junio 2015

          

EDITORIAL I

 

El libre albedrío del dentista

No es necesario creer en Dios para ser una buena persona.

En cierta forma, la idea tradicional de Dios no está actualizada.

Uno puede ser espiritual pero no religioso.

No es necesario ir la Iglesia y dar dinero.

Algunas de las mejores personas de la historia no creían en Dios, mientras que muchos de los peores actos se hicieron en su nombre.(Frases de entrevistas al papa Francisco)

El libre albedrío designa la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. San Agustín.

El libre albedrío no significa otra cosa que la facultad de tomar una resolución con conocimiento de causa. Lénin

El libre albedrío del dentista en el ejercicio de su profesión no está liberado de las consecuencias de la afirmación de un famoso jurista, Luís Alcalá-Zamora.

“La escuela clásica del Derecho Penal funda en el libre albedrío la legitimidad y la eficacia de la punición de los delincuentes: libremente han querido el mal, luego han querido también—por consecuencia reconocida, legal y forzosa—la pena, o, cuando menos, han aceptado el riesgo de frustrarse la impunidad”.

http://images.topix.com/gallery/up-FKE8L7138BB2KQ2P.jpgLa ilusión de la libertad, para algunos es así: por ambos caminos al exterminio

Lo mismo, cuando hay elecciones de autoridades en una organización odontológica, si los miembros de la lista oficialista ponen a trabajar en su favor y en contra de los opositores a los empleados de la institución, si los oficialistas disponen de la lista de mail de todos los asociados y no la facilitan a los opositores o si se valen de excusas para anular los votos por correo de los socios del interior, esos señores oficialistas están haciendo uso de su libre albedrío, entonces, libremente han querido el mal, y han querido también — por consecuencia — la pena , legal y forzosa, o, cuando menos, el castigo eterno por haber hecho mal uso del libre albedrío.

[Yo voté a regañadientes la lista opositora y no diré quien me disgustaba de ella, usando mi libre albedrío, al modo de los periodistas tramposos actuales ]

      La pregunta básica es si nuestro destino está fijado de antemano (postura fatalista [ver el libro del mes]), o, si somos dueños de nuestros actos y destino (libre albedrío).

https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcTetdSbWh4iXTIH_LLXX96QTTRzaRrsALq11pKdh04cLXFl1NLB¿Será libre su elección?          http://fc08.deviantart.net/fs71/f/2012/332/4/d/free_choice_or_predestination__3__by_nayzak-d5mgf6j.jpg

      Artículo bueno

Al aceptar el libre albedrío o libre elección los seres humanos creen elegir  sus decisiones. Aceptan este criterio los sabios filósofos, la gente simple, y aun desde el púlpito, como palabra santa, hecho demostrable o cuestión de sentido común. Si se supone que hay una acción de la voluntad,  hay que responder como mandan la religión y la ética, que lo hacen a uno responsable  de sus propias acciones y pasiones siempre que se esté consciente de lo que se hace.

Son distintos ángulos de vista que un artículo editorial no tiene por qué discutir. Puedo, a lo sumo, expresarme sin más autoridad que la de tener la pluma en la mano, y unos cuantos años vividos, y alguno que otro libro leído.

Entiendo que los hombres no nacemos dentro de una burbuja (más bien, salimos de ella) y no permanecemos en ella libres de toda influencia externa hasta la vuelta al polvo.

Sin la inverosímil burbuja, cabría creer que los eventos son resultados de causas previas, ajenos a nuestra voluntad, como pensaba Jacques el fatalista [ver libro del mes].

Para mí, todo nuestro pasado pesa sobre nosotros, pero no nos aplasta, no nos obliga, y en la mayoría de los casos podemos obrar con  plena conciencia de si estamos actuando bien o mal.

¿O acaso usted no sabe, colega, cuándo es que no da el mejor consejo a su paciente, sino el que más le conviene a usted?

Lo sabe. Lo sabe muy bien.

Por lo tanto, señores dirigentes fraudulentos, señores colegas abusadores de la confianza de sus pacientes o desactualizados en su ciencia, debieran ustedes responder por sus actos, así en la tierra como en el cielo prometido.

La elección individual es un hecho entre muchas opciones posibles; por ejemplo, la opción endodoncia-implante, sobre la cual ya publicamos y además abre este mes. Todas las elecciones son inducidas, conducidas, tentadas, pero no son determinadas ineluctablemente por el pasado.

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San Pablo, en su Epístola a los romanos, se pregunta sobre la responsabilidad moral:

¿Es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras para usos despreciables? (Romanos, 9:21).

La responsabilidad moral requiere libre albedrío; descreer del libre albedrío es sacarse de encima la pesada mochila del compromiso decente.

