Nuestra imagen en el 2002

                                                                         enero

El individualismo salvaje que anida en los corazones de una enorme porción de la población (¡benditos los pocos solidarios!) no deja ver que en la acción conjunta y en el gesto generoso puede estar la solución para el ausentismo en el consultorio y para una mejor salud del público.

En nuestro país no se hacen encuestas sobre el tema de nuestra popularidad. Menos mal, porque debe de andar bastante decaída. En los EE.UU., los odontólogos norteamericanos no salen de los dos o tres primeros puestos en honestidad y buen concepto (encuesta Gallup, jul 87). Y sin embargo allí también los humoristas los toman para la broma, como que en estos momentos hay un dibujo animado en Locomotion, cuyo protagonista es un colega que no demuestra demasiadas luces. (Sólo me cayó bien un episodio en que rescataba el consultorio individual frente a la aparatosidad de las grandes clínicas.) El Dr. Roy Thompson, de la ADA, señalaba en 1989 que las bromas iban a la vida corriente y no al ejercicio profesional.

La razón del respeto a la actividad es que allá la ADA logró que se fluoraran las aguas potables de por lo menos la mitad de la población e invirtió colosales sumas de dólares en promover la higiene bucal correcta y las demás medidas de prevención. El público supo apreciar que “los dentistas trabajaran para quedarse sin trabajo”.

Hacemos votos para que la seminueva dirigencia de la Asociación Odontológica Argentina dedique los próximos dos años a los temas con los que está en falta, tras décadas de óptima dedicación científica. Arthur A. Dugoni, Presidente de la ADA, lanzó una campaña (“Smile, America!” – 1989) de amplias bases, para varios años, para educar a los consumidores sobre el valor de la salud dental y de la atención periódica, para así reforzar la imagen. “Mostraremos a los dentistas como los profesionales de la salud que son, atentos e interesados por ella,” decía Lorna Stovall en ese momento. “Hay que contrarrestar la imagen”, decía Anthony Kiser, “la imagen persistente en la memoria de la sociedad de la era anterior al desarrollo de los anestésicos eficaces,” la era de los charlatanes. Para no ser pintados con la tremenda caricatura que hizo de nosotros Steve Martín en The Little Shop of Horrors.

Y como además de pedir hay que hacer, cada colega argentino o de donde sea debiera imitar a  los colegas norteamericanos, en cuanto hacen campaña individual en sus consultorios, con cuidadosas sesiones de educación en prevención, con recordatorios y hasta con obsequio de cepillos dentales. Claro que las cobran, claro que eso es buen marketing interno, pero es beneficioso para ambas partes. Compárese con el individualismo feroz y errado nuestro, donde - con excepción de los periodoncistas y algunos mal llamados “cepillólogos” - una gran mayoría o no educa o lo hace a medias y, de paso, reza para que no les hagan caso y tengan caries o periodontitis los desobedientes. ¡Siempre se le puede echar la culpa al paciente!

Cuando la clase media, que solía poblar los consultorios particulares, huye hacia las atenciones gratuitas (donde lo barato sale caro), ha llegado el momento de hacer el bien por el bien mismo, que muy probablemente será premiado por quienes aprecien la diferencia y hagan un esfuerzo para volver a nuestra consulta.

Antes se criticaba al periodismo educativo honesto, aunque era la única información que le llegaba al público. Hoy proliferan quienes pagan para publicar “chivos” o espacios de publicidad para promover implantes y su propia destreza antes que interesarse por la salud de la población. Ellos ganan unos pesos, ellos y nosotros perdemos imagen.

¿Por qué no ganamos todos, en vez? Los beneficios de las instituciones con los congresos, lo que gastan en relaciones públicas, la energía que ponen en estas actividades educativas, por cierto-, quizás podrían invertirse en educar al soberano y en realizar acciones que demuestren el interés por el bien ajeno y procurando que se cumplan las leyes de fluoración y que el Estado entienda todo lo que se ahorra en dinero y salud haciendo campañas preventivas. Por cierto, destacamos que, después del último Congreso, la AOA publicó una solicitada que es un buen primer paso hacia el interés por la comunidad.

En el consultorio, pongamos todo nuestro interés en la persona que confía en nosotros, enseñemos la prevención con sinceridad, verifiquemos que fue bien entendida, obsequiemos folletos explicativos y cepillos dentales. No hablemos mal del colega, que es sembrar la duda sobre todos y sobre uno mismo. Aconsejemos lo mejor para el paciente, no lo más conveniente para nosotros. Tendremos nuestro premio, quizá, en la tierra como en el cielo. Dormiremos con la conciencia tranquila.

Y si alguien me dice que todo esto es más que sabido, concuerdo; pero saber no es hacer y quizá recordarlo ayude a realizarlo, aunque sea con un “egoísmo” más sano, generoso y productivo que el malentendido individualismo.

                                                                Dr. Horacio Martínez

 

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