La importancia de ser dentista

 

Hablas exactamente como si fueras un dentista. Es muy vulgar hablar como un dentista cuando uno no es un dentista. Produce una falsa impresión.

Bueno, eso es precisamente lo que hacen los dentistas. Oscar Wilde

 

Así en la vida como en la ficción, los buenos deberían terminar felices el año, y los malos, infelices. Pero me pregunto si esto no será cierto nada más que en la fantasía.*

Marzo, no abril, puede ser el mes más cruel del año: volvemos de las vacaciones (los pacientes no) y sólo entonces recapitulamos el pasado y proyectamos el futuro. Es el momento en que puede acometernos el deseo de nunca más hacer nada que entre en conflicto con el debido elevado tono moral. Quizá no llevar más la doble vida que incluye engañar, no ya a los demás, sino a sí mismo en un intento por parecer virtuoso y sobrevivir al mismo tiempo en el clima de individualismo salvaje, de capitalismo despiadado y de derrumbe de los ídolos de pies de barro, Mamón sobre todo.

La verdad rara vez es pura y nunca es sencilla. La ignorancia es una bendición para muchos, la educación universitaria no ha logrado sacarnos a los dentistas, ni a nadie, de una ignorancia que protege a los ricos y a los poderosos. La educación no produce efecto alguno, ni siquiera la básica obligatoria, que si no fuera así constituiría una verdadera amenaza para las clases, digamos, superiores.

La importancia de ser dentista no puede ser objeto de un editorial: es un hecho, es conocida por todos, vivida cada vez que salvamos (sí, salvamos) un diente o quitamos un dolor, y ha sido más recogida en la literatura de todos los tiempos** que cuanto reconocemos nosotros públicamente en nuestros medios institucionales de comunicación.

Yo me siento orgulloso de ser dentista, no me siento menos que ningún otro profesional, ni más. Cumplo mi papel en la vida con toda la importancia que tiene y el mes de marzo me trae esperanzas de seguir siendo útil, quizá de no cometer un error incurrido alguna vez y el deseo de poder ejercer mi vocación sin más propósito que el de hacer el bien a mi alcance y ganarme honestamente (sí, honestamente) el pan de cada día (si es posible, con manteca y mermelada; no caviar).

Es muy vulgar hablar de los propios quehaceres, cosa de vendedores de  autos usados, y menos aún en reuniones sociales y societarias. El lugar para discutir lo nuestro está en los editoriales de las revistas especializadas y, sin olvidar la importancia de ser dentista, teniendo siempre presente que dentro de muchos hay un ser humano, un ser cuya característica intrínseca y olvidada es ser un animal social, no ajeno a los demás hombres y colegas. No dudo en hacer estas afirmaciones, porque, si fuera joven, la duda sería señal de deterioro mental, y, a mi edad, de un poco de retracción de las encías mentales.

Pretender ser bueno y ser en realidad un pillo, mostrar en público una cara afable o noble o seria o “universitaria” y quitarse la máscara sólo en la más absoluta intimidad es hipocresía. Marzo podría ser el mes para abandonar la doble vida y recomenzar sin ese conflicto desgastante del alma, sin temor a la propia conciencia o a una confesión sincera. Los dos puntos débiles de estos tiempos son la falta de principios y la falta de visibilidad, de exposición a la vista pública.

Mis buenos deseos para este 2009 incluyen que todos apreciemos la importancia de ser dentistas – que no pasa por hacerse llamar “odontólogo” – y que pensemos en nosotros como una profesión, un grupo de personas asociadas para el bien de los demás y para el cuidado honesto de los propios intereses.

                                          Horacio Martínez

* Un muy reciente artículo de la revista Science revela que la gente más feliz practica el altruismo y el altruismo contribuye a su felicidad. Hacer bien hace bien. Sí, aunque usted no lo crea. (Ver salud.)

** Hay sobre nuestra vocación mucho más en la literatura de cuanto imaginan los lectores o de cuantas menciones incluye El diente secreto. Verifíquelo en las digresiones de este mes y en los siguientes.

 

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