INCORREGIBLES

Se nos enseñó que para realizar un tratamiento exitoso es preciso partir de un diagnóstico correcto; quizá por eso sucede que estamos colmados hasta la coronilla de diagnósticos, acertados, o no. (“El principal obstáculo para un diagnóstico correcto en situaciones de dolor es que el síntoma a menudo se siente a distancia de su causa”, según The Anatomy Lesson, de Philip Roth.) Pero lo grave es que carecemos de planes mínimos de tratamiento que apunten a superar los pronósticos reservados con que nos abruman hasta la fecha. ¿O seremos incorregibles?

Nos diagnostican cuán desacertados están los dirigentes odontológicos en su accionar (o no accionar) y nos cuentan hasta qué grado llega su interés egoísta (o desinterés interesado) y cómo hacen oídos sordos a las quejas y sufrimientos de la población y de los colegas y sentimos en nuestros corazones qué acertados están los diagnosticadores. Nos diagnostican en medios de comunicación masivos qué errados están los gobernantes, qué vanos son los opositores, cómo disputan entre sí hasta dentro de partidos supuestamente idealistas o en entidades gremiales que debieran ocuparse de sus agremiados y qué desfachatadamente engañan a los desocupados los organizadores de los grupos de piquetes. ¿Y? ¿Cuándo un tratamiento no meramente paliativo?

Nos preguntábamos hace un mes si sería posible generar estímulos que suscitaran valores morales de vigencia universal. Informábamos en ese mismo editorial* que se nos ofrecía un camino de ciencia-ficción para discernir entre el bien y el mal, gracias al hallazgo de un centro cerebral donde se cocina la diferencia. Pero todos sabemos distinguir entre el bien y el mal, sin que elijamos necesariamente el bien. No basta, por lo tanto, con instalar forzadamente reflejos condicionados (ver sección de digresivas de U.O.) o ajustar un tornillo en el centro cerebral de los valores morales: es preciso lograr que los principios morales de todas las religiones monoteístas y de los mejores filósofos agnósticos recuperen vigencia, que no se maten los unos a los otros cristianos, judíos, musulmanes y ateos kantianos o sartreanos. ¿O somos incorregibles?

No sé a qué edad comenzamos a pervertirnos. (El origen puede estar a distancia del efecto.) Cuando un niño hace algo que está mal, lo sabe y quizá mienta por protegerse; pero ¿desde qué edad perdemos la conciencia y mentimos sin siquiera darnos cuenta? Cuando un mercader o un dirigente (o un mercader dirigente) defiende las megaclínicas y las obras sociales y las prepagas frente a un ejercicio honesto de la profesión (como el de los próceres que tuvimos) y aduce que la globalización es la responsable y que hay que aceptarla y mercadear y someterse a las leyes del comercio es simplemente porque hace tiempo que perdió la inocencia del niño y su maldad sin maldad.

Quizá aún conservan alguna pureza quienes ingresan en la Universidad y es muy probable que la hayan perdido al salir de los nobles claustros y haya un celestino de los mercaderes esperándolos en la puerta con un puestito en su clínica. Es cuestión de ver hasta dónde hay que remontarse para comenzar un plan de tratamiento para la sociedad, para la profesión y para un mundo que se desintegra. No lo sé. Sólo sé que es preciso comenzar la terapia y por ahora se me ocurren algunas medicaciones (y todo editorial debiera proponer soluciones y no sólo pintar problemas). Cada creyente deberá ajustarse a lo que predica la moral profunda (no la superficial de los fundamentalistas) de su religión, que no diferiría mucho un buen cristiano, de un buen musulmán, de un buen budista, de un buen judío. Cada ateo debiera atenerse al principio elemental y evidente de no hacer a los demás lo que no le gustaría que le hicieran a él. (O, por dar un ejemplo simple, ¿le gustaría a usted que le hicieran una extracción evitable para colocarle un implante?)

