El queso, los gusanos y la ley de los efectos imprevistos

 

Múltiples factores actúan e interactúan para establecer la calidad de vida de cada persona, sólo que en la búsqueda se suele ignorar la ley de los efectos imprevistos, no buscados, no deseados. La vida que ambicionamos debiera permitirnos acceder a la felicidad, único anhelo vital, real y justificado. La salud general y la bucal son  parte indisoluble de ese empeño.

Pero hay que cuidarse de lo que se quiere, porque podría venir atado a la ley de los efectos imprevistos. Dejar que nos absorban las ansias de acumular bienes provocaría el efecto indeseado de una salud deteriorada, un corazón demasiado exigido, una boca mal o nada atendida.  Estas fallas, a su vez, pueden generar pérdida de apetito y falta de aptitud masticatoria, sobre todo en una ancianidad debilitada. Por los problemas de masticación y deglución, la mitad de los huéspedes de geriátricos estadounidenses padece desnutrición. [Esto viene siendo desarrollado en nuestra sección de salud. ] También responden a la ley de los efectos indeseados la mayoría de los fármacos, con sus acciones  secundarias y contraindicaciones. No es cuestión de pretender el queso y quedarse con los gusanos.  [Menocchio (ver el LIBRO DEL MES) consideraba que en un principio todo era caos, y que al pasar el tiempo se formó una masa, como cuando se hace el queso con la leche y que en él se formaron gusanos.]

“Siento que haya gente enferma. Siento que haya gente pobre por razones ajenas a ellos. Siento que haya gente que odia tanto su vida que son capaces de quitársela,” dice un personaje de Love, etc, pero declara que no siente lástima por quienes sienten lástima por sí mismos o que exageran sus problemas, porque ésos no entienden lo de “a Dios rogando y con el mazo dando.”

¿Compartimos todos esa lástima por los enfermos o por los pobres? ¿Y la transformamos en un bendito dar con el mazo a los responsables? ¡Por favor! Más bien cada uno  goza de su bienestar entre lágrimas por sus propios supuestos problemas o por el bien  que aún no poseen. Cuando un dentista se somete a la omnipotencia de las clínicas, de las obras sociales, de las prepagas, y acepta limosnas vergonzantes a la espera de que le  llegue una prótesis salvadora, un implante o un puente que cubran el mes, pese a la suma magra – si no trampea – que cobrará en tres meses o cuando se le antoje  al patrón (“que hay muchos haciendo cola por ese laburo”), entonces, por la ley de los efectos indeseados recibirá peor maltrato de sus amos y aumentará la lástima por sí mismo. No sería así si aprendiera a dar con el mazo, si abandonara la individualidad salvaje de este “neoliberalismo” que favorece a los ricos y salva de la quiebra a los bancos delincuentes, no al modesto trabajador.

Hay en este país, como en el mundo globalizado, quizá un diez por ciento de personas que poseen el noventa por ciento de la riqueza. Y hay noventa por ciento de habitantes a quienes les queda apenas el diez por ciento de la torta. Hay diez por ciento de dentistas (¿nuestros dirigentes gremiales?) que atienden a los afortunados (tienen fortuna) que están muy dispuestos a pagar por la “cafetería,” y los demás deben arreglárselas atendiendo a quienes no tienen el dinero para disfrutar de una atención personal esmerada, y les dan lo que el sistema les permite.

Cuando están rogando que el próximo paciente pida algo más que fumigar los gusanos de las caries (q.v.) o arrancar algún diente, están alentando el cumplimiento de la ley de los efectos no buscados, porque más pacientes se sumarán a los “beneficios” institucionales y cada vez estará más lejos la salud bucal y la consiguiente felicidad de la población y el ejercicio honesto de la profesión, una profesión que dejó de ser conservadora y se hizo extraccionista.

¿Qué será de todos nosotros habiéndose sumado a este panorama la crisis global? La ley de los efectos indeseados debiera castigar a los aprovechadores de la mano de obra barata que somos y producir como consecuencia que se despierte el seso y la responsabilidad de los sometidos, y que tomen el mazo, se unan y con la fuerza de hermanos unidos derroquen el sistema.                                                                                                                                                                                                                                                              Dr. Horacio Martínez

Nota de la Redacción.- El mejor complemento del editorial (y mejor que el editorial) es lo que un escritor y un diario, no “zurditos,” publicaron recientemente. Es una afirmación para registrar, meditar y memorizar, que sobre ella podremos construir un país mejor, donde las diferencias sociales sean tolerables y no vergonzosas como las actuales

En estos últimos años, el capitalismo se salió de los rieles y cambió de dirección de manera arbitraria, y ahora todos estamos pagando los estropicios de ese desquiciamiento que no supimos frenar a tiempo. ¿Por qué ocurrió esto? Porque – ésta es otra afirmación constante de Adam Smith – el capitalismo sólo funciona si la legalidad que lo regula está conformada por leyes justas,  equitativas, que respeten la libertad, y, sobre todo, si estas leyes se cumplen. Y, de otro lado, si la frialdad en las relaciones humanas y en el trabajo que la moderna actividad industrial provoca, está contrarrestada por una vida ética y espiritual intensa que mantiene a la comunidad unida, decente y solidaria.

Tal vez éste sea el talón de Aquiles del capitalismo en nuestros días. Hay leyes generalmente bien orientadas, pero que no se cumplen, o se cumplen sólo a medias, porque están llenas de trampas que permiten burlarlas. Y ello ocurre porque en este mundo de cultura frívola, desencantada y cínica no hay frenos éticos contra la irresponsabilidad y la codicia desbocada.

Mario Vargas Llosa (Diario La Nación, de Buenos Aires)

 

(*)Aclaración Dr. Bruzzo

       

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