I.- La odontología como arte

 

Hay todo un fascinante mundo de palabras, abierto al viajero dispuesto a familiarizarse con su riqueza, como lo hace cuando emprende turismo por otros ámbitos.

La palabra “arte,” no es la más exuberante, con apenas cuatro acepciones, y una sola aplicable a la odontología. Esas pocas son clave tanto para quienes niegan, como para quienes apoyan la posibilidad de que nuestra actividad sea un arte.

Una primera acepción de arte enuncia:

El Arte (del lat. ars, artis, y en griego, τέχνη), el que merece mayúscula, es una actividad creativa del ser humano que consiste en transformar y combinar materiales, imágenes, sonidos, etc., para transmitir una idea o un sentimiento y producir belleza, o para embellecer ciertos objetos o estructuras funcionales. Se aplica también al  conjunto de obras resultantes de esta actividad que pertenecen a un país, una época, un autor o una estética determinada: el arte italiano; el arte romano.

(El obispo de Roma, el Papa Benedicto, citó al escritor ruso Fyodor Dostoyevsky para afirmar que “la humanidad puede vivir sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero sin la belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí”.)

No se refiere a la belleza, aunque esto crea la Universidad Católica del Uruguay (que escribe con dudosa gramática), así como muchísimas otras entidades y personas, cuando anota que nuestro quehacer es “arte, porque su área de acción está limitada al rostro del paciente, zona afectada en su armonía y belleza por las patologías orales, que el Odontólogo con su concepto artístico  debe reestablecer.”

En verdad, el arte dental está más próxima a la segunda acepción de “arte”:

“Conjunto de reglas que rigen en una profesión o una actividad: arte militar, arte culinaria, arte dramático, arte dental.”

O, quizá, a la tercera: “Habilidad con que se hace algo: tener arte para arreglarse”

Entiendo que no a la cuarta: “Cautela, astucia.”

Por más que quiero a mi profesión, no creo que concuerden los pacientes con la primera definición, ni  podemos vestirnos con sedas prestadas y erradas. No sea que nos pase como al rey que lucía ropajes cuya inexistencia denunció un niño.

Ni tanto ni tan poco. Ni Arte ni artesanía.

Leímos (Luciano Alberto de Castro Odontologia: ciencia o arte: Acta odontológica venezolana v 44 Nº 3 / 2006) “Es posible que la odontología camine como ciencia sin olvidar su peculiar e inseparable vena artística.” Y: “…la excesiva búsqueda por la perfección y por la excelencia estética aproxima la odontología al arte y consecuentemente la separa de la ciencia.” El mismo año, leímos El arte dental. La odontología es ciencia, no arte. El autor, Dr. Joaquín Doldán, opone que …arte implica creación, comunicación. La ciencia es en cambio un sistema de conocimientos objetivos, verificable, sobre la naturaleza, la sociedad y el pensamiento.” Y que el “…arte no tiene por que ser verídico si despierta sentimientos. Puede producir dolor, o alegría, es igual de válido. La ciencia debe ser útil al hombre.” “Muchos colegas defienden el “contenido artístico” de nuestra profesión, el planteo de los tratamientos de un punto creativo, la habilidad manual, son mucho los factores que confunden los puntos que podrían tener en común ambos conceptos.” “Existe una especial inclinación entre nosotros por hablar del “Arte dental.”

Se me ocurre que queda manifiesto que ven un solo sentido de la palabra Arte.

¿Qué propósito tiene este editorial? Conocernos mejor. Muy bien dice uno de los autores citados que “la ciencia debe ser útil al hombre.” El Arte no es útil, produce belleza (y no entremos en  filosofías sobre qué es estética o qué es belleza), evoca emociones, despierta atracción o rechazo. La ciencia es evidencia. Y aplicación de la evidencia. El arte, habilidad, destreza, maestría, pericia, técnica, y demás sinónimos de cuanto pone el odontólogo en juego, constituyen el arte dental capaz de producir trabajos cuya llamada estética consiste en reproducir lo mejor posible el aspecto natural o ideal de una dentadura, no en crear. *

                                                             Horacio Martínez

*Crear Arte en odontología apareja complicadísimos problemas que fueron jocosísimamente expuestos por Woody Allen en Sin plumas. (Ríase leyéndolo en libro del mes.) En la misma sección, puede leer unas palabras de Iris Murdoch sobre Arte en su excelente El Príncipe Negro.

