marzo 2015

          

EDITORIAL I

Descripción: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/f/f1/Monkey-typing.jpg/220px-Monkey-typing.jpg  El teorema del mono infinito

Un chimpancé que  teclee al azar, durante tiempo suficiente -- según el teorema del mono infinito -- podrá a la larga reescribir alguna obra de Shakespeare. Con un pequeño cambio, tendremos* el “teorema del mediocre infinito”.

El mediocre infinito, a pura repetición y pertinaz malicia, aporreando teclas al azar, suele lograr abatir a los que sobresaldrían con un merecido triunfo, intolerable para la sempiterna colectividad de la ramplonería.

Cuenta el mediocre con una astucia  galáctica para usar herramientas contundentes como hipocresía, obsecuencia, sumisión, paciencia tras los más bajos objetivos y  capacidad de aliarse con los innumerables anodinos que colman la abarrotada vía de la medianidad. De esa manera, unidos, sin más valores que la persistencia, suelen lapidar al ser superior.

Un ejemplo palpable en odontología. Todos conocemos profesores mediocres, autores de mediocres trabajos, miles de artículos vulgares e insípidos que, sumados, terminan en currículos de improcedentes puntos evaluados por otros mediocres que le conceden una titularidad más merecida por otros docentes realmente capaces y lo bastante honestos como para no firmar cualquier bazofia para sumar puntos.

Haciendo la salvedad de que los Dires nunca tuvimos vocación por la carrera docente, y que no nos ubicamos por sobre nadie, ésa es nuestra opinión de los mediocres profesores y de los mediocres dirigentes que hoy pululan fatuos y faltos de las virtudes de los grandes maestros que otrora tuvimos.

En fin, es lo que hay.

Si usted, amigo lector, no es un mediocre irredimible, y es joven, y tiene esperanzas aún, le pedimos tesón para lograr un cambio. Aunque sea de a poquito.

                      Horacio Martínez        Emilio Bruzzo

* Vea el Editorial siguiente y digresiones)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL II (“invitado”)

El culto a la mediocridad

¿Sabes cuál es el sello distintivo del mediocre? Es el resentimiento ante los logros de otro hombre. Esas delicadas mediocridades que se quedan temblando por temor a que el trabajo de otro demuestre ser mejor que el suyo. […] Envidian esos logros, y su sueño de grandeza es un mundo donde todos los hombres se hayan convertido en sus inferiores reconocidos. Ignoran que ese sueño es la prueba infalible de la mediocridad.  Ayn Rand,  Atlas Shrugged

[En torno a una nota de Daniel Flichtentrei (resumida y poco traicionada)]

“Supongo que ocurrirá en muchas partes, pero mi mundo es muy pequeño y se reduce a la medicina” [y el nuestro a la odontología]. A través de los años he conocido a cientos de jóvenes entusiastas y apasionados que ponen su esfuerzo al servicio de la superación profesional.

Llegan a las aulas mal dormidos, agotados, con la ropa arrugada e intoxicados de café.

Hacen sus residencias con regímenes de trabajo que muchas veces rondan la esclavitud, van durante largos años al hospital sin cobrar un sueldo, hacen guardias y guardias y más guardias para sobrevivir sin permitir que sus mejores sueños claudiquen.

Pagan matrículas que exceden sus posibilidades sacrificando el cine, una cena con su pareja o un regalo para los chicos. Se quedan dormidos en cualquier parte, en el colectivo, en el baño.

    Pero también hay otra gente.

Son seres irrelevantes. Cultivan el secreto, el murmullo y la penumbra. Tienen un poder minúsculo al que se aferran. Temen perder lo que nunca han tenido. Son unos pobres tipos.

Conocen el esfuerzo y los logros de los demás pero jamás los mencionan. Nunca estimulan el crecimiento ni reconocen los méritos ajenos. Dicen que enseñan pero esconden lo que saben. … Necesitan una muralla infranqueable. Construyen obstáculos en lugar de derribarlos. Pisotean al que quiere subir, para que no les quite el lugarcito. [“En la república de la mediocridad, el genio es un peligro.”  Robert G. Ingersoll].

En las pocas ocasiones en las que aparece una oportunidad: una beca, un cargo, un espacio para crecer, lo esconden celosamente.

Recompensan a los pusilánimes, obsecuentes e hipócritas. Les abren la puerta de sus propias cuevas porque saben que no tienen nada qué temer.

Desalientan a los que se esfuerzan, a los que se capacitan a costa de sus propias vidas personales.

Los que se rebelan, se van. A veces tienen suerte. Entonces crecen, reciben el reconocimiento que creían imposible. Encuentran el aire que les faltaba y el espacio que se les negaba.

Te niegan el espacio que necesitás.  Querés ser mejor, pero eso es precisamente lo que ellos se encargan de impedir. Te quieren manso, domado y obediente. De a poco, hasta que un día ya no hay lugar para vos.

Asesinar la esperanza es un crimen imperdonable. Los jóvenes que llegan a la medicina [o la odontología] saben que les espera un camino arduo. Los encienden el desafío y la dificultad. Pero a menudo se encuentran con una manada de idiotas que les hacen pagar un precio carísimo por su pasión.

[A veces esos tipos me dan lástima. Pero me dura poco, muy poco. Se convierte en asco. No en odio, que sería conceder demasiado a la mediocridad aplastante, que reina, que sobrevive y triunfa a fuerza de su enorme número.  Me dan asco.]

 

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