En fin, consulte con la almohada, pregunte a su confesor, lea a filósofos deterministas y sepa que, siempre, estará eligiendo y que culpar a don equis es actuar de mala fe, es colgarse – aunque usted no lo crea – la cargada e indiscutible cadena de la mala fe.

¡Allá usted!

                                             Horacio Martínez

View Artwork by Joseph M. ThompsonJoseph M. Thompson pintó esta obra abstracta que desea expresar el comienzo de una relación, cuando se tiende a mantenerse reservado y a la expectativa (como el paciente en la primera visita. De ahí los colores fríos al frente t, con el tiempo, va pasando a la deseada calidez de la relación. JMT vive en Columbus, Ohio, USA, estudió en Columbus Arte y Diseñoy ganó muchos premios. En un seminario en Australia trató el tema de su cuadro: “Free Will” =  Libre albedrío

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL II

Viveza criolla

“Las patas cortas de la mentira”, Facundo Manes, 11/2/ 2015, La Nación.

Es un verdadero placer transcribir un texto tan inteligente de una de las mejores mentes aparecidas en los últimos tiempos en la R. Argentina. Viene muy al caso haber rescatado esta nota de nuestro archivo, pues el “libre albedrío” decidirá qué hacer con la “picardía” tan antigua y tan universal, rebautizada aquí como “viveza criolla”.

 

En nuestro país existe una rara calificación que se utiliza para darnos corte de cierta cualidad excepcional: la viveza criolla. Quizá la más ajustada descripción para este carácter sea la capacidad intuitiva e inmediata para darse cuenta de cómo son las cosas, para tomar decisiones a partir de eso y para, así, sacar ventaja por sobre los demás. Justamente, referido a esto último, es raro que la viveza criolla sea pensada como una acción que impactará favorablemente sobre un universo colectivo. La llamada "viveza criolla", entonces, refiere a la cualidad de una persona capaz de encontrar y tomar atajos para llegar a su meta antes que los otros.

A propósito de "atajo", entre sus acepciones, la más conocida es aquella que representa la abreviación del camino en sí. Pero hay una, ligada a una práctica específica como es la esgrima, que se define como una "treta para herir al adversario por el camino más corto esquivando la defensa". Eso mismo parece ser lo preponderante de la viveza criolla: cómo hacer algo de la manera más sencilla posible sin que exista resistencia, porque el otro no lo esperaba o porque "se comió todos los amagos". Justamente el amago es una impostura, parecer una cosa y ser la otra, engañar. La viveza criolla encuentra su arma principal ahí mismo: en el engaño.

Lo primero que podríamos preguntarnos es si verdaderamente la viveza es criolla. Debemos decir que el arte del engaño no es diferencialmente argentino ni de otra nacionalidad o cultura en particular, sino, más bien, común a la especie humana.

      File:El Lazarillo de Tormes de Goya.jpgEl (prototípico pícaro) Lazarillo de Tormes,

por D. Francisco de Goya y Lucientes

Desde el punto de vista de nuestro funcionamiento cognitivo, sorprendentemente, mentir es un proceso muy complejo y exigente. Ocultar o exagerar la verdad, inventar una excusa o perpetrar un engaño no son tareas sencillas. Mentir implica, aunque parezca curioso, un esfuerzo mucho mayor que decir la verdad. La viveza criolla, entonces, tan emparentada con el arte del engaño, no es un valor que está ligado a la falta de esfuerzo, sino a la de escrúpulos. Muchas veces se considera un vivo al que no quiere trabajar y busca las mil y una tretas para lograrlo. Pero, si lo pensamos bien, esa búsqueda probablemente le haya ocupado más energía que el cumplimiento responsable de su tarea.

Encadenado a esto, el vivo puede tener una actuación doblemente engañosa (el engaño del engaño). A menudo imaginamos la idea de la mentira relacionada con otra persona. Pero también uno puede mentirse a sí mismo. Robert Trivers, reconocido biólogo que, entre otras cosas, se ha dedicado a estudiar la perspectiva evolutiva del engaño, sostiene que tan importante como la mentira es el autoengaño. Las formas más comunes de engañarse a sí mismo tienen que ver con la racionalización de una situación para convencerse de que una mentira es verdad, con atender intencionalmente a sólo una parte de la información disponible y negar otra o con alterar ciertos detalles de los recuerdos. Según Trivers, estos autoengaños tienen varias ventajas, una de las cuales es que evita poner en funcionamiento todas aquellas capacidades complejas que demandaban tanto gasto de energía al cerebro durante el estado previo. Además, si se cree en aquello que no es cierto, muy probablemente será mucho más fácil convencer a otra persona. Incluso, el auto-engaño puede ayudar a convencerse a sí mismo de que se es mejor.

