadie puede cultivarlo a uno. Hay que cultivarse solo, o con el ejemplo familiar, escolar, docente, etc. (Por cierto, “universitario” NO es sinónimo de culto. ¿Y dentista sí? ¿U odontólogo?)

Así que debe de ser cuestión de regarse los pies desde chiquitito y esperar que la semilla plantada haya sido buena (genes, que les dicen).

Ahora bien, cuando se afirma de alguien que es culto, ¿se sabe qué se está diciendo? Acaso es un buen recopilador y recordador de datos, a veces pertinentes o interesantes. O es quien reconoce una melodía, o pone nombre a una obra pictórica, o leyó pilas de libros y recuerda extensos textos.

Si haberse cultivado es algo, a mí me parece que no puede ser el mero hecho de tener buena memoria visual, auditiva o lo que gustéis. Se me hace que un fruto deleitoso del riego con amor – como el de aquel rosal – debe de ser perfumado como una flor, encantador como una obra musical, colorido como un cuadro excepcional o sabio como un Shakespeare o un Cervantes.

Creo que desde afuera no podemos saber si yo o vos o aquél somos cultos. Sólo quien pueda penetrar en nuestras almas (sean lo que fueren) podrá decir si el riego y el abono y la constancia y el cariño hicieron que uno pueda conmoverse ante las maravillas de la cultura producida por el ser humano, que eso supongo que es ser culto, junto con la capacidad que muy pocos poseen de trasmitir ese arrobamiento y la causa que lo provoca para así cultivar a otros y no limitarse a un onanismo estéril.

La felicidad que el culto encuentra en su estado de deliquio debe ser transmisible para que merezca el nombre de culto.

                                                                                                                                

                                   Horacio Martínez

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