julio 2006

                      Monumento

                                                  Exegi monumentum aere perennius (Horacio)

Se enorgullecía Quinto Horacio Flaco de que su obra habría de ser un monumento que perduraría a través de los siglos. Como así fue.

Ni el cielo, ni el infierno, ni los campos elíseos, ni el hades, ni la nada, permiten contemplar desde allí ningún monumento aun cuando sea más duradero que el bronce. Sin embargo, algunos nos esforzamos por dejar huellas en el polvo que transitamos circunstancialmente. Sus razones tiene cada uno. Como también, quizá, las tengan quienes se limitan a dejar que su fisiología cumpla, y nada más, durante el lapso que les tocó.

Escribo este editorial (19-4-2006) afectado porque ayer falleció un hombre que dejó un monumento de ideas que serán más duraderas que cualquier metal. El Profesor Gregorio Weinberg, nacido en 1919, ayer se fue junto a Yahve y, de tantos ladrillitos de sabiduría que erigió, deseo destacar solamente algunas palabras pronunciadas apenas en noviembre de 2005. referidas a la educación pública, que afirma que debe ser “democrática, universal, gratuita, inclusiva, laica, participativa, formativa, actualizada, flexible, crítica, enriquecedora del lenguaje y abierta a las revoluciones científicas y técnicas.”

Si la intención vale, puedo decir que me he esforzado y que me esfuerzo como director y editorialista por dejar un mensaje útil, por transmitir una palabra de incentivo, por corregir costumbres quizá con una sonrisa, por alentar a las nuevas generaciones, todo en un cuerpo de escritos que seguramente no será un monumento, pero es mi deseo que sea visto como un modesto hito para orientar hacia el camino ideal a quienes apenas comienzan la marcha.

Este párrafo precedente va dicho sólo para estimular a los colegas de todas las edades para que hagan de cuenta que alguna instancia superior, un Dios, un Arquitecto Supremo, la humanidad futura, podrían alguna vez agradecerles el esfuerzo, las intenciones (que no siempre es cierto que hayan empedrado el infierno) de contribuir a algo más que el propio bienestar. Un editorialista, por ejemplo, tiene ese poder y sería bueno que lo utilizara.

Punto final y mayúscula inicial. Aquél para cerrar un momento de emoción por la pérdida de un hombre y la ganancia de un monumento. Ésta para abrirse al Editorial # 2, dedicado al plagio y a la ética editorial, tema de una reciente convención internacional; pues ¿puede uno pensar que dejó no ya un monumento, sino un recuerdito tan siquiera, si incurrió en plagio consciente?

                                Dr. Horacio Martínez

Plagio, salame, escribas y halagos

Parecido a éste es el título de un reciente editorial de Michael Glick, director del Journal of the American Dental Association (2006,  Vol 137, N° 2, 140-142). Se ocupa de un tema, el plagio de artículos en las ciencias médicas, que fue objeto de recientes deliberaciones internacionales. En verdad, fueron más allá e incluyeron el plagio en ciencias y la pobreza científica de los artículos (escasez de sujetos, pruebas inadecuadas, falta de imaginación). No incluyeron la criptoamnesia, que es el plagio inconsciente o involuntario.

Plagio es la presentación de una obra, artículo, frase como si fueran propios, siendo en verdad ajenos. Esta palabreja proviene del latín "plagiarius" (secuestrador) y del griego "plagion" (lo que no es directo). Originariamente significó arrebatar a otro un esclavo o una criatura y hacerlos propios. Curiosamente, en América se usa hoy también con este primer significado.

El problema es determinar cuándo se está ante un plagio. Entre muchos casos notables, podría citar a Shakespeare que pirateó cantidades de ideas ajenas para sus obras. Y construyó un monumento mucho más duradero que el de los autores originales. Reelaboró como el genio señero que fue. No me suena que se pueda dar algo así en odontología, en el 99,99% de los casos.

Los directores salvan la ropa si ponen los artículos ofrecidos en manos de un comité de especialistas lectores, en la confianza de que no sean amigos del autor por juzgar, o enemigos. Deben cuidar estos revisores que no se escapen conceptos plagiados sólo porque hayan sido parafraseados o adornados o disimulados. Si se da vuelta un traje usado, sigue siendo el mismo traje, aunque se vea distinto. Es interesante que alguien pueda pensar que el plagio es una forma de halago, de homenaje. Interesante, pero falso. Si desea homenajear a un colega, no lo copie, cítelo e incluya la debida mención bibliográfica al término del trabajo.

Glick se pregunta por el “autoplagio”, cuando uno usa sus propias palabras, frases, ideas o investigaciones una y otra vez en distintas publicaciones mundiales. Lo denomina divertidamente el “método del salame”, porque se cortan fetas del embutido original y se embuten en diversos medios. No creo que sea delito el repetirse, aun con el deseo de poblar el currículo. Pienso que cada uno maneja muy pocas ideas originales y que se pasa la vida travistiéndolas y procurando que las vistan o encarnen los destinatarios.

También se pregunta Glick por el aporte de los escribas, o escritores fantasmas, esos que redactan tesis ajenas por un estipendio o componen para empresas farmacéuticas reelaborando lo que escribieron verdaderos científicos. Es como esas autobiografías de famosos escritas por gente que sabe escribirlas, pero sin la fama ni el dinero. Lo correcto sería reconocer la colaboración. Un jugador de fútbol no tiene por qué saber escribir una biografía interesante. Ni un científico. Lo malo es que cualquier odontólogo cree que sabe escribir, por el solo hecho de ser universitario. Y no es así. No fue preparado para eso. Por lo menos en la Argentina. Más que reprocharle el uso de un escriba que redacte correctamente la investigación del científico, creo que habría que agradecérselo.

Y habría que agradecer a los directores y asesores científicos que rechazaran más artículos no merecedores y que no contribuyeran a la polución mental. Hace un año, un seminario de directores emitió un código que puede ser útil y que aparece en GREMIALES.

                              Dr. Horacio Martínez

Casuística (muy al caso)

Por una parte, es el conjunto de los casos particulares, y también tiene su significado teológico y, sobre todo en inglés (casuistry), su sentido peyorativo, como cuando uno dice “no me vengas con casuísticas” y se refiere a que la casuística, con distinciones, excepciones y vueltas destruye el sano sentido moral y borra la diferencia entre bien y mal, como hace el “casuista”. Cuando hablamos de casos en odontología y de éxiotos habría mucho que aclarar y entra en lo visto en el Editorial 2. Deriva del latín casus = caso, hecho, que es pasado de cadere = caer, y aparece en palabras como cadáver, cascada, casual, cadencia y decadencia (caries, o decay en inglés). ¡Asociaciones interesentes!

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