noviembre 2013

Temor o fervor del autor científico

Publicar o perecer, decían en el Gran Espía del Norte. ¡Y tuvimos que ver publicada cada porquería!

Hoy se cuidan más de no publicar cualquier cosa y los directores buscan con intención  razonable un buen trabajo de investigación que haya sido revisado por sus pares.

Por ello, muchas revistas ya no albergan los trabajos que ansía el OG, la técnica práctica minuciosamente descrita, la revisión exhaustiva de la literatura por alguien de buen concepto y bien conceptuado.

Y… no pudo publicar ni un artículo. 

Los científicos de materias básicas están más entrenados para producir trabajos bien vestidos y, a veces, con un contenido útil… más allá de haber liquidado unas cuantas ratas. [A propósito de las ratas, si el lector se traslada a misceláneas, hallará un artículo del diario EL PAÍS, muy ameno e instructivo titulado Curar ratones es fácil; humanos, no]

El Odontólogo General – amplia mayoría – suele buscar el caso inusual o una investigación clínica organizada y relacionada con su especialidad con datos y técnicas detallados y conclusiones bien analizadas.

Con 50 años de redacción y dirección de revistas odontológicas, he visto de todo. Y procuré cumplir con la tarea de salir a buscar los trabajos, sin limitarme a publicar lo que al azar llegaba.

Fue un privilegio cantidad de artículos provenientes de algunos de nuestros grandes maestros y de sus discípulos. Pero he debido rechazar casos clínicos de esos que todos vemos por docenas en el consultorio, que no aportan nada original. O revisiones de la literatura de apenas seis, siete u ocho artículos, que ni siquiera pasaron por un buen proceso de digestión. (Ni por el procesador de la PC.)

También son raros el especialista y el OG que publican el caso raro, o los problemas que planteó y la solución aplicada… Muchos casos clínicos ignoran el entorno (caries, periodontitis, etc) del área afectada  y su tratamiento previo o paralelo, y se concentran en publicar. Sea como sea.

Usted, lector, queda desilusionado y, poco a poco, deja de leer o siquiera hojear la revista que recibe (y paga con la cuota social) y se vuelca cada vez más a Internet, donde hay de todo, pero mejor presentado, y no farragoso y con consideración por el OG, no especialista o científico, que se tragan lo que venga. Y a los autores que, con temor o fervor, se largan a publicar, plis, les pedimos que no olviden incluir la significación clínica.

Si usted está al día con la cuota de la organización profesional a la que pertenece, creo que tiene derecho a dirigirse a las autoridades y plantearles la pregunta clave:

¿Por qué no piensan un poco en mí, si los OG somos mayoría amplia en la institución?

¿Por qué se alejan cada vez más de nuestros intereses?

Nuestros pacientes no son perros ni ratas (casi nunca), aunque agradecemos la buena voluntad con que se prestan a las sesudas investigaciones.

                                      Horacio Martínez

Nota: fue fuente de inspiración el editorial de Ashok Utreja (Contemp Clin Dent. 2012 Oct-Dec; 3(4): 522)

Otra nota: Aunque resumiendo y salteando, el artículo que sigue es un muy válido complkemento del editorial y la situación actual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicar o perecer, del blog de Briggs

Quienquiera que haya pasado algún tiempo en la biblioteca de una universidad  rodeado de trabajos de su especialidad sabe que lo ultimísimo que se necesita es más de lo mismo. Las revistas abundan y es probable que procreen — asexuadamente, por  división — cuando el bibliotecario da vuelta la cabeza.

  El diablo acecha al que no publica

 La razón es obvia: los académicos deben publicar, quieran o no, tengan o no algo  útil que decir, y haya  o no alguien que lea lo que escriben.

Ocurre en todas las áreas del conocimiento, pero los efectos son diferentes  en las humanidades y las ciencia0s. En aquéllas, el mundo sería un lugar mucho mejor si muchos de los autores obedecieran el viejo dicho de que “el silencio es oro.” El exceso de aportes en las ciencias es menos problemático porque los trabajos pobres e insignificantes son ignorados. La presencia de tanta paja solo hace más difícil descubrir el trigo.

En las ciencias duras se espera algún parecido con la verdad. Casi demasiado. De hecho,, directores, revisores y autores siguen una rígida filosofía positivista: ¡solo las buenas  nuevas hallarán su camino a la imprenta! Pues los artículos con “estadísticas significativas” tienen muchísimas probabilidades de ser publicados.

Recientes estudios han demostrado cómo las intensas presiones alientan a los científicos de la vida a embarcarse en una gama de prácticas cuestionables para generar  publicaciones — conductas que reinventan los fines de un estudio después de terminarlo para “predecir” hallazgos inesperados y son incapaces de asegurar una fuerza estadística adecuada. No son actos raros, son comunes,  resultantes del medio y de las estructuras que los incentivan.

La solución real es juzgar a un colega por la calidad y lo promisorio de su trabajo, no por la cantidad y tampoco siquiera por un indicio de clasificación numérica.

                                               

                                                          

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