Intelectualoides

No hay intelectuales ni intelectualoides dentistas (apenas si la habitual honrosa excepción), pero sí hay dentistas inteligentes y científicos, lo cual está bien. No es lo mismo. Ni se les da igual trato. Si apareciera  un dentista intelectual, lo más probable sería que se ganara de sus colegas el mismo desprecio que siente el gran público por los intelectuales en general. Lo cual no está bien.

Para reforzar la idea “anti” alguien agregó, por ignorancia, el sufijo oide, que no es menoscabante como el “nik” de los “beatniks”, sino que indica semejanza. Es decir, un intelectualoide es un intelectual visto desde la óptica miope de los “antis”. Un refuerzo errado de la intención despectiva de quien desprecia las verdes uvas que no puede alcanzar. Sin embargo, nadie está absolutamente equivocado y la parte de razón reside en que siempre se atribuyó a los intelectuales (a veces con razón) cierta frialdad y que dejan predominar el lado racional sobre el animal o instintivo, la inteligencia por sobre las emociones.

El intelectual admirado y el intelectual despreciado son una sola persona. Sólo varía el ojo que lo mira. Esta contraposición no lleva muchos años de abierta exposición pública, pero sí muchos de práctica. Napoleón Bonaparte, un producto de la intelectualidad francesa de la Ilustración, desconfiaba de las ideas y despreciaba a los intelectuales. Perón, también. Goebbels, una de las muchas veces que los atacó, dijo: “los intelectuales saben tanto que al fin no saben que hacer con su saber.”

Hasta los mismos intelectuales usan el término en ambos sentidos, con orgullo y con desprecio, según el nivel de pensamiento del calificado o cuánto se jacte de su condición. Y tienen pudor de reconocerse como intelectuales, los verdaderos. Tienen temor de que el concepto –que evoca a Atenas, el siglo XIII, el XVIII, el Renacimiento – “caiga en malas mentes” y les  disgustan los antiintelectuales con su frente cainesca marcada con el inexistente “intelectualoide”. Los anglófonos ríen ante la palabreja, porque dicen que caracteriza a quien la enuncia: un intellectual void, es decir, un vacío de la mente, un vacío superficial que no desea penetrar más allá de la superficie de las cosas, ni sondear en la sociedad para evitar las funestas consecuencias de su instrucción sin uso del intelecto.

Quien teme, resiste y desprecia el Intelecto como algo que siente que amenaza su pequeño mundo es el enemigo de lo intelectual, apenas instruido, duro tronco rellenado de libros e ignorante, en cuya cabeza el cúmulo de papeles no enciende ni una llamita. Dijo al respecto Alberto Einstein: Los grandes espíritus encontraron siempre la violenta oposición de los mediocres. No pueden éstos entender que un hombre se someta sin pensarlo a los prejuicios hereditarios y que honesta y corajudamente usar su inteligencia.

Sin embargo, es por la escasez y por el desprecio del Intelecto que se yerra al juzgar, que se tiembla de ser juzgado, que no se puede mantener una conversación o una discusión que no sea inepta, arrogante, inculta o aun grosera. A diferencia del intelectual, que es pudoroso, que se esmera por esconder su sapiencia más que su locura (J. Swift). Quizá lo que habría que corregir dentro de nuestra profesión sea la falta de sentido común, el menos común de los sentidos, según Voltaire y subrayado por Don Miguel de Unamuno.

Quizá debamos rever los términos. Intelectual sería quien usa su mente con intención y método, la persona que usa su intelecto para estudiar, reflexionar o especular sobre toda una variedad de ideas, que usa su mente creativamente, que pone la mente sobre el corazón, la inteligencia por sobre la emoción o el instinto. Muy parecido al hombre de ciencia y con una gran diferencia.

Robert Graves, intelectual oxoniano, se subió a los hombros de los gigantes (Newton), los intelectuales del pasado, para ver más lejos cómo  mejorar la prosa. Noam Chomsky, intelectual antibushista de gran popularidad, dijo que “es responsabilidad de los intelectuales decir la verdad y exponer las mentiras.” Ambos muestran el papel sobresaliente de los intelectuales en la sociedad, que permite contemplar todos los ángulos con la mirada positiva, en oposición a la mirada negativa de un norteamericano (A. Hoffmann), conoide que sostuvo que debemos detener la ciencia y el progreso científico, que debemos ignorar los temas y datos complicados, pues los hechos separan a la gente y el enemigo los manipula.

Por cierto, el intelectual genera terror, y hasta el mismo Einstein dijo que no debemos hacer del intelecto nuestro dios, pero buena parte de los críticos se asustan por culpa de quienes no son propiamente intelectuales, sino utilizadores de polisílabos que los creen muestra de inteligencia (B. Walters). [Nuestra revista odontológica argentina tiene un excelente editorialista, que no escribe una pepa por el terror de los dirigentes a que alguien escarbe bajo la superficie y diga algo más que feliz cumpleaños asociación o qué lindo congreso hicimos.]

Por esto es que no hay intelectuales entre los dentistas. Hubo y hay sabios. Hubo y hay (¿habrá?) grandes hombres y mujeres [Véanse las digresiones, sobre La Escuela de las Mujeres]. Pero intelectuales, en el sentido menos práctico de la palabra, no hay un ateniense, ni un renacentista, ni un Erasmo, ni los Padres de la Revolución Francesa, ni una generación del 89, o del 27, ni un grupo Bloomsbury, ni un Goethe, ni un Alfonso el Sabio, que alentó a los intelectuales de su tiempo de todas las culturas (cristianos, musulmanes, judíos) para que estudiaran juntos.

Pero, ¿quién necesita un intelectual? ¿Alguien vio alguna vez a un intelectual (o dólar)? ¿Necesito un intelectual para aplicar una resina compuesta? Total, el camino de todo intelectual, si persiste bastante tiempo en su jornada y sin cejar, terminará en lo obvio… de donde nunca se habían movido los no intelectuales (Aldous Huxley). ¡Ah, la paradoja de los intelectuales! El primer objeto de burla de un buen intelectual es sí mismo, pues quien carezca del sentido del humor nunca será un verdadero intelectual, ni siquiera un intelectualoide.

Sigamos nuestro camino sin el peso de la intelectualidad y con el peso de aliviar buena parte de los padecimientos de la humanidad doliente, pero sin el agregado paupérrimo de renegar de quienes realmente cambian el mundo y son temidos por los fascistas de ambos extremos políticos.

No se asusten los miembros de las organizaciones odontológicas – tan inútiles para sus socios – y tampoco los participantes en listas internéticas. Los intelectuales hincan sus dientes sólo en la materia gris, donde la encuentren, o en la sociedad que mejorarán, cuando puedan, o en las buenas costumbres, si quedan.

                                             

  Dr. Horacio Martínez

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