Si en esa terapéutica incluyéramos una concepción profunda, meditada, conversada y discutida de tres fármacos insuperables –libertad, igualdad, fraternidad-, me permito suponer que las tan diagnosticadas fallas de nuestros sistemas sociales, de nuestras organizaciones profesionales y de los individuos que componemos la versión actual de la humanidad podrían llegar a subsanarse y que el pronóstico sea favorable.

¿O somos incorregibles?

                         Horacio Martínez

*Ver el editorial de julio. Y ver también el muy recomendable Diccionario de los usos correctos del español, de Serrano Redonnet y Zorrilla de Rodríguz, donde se señala que “el artículo de fondo” es masculino y la “casa editora” es femenina. Muy recomendable ese diccionario para quien tenga algún respeto para la hermosa lengua que hemos heredado.

 

 

Diccionario de citas

Es reconfortante, refrescante, revalidante, remanido, repetidor y agotante citar a los clásicos y a los no tanto. Traer la sabiduría de los maestros a la vida cotidiana y a la odontología da otro color a nuestra propia vida, incapaz de pensar lo que otros ya pensaron pero auténticamente feliz por encontrar respaldo a las esporádicas ideas que uno pudiera tener. No hay autor más apreciado que el que coincide con algún pensamiento que rondaba nuestras cabezas y no sabía asentarse en alguna de nuestras circunvoluciones cerebrales.

Felizmente, existen los Diccionarios de citas, en los cuales uno puede beber la sapiencia elegante o vigorosamente expresada y después verterla (tras una evolución fisiológica corriente) en reuniones, foros, libros, artículos científicos y demás productos varios de la liviana pluma al viento. Es una pena que esos catálogos de ideas, aforismos, dichos, decires, refranes, boutades, no suelan venir acompañados por el punto exacto de la obra a la cual se le practicó la exodoncia (extracción, que le dicen).

La pena pasa por el detalle casi nimio de lo que podría parecer una ecuación matemática, por la cual podemos inferir que la parte es inferior al todo, o sea (¡bendito “o sea”!), que si una frase es buena el conjunto de las frases debe de ser mejor. Quien se perjudica ante esta situación de pura lógica es el citador, el que se perdió la oportunidad de saber que Shakespeare dijo algo más que “ser o no ser” o que Cervantes dijo algo más que “ladran, Sancho”(que no lo dijo) o que Hernández hizo algo más que fajar al barrigón. También se perjudica el lector de la cita citada, pues se pierde la oportunidad de enriquecerse con la fuente de una frase o párrafo que seguramente no son una rara ave dentro del jaulón de Minerva (asóciese con la imprenta, como juego extra).

Ni que hablar de estos tiempos de Internet, en los que se tiene la literatura y la filosofía al alcance del más iletrado de los tipeadores. Un toque de ratón, una leve presión al enter y ya se abrió el Parnaso y la ocasión de vestir plumas del ave de Juno como si se hubiera nacido con ellas.

¿No sería mejor leer y releer un solo libro y penetrar en él y compenetrarse de su color intelectual antes que ser rico en manchas dispersas? Que cada cual lo decida para sí. Sólo repetiría la acertada sugerencia del odontólogo J. D., quien pidió que nadie citara nada sin dar la fuente precisa, edición y página del libro del cual fue tomado el pensamiento que se desea divulgar. No tanto por desnudar al ya desvestido, sino por dar la oportunidad al citador y a sus lectores de alcanzar un enriquecimiento espiritual que de otro modo no gozarían.

                                             Horacio Martínez

Post scriptum. También hay diccionarios de chistes en Internet, para quien carezca de chispa en el decir. Pero es muy diferente. Juan Verdaguer, cómico inmenso, decía que vivía de su buena memoria y de la mala memoria de los demás. Chistes descolgados... vengan. Citas descolgadas... ¡que las cuelguen!

 

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