Halitosis, mal aliento, mal olor, fetidez, hedor bucal…

 

Llámelo como quiera, pero no niegue su existencia ni mire para otro lado (de hecho y de pensamiento). Usted, colega, sabe muy bien que hay bocas que apestan, aunque son una minoría; sabe también que hay bocas casi perfumadas, y sabe que todas éstas son una minoría. Pocos son los que voltean con su aliento y pocos (o pocas) los que huelen a rosas (salvo que hayan estado mascando un rosal o ensalada de flores – que las hay).

El resto no es silencio sino que varía de grado y de conciencia del hecho por parte del sujeto objeto (paciente o vecino de colectivo, que es más fácil sentir el aliento piorreico avanzado en un colectivo que en el consultorio). Va desde quienes ignoran por completo el hedor que le dan las caries o la gingivitis hasta quienes suponen que inundan al prójimo con vaharadas de  gases sulfurosos volátiles, huevos podridos y carne descompuesta, y, en verdad, tienen la boca tan bien que dan un poco de envidia.

Como usted sabe, colega, el 90% de las causas de halitosis está en boca, y, sin embargo, son demasiados los odontólogos que niegan la situación, que derivan al paciente a especialistas médicos… ¡y que Dios te ayude! Bueno, lo mismo pasa con la periodontitis, que son gran mayoría los tiradentes que hasta ponen implantes en bocas con enfermedad periodontal. Una encuesta norteamericana entre los dentistas de por allá logró revelar que la profesión “no quería ver piorrea” porque, como bien sabemos, ¡los pacientes culpan al dentista de su propia negligencia!, cuando los resultados en verdad dependen de ellos, de su comportamiento y de su constancia…

De nada sirve enseñar a un paciente a higienizarse, después de haberle curado caries y encías, si no se va a contar con su cooperación, y, para peor, si va a otro consultorio y le echa la culpa al profesional anterior. Y mucho, mucho peor aún, realmente pésimo… ¡este sacamuelas le da la razón al paciente para ganárselo! Y no le importa que se repita la escena: más vale pesos en mano que educación y prevención volando.

Así deambulan los desamparados halitósicos en busca de la poción mágica (cloruro de zinc, etc) que lo toque con su varita para que desaparezca el brujo apestoso, ése que reventó el halímetro, ese halímetro que no descubre nada y da dividendos como la gran p…  La realidad es que si la nariz no lo capta, lo demás es relaciones públicas, cafetería o como guste denominarlo.

¿Es que no habrá alguien que pueda ayudarlo? ¿No habrá un Chapulín Colorado? Es preciso que alguien piense en su juramento hipocrático (o hipócrita, según el caso) y acepte la difícil lucha de convencer al halitósico de que se cuide como es debido, y al halitofóbico de que no necesita nada, salvo un psicólogo que atienda su hipocondría.

Repensemos esto, colegas, que cada día la gente está más preocupada o interesada por tener la boca sana, bella y con buen aliento.

 

                Dr. Horacio Martínez

                                                

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