Todo esto nos lleva a formularnos una segunda pregunta: ¿es la viveza criolla verdaderamente una viveza? Más allá de que las definiciones que hace la ciencia sobre la inteligencia son variadas, podemos exponer aquí dos en particular: una tiene que ver con la eficaz adaptación al medio, y otra, con generar soluciones novedosas a los problemas. También la ciencia llegó a la conclusión de que cuando uno trabaja con otros, la inteligencia individual se expande. El vivo representa entonces una versión rudimentaria del inteligente, ya que se adapta al medio y logra un truco eficaz. Como expresó Marco Denevi, viveza es "la habilidad mental para manejar los efectos de un problema sin resolver el problema". Logra, en realidad, una ventaja inmediata y de corto plazo, una victoria pírrica. La viveza es una inteligencia de patas cortas.

Pongamos un ejemplo cotidiano: se produce un embotellamiento en una ruta, todos los automovilistas se ponen nerviosos por el tiempo de espera y el vivo aparece transitando por la banquina, lo que le permite eludir "su" trastorno. Primera cuestión a considerar: esa acción está prohibida por las normas públicas porque no es el uso adecuado ni conveniente de la banquina y probablemente genere un accidente para sí mismo, para otro o la imposibilidad de circulación de alguien que realmente lo necesite; segunda cuestión: en algún momento ese auto que se adelantó va a necesitar volver a entrar a la ruta y va a generar un nuevo y mayor perjuicio para los otros que se quedaron esperando. Como decía Denevi, el vivo no buscó una solución duradera y colectiva del problema, sino un atajo para lograr su solución mezquina. Veamos otro ejemplo parecido (pero peor): en medio de un tránsito dificultoso por una avenida, una ambulancia se abre camino con su sirena. Los autos dan paso para que la emergencia pueda ser atendida. Pero, detrás de la ambulancia, el vivo se cuela aprovechando el camino que abre la desgracia ajena. Como se ve, la viveza suele estar teñida muchas veces de caranchismo.

Muchos investigadores postulan que una de las características que presionaron evolutivamente para hacer del cerebro humano algo tan complejo es la capacidad de engaño táctico. Ahora bien, esta capacidad natural, como tantas otras, puede entrar en conflicto con otras capacidades también muy humanas: la moral, por ejemplo, pero también la calidad de la interacción con el otro o la de ver el largo plazo.

A este grupo de habilidades cognitivas que nos permiten analizar el largo plazo se las denomina "funciones ejecutivas". A grandes rasgos, las funciones ejecutivas nos permiten hacer frente a situaciones novedosas e involucran una serie de habilidades: la planificación del futuro, la resolución de problemas, la realización de objetivos a largo plazo, la inhibición de la respuesta prepotente, entre otras.

Tenemos una responsabilidad colectiva sobre esto y es bueno reflexionar sobre nuestra manera de ser y de actuar. Muchas veces nuestra sociedad considera una virtud preponderante en un líder la viveza de trampear las reglas, decir una cosa y actuar de la manera contraria, provocar y aprovechar la zancadilla del oponente. Debemos tener en cuenta, más bien, que los más eminentes próceres de nuestra historia fueron líderes que no tomaron atajos. La Argentina de la viveza criolla se vuelve dramáticamente representada desde hace décadas en el diputrucho, en el despilfarro, en la evasión de impuestos, en el uso clientelar del Estado, en la vista gorda a la corrupción cuando hay un veranito económico, en el hambre en un país que genera alimentos para varias Argentinas, en el desmedro de la excelencia, del esfuerzo, del conocimiento.

Quizá, como los países desarrollados e igualitarios, debamos usar más "las funciones ejecutivas" para afrontar transformaciones sustanciales de largo aliento, la educación de calidad y las discusiones de grandes problemas que tienen que ver con el progreso. O considerar auténtica virtud las inteligencias criollas como las de Sarmiento, Houssay, Leloir, Milstein, Favaloro, Borges. O las de los inmigrantes que construyeron con el sudor el futuro, de los hombres y mujeres argentinas que todos los días se levantan a la madrugada para llevar a sus hijos a la escuela e irse a trabajar por ellos, por su familia, por su patria.

Claro que los criollos debemos ser vivos de verdad, es decir, una comunidad integrada que actúa con la inteligencia de saber que el mejor destino está al pensarnos ahora y en el futuro el uno con el otro..

