julio 2003

                       ¿Es naturalmente malo el hombre?

 

Unos niños naufragan y van a parar a una isla desierta. Al poco tiempo, se forman dos grupos antagónicos y se generan luchas por el poder. El hombre es intrínsecamente malo, parece decir William Golding en su novela El señor de las moscas, llevada al cine con el mismo nombre.

Será cuestión de ver si compartimos ese concepto y si creemos que es irremediable.

Puestos a observar el comportamiento de los niños, notaremos cuántos actos de pura maldad cometen: burlarse del gordo, del bizco, del minusválido, unirse para pegar a otros, romper los juguetes ajenos. En su mayoría, después, cuando crecen, aprenden. Sí, aprenden a disimular, porque podrían ser castigados por la autoridad, la paterna, la escolar, la policial.

Crecen, se desarrollan como políticos, como gobernantes, como mercaderes de la salud, como propietarios de clínicas, como dirigentes de ONG. Llevan a la más absoluta insensibilidad su esencia de maldad, su capacidad de ocultamiento y viven con eso felices, sin ningún remordimiento. No están haciendo nada que no esté en su naturaleza, como el alacrán de la fábula. Ni se dan cuenta. Acusados, niegan. La negación y el no darse cuenta les son tan propios como el color de sus ojos.

El remedio podría estar en prepararnos todos para la agresión y para la respuesta violenta. Si nos atacan, atacaremos. Si nos invaden, invadiremos. Si nos oprimen por las armas, recurriremos a las armas. El terrorista justifica su maldad por la maldad de los otros.

Los blandos, los conciliadores, los predicadores de la fraternidad son fácil presa de los opresores, de los esclavizadores. Bajan la cabeza, se someten. Mamá Guillotina hizo que a muchos les entrara en la cabeza (a los que la conservaban, claro) el concepto de fraternidad. Mucho mejor que la filosofía de la Ilustración Francesa.

La solución para la maldad, ¿es entonces más maldad? ¡Ni por asomo!

La respuesta al ataque a las Torres Gemelas no es la invasión de Irak, ni se contesta al fundamentalismo sionista con el fundamentalismo árabe, o viceversa, que es igual. La maldad intrínseca del ser humano NO es irremediable... si se combate en su origen. No se enderezan jorobados ni árboles torcidos. Menos aún, con palabras.

Dos son las alternativas, o se elimina a cuanto ser humano camina esta planeta, o se les explica en qué mundo van a vivir sus hijos si no comienzan a predicar con el ejemplo, si es que les dejamos un mundo donde vivir.

Porque el remedio para la maldad se bebe en la cuna, en el hogar, en la escuela, en las instituciones. Cuanto más temprano, más eficaz. Nada de consejos, nada de normas, sólo buenos ejemplos. Obsérvese cómo un niño aprende a acariciar a un bebé por el ejemplo de los mayores que lo hacen, busca congraciarse, pero lo hace, aun cuando quizá tenga deseos de retorcer el pescuezo al hermanito o vecinito.

¿No hay gente buena? Sí, por cierto, todos los que tienen sangre aristocrática, la verdadera aristocracia, la de las almas nobles, no la de títulos nobiliarios (duques, presidentes de entidades, diputados, etc).  A partir de padres que den un buen ejemplo es muy probable queevolucionen niños y seres adultos que den mañana el mismo ejemplo. A la inversa, ¿de qué sirve un padre que da consejos, aunque pretendan ser de amigo, si por otra parte les muestran cómo achuran al enemigo?

Un auténtico predicador de la no violencia, como el señero Mahatma Gandhi, logra cambios enormes.

A los odontólogos del mundo, a esa inmensa mayoría que ya no tiene remedio, a los dueños del egoísmo, del sálvese quien pueda (pero yo primero), sólo se les puede pedir que tengan una pizca de solidaridad con miras al futuro y que procuren ser buenas personas en sus hogares, ante sus hijos, que su capacidad de disimulo y ocultación la apliquen al porvenir de sus hijos y de la humanidad. El mundo de los agujeros de ozono, de los bosques devastados, de los humos envenenantes, de la polución de las aguas matará a sus descendientes. Y el egoísmo humano no llega a ir contra los propios hijos y nietos... esperemos.

Si el mercader de la odontología -amo o esclavo- ama a sus hijos, disimule en casa, por favor, no genere más monstruos de maldad ni diga lo que no hace. Podrá llevarse una gran sorpresa, y muy grata, cuando se encuentre ante personas que salieron de sus entrañas y aprendieron a decir “no” a la pregunta de si es naturalmente malo el hombre y a demostrarlo.

                                     Dr. Horacio Martínez

 

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