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL (?) III

La libertad es un regalo del cielo

Denis  Diderot escribió este artículo sobre "autoridad política” en la Encyclopédie, 1751. Después de tan sabias y perfectas palabras, dan ganas de tirar la pluma y ttirarse a una vida de ermitaño. [Me voy a aguantar esas ganas, pero…] Largue un rato el torno y las pinzas y agarre este enorme cacho de cultura.

Ningún hombre ha recibido de la naturaleza el derecho a mandar a los demás. La libertad es un regalo del cielo, y cada individuo de la especie tiene derecho a gozar de ella tan pronto como disfruta de la razón. Si alguna autoridad ha establecido la naturaleza es la del poder paterno, pero el poder paterno tiene límites y en el estado natural terminaría en cuanto los hijos estuvieran en condiciones de gobernarse. Cualquier otra autoridad tiene un origen distinto de la naturaleza. (...) o la fuerza y la violencia de quien se ha apoderado de ella, o el consentimiento de quienes a ella se han sometido por un contrato establecido o supuesto entre ellos y aquél a quien han conferido la autoridad.

El poder que se adquiere por la violencia no es más que una usurpación, y no dura más que el tiempo en que la fuerza del que manda se impone sobre la de los que obedecen, de suerte que, si estos últimos pasan a ser a su vez los más fuertes y se sacuden el yugo, lo hacen con el mismo derecho y la misma justicia con el que el otro se lo había impuesto. La misma ley que había hecho la autoridad entonces, la deshace: es la ley del más fuerte.

A veces la autoridad establecida por la violencia cambia de naturaleza. Es cuando continúa y mantiene por el consentimiento expreso de aquellos a quienes sometió, pero entra así en la segunda especie de la que voy a hablar, y el que se la había arrogado, al convertirse entonces en príncipe, deja de ser tirano.

El poder que procede del consentimiento de los pueblos supone necesariamente condiciones que hagan que su uso sea legítimo,  útil a la sociedad y ventajoso para la república y que lo fijen y  lo restrinjan dentro de unos límites, pues el hombre no debe ni puede darse por entero y sin reservas a otro hombre, porque tiene un dueño superior al que pertenece enteramente. Es Dios, cuyo poder sobre la criatura es siempre inmediato, dueño tan celoso como absoluto, que no pierde nunca nada de sus derechos ni los comunica en modo alguno. Permite él, para el bien común y para el mantenimiento de la sociedad, que los hombres establezcan entre sí un orden de subordinación, que obedezcan a uno de ellos pero quiere que ello sea según la razón y con mesura, y no ciegamente y sin reservas, a fin de que la criatura no se arrogue los derechos del creador. Cualquier otra sumisión es verdadero crimen de idolatría (...) Así, pues, no son esas ceremonias en sí mismas, sino el espíritu de su establecimiento, lo que hace inocente o criminal su práctica. Un inglés no tiene reparo en servir al rey rodilla en tierra, el ceremonial no significa más que lo que se ha querido que significara.  Pero entregar el propio corazón, el propio espíritu y la propia conducta sin reserva alguna a la voluntad y al capricho de una pura criatura y hacer de ella el motivo único de las propias acciones es sin duda un crimen de lesa majestad divina en primer grado. De otro modo, ese poder de dios de que tanto se habla no sería más que un vano ruido, del que la política humana haría uso según su fantasía y del que el espíritu de irreligión podría a su vez burlarse: confundidas todas las ideas de poder y de subordinación, el príncipe se burlaría de Dios, y el súbdito del príncipe (...)

Por lo demás, el gobierno, aunque hereditario en una familia y en manos de uno solo, no es un bien particular, sino un bien público que, por consiguiente, no puede ser arrebatado jamás al pueblo, el único al que pertenece esencialmente y en plena propiedad. Así, es siempre él quien lo cede, e interviene siempre en el contrato que adjudica su ejercicio. El Estado no pertenece al príncipe, es el príncipe el que pertenece al Estado, porque para eso el Estado le ha escogido, para eso se ha comprometido él respecto a los pueblos a la administración de los negocios y para eso se han comprometido aquéllos por su parte a obedecerle de acuerdo con las leyes (...) En una palabra, la corona, el gobierno y la autoridad política son bienes cuyo propietario es el cuerpo de la nación, de los cuales los príncipes son usufructuarios, ministros y depositarios (...)

Ese depósito se confía a veces a un cierto estamento de la sociedad, a veces a varios escogidos entre todos los estamentos, y a veces a uno solo.

Las condiciones de ese pacto son diferentes en los diferentes estados. Pero en todas partes tiene derecho la nación a mantener ante todos y contra todos el contrato por ella establecido; ningún poder puede cambiarlo, y cuando deja de regir recupera ella su derecho y la plena libertad para establecer uno nuevo con quien guste y en el modo que guste.

 


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