 

 

 

II.- El arte de la traducción

 

Decíamos en el editorial previo:

 

“Hay todo un fascinante mundo de palabras, abierto al viajero dispuesto a familiarizarse con su riqueza, como lo hace cuando emprende turismo por otros ámbitos.”

Fascinación manifiesta en mí desde hace muy muy largos años, cuando publiqué en la Revista de la Asociación Odontológica Argentina varios artículos sobre el buen uso de las palabras y sobre el arte de la traducción. Escribir aquí sobre este tema, podría merecer aquella frase de los Evangelios que dice “echar margaritas a los cerdos,” aunque en realidad es una mala versión de Mateo 7:6: “No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen”.

[La palabra margarita viene del griego a través del latín y significa perla (μαργαριτα, perla; μαργαριτησ, perla, piedra preciosa, planta de Egipto; μαργαρoσ, ostra de la que se extrae la perla y por extensión la perla misma. Dominaba el Foro Romano, en época de la República el Porticus Margaritaria. Se debía ese nombre a los mercaderes de perlas que tenían allí sus tiendas.]

Bien, margaritas o perlas, es lo que siente el predicador que esparció en el aire, en el de estas tierras donde no sólo no fructifica la semilla sino que es pisoteada y hozada en medio de sarcasmos y crueles burlas. No sé por qué lo asocio con quien saca a pasear su perro y no lleva consigo la bolsita para recoger la mierda de la mascota, y hasta se mofa de la persona que osa señalarle que está ensuciando su propia casa, esta ciudad en la que vive.

[Descansen en paz los afanosos neologistas: la Real Academia Española cada día acepta más bazofia, como evento, bizarro, etc., con el sentido de los anglófonos. ¡No se pierdan en gremiales “el nuevo kasteyano”]

Los excrementos que algunos depositan en la página en blanco de un artículo científico en gestación, pese a que se lo advierte el corrector de la PC, son supinamente ignorados por los apologistas de la ignorancia, ignorantes del idioma en el que escriben, ignorantes del idioma del cual han traducido párrafos enteros, y que se creen hombres de ciencia por haber exterminado unas cuantas ratas o perros. No merece el honroso título de científico o de intelectual quien contribuye jocosa e indiferentemente a la destrucción de la lengua con que asomó al mundo. Y peor si está arrasando el español – segunda lengua en el globo – en aras de un idioma imperialista aun sin proponérselo. (Hasta la Academia Nacional de Odontología cometió esta traición en su último informe sobre el uso de la amalgama.)

Están cayendo los pétalos-hiladas de las margaritas-perlas a tus pies, lector. Tú decidirás qué hacer con ellas: pisotearlas-aspirar su aroma- iridiscencia. Yo escribo movido por la lectura de Humboldt, una de las mejores revistas de difusión de la cultura en el mundo [editada por el Goethe Institut], que tituló su número 153 así: Cultura de la traducción – Traducción de la cultura, e incluyo en gremiales la increíble sapiencia y certeza de expresión de un médico traductor, el Dr. Fernando Navarro, entrevistado por IntraMed con motivo de las recientes VII Jornadas Científicas y Profesionales de la Asociación Internacional de Traductores y Redactores de Medicina y Ciencias Afines (Bs. As. 15 y 16 de octubre).

Entiendo que debieran leer y meditar sus palabras cuantos autores de “papers” y directores de revistas andan por ahí pisoteando perlas.

                                                                                         H. M.

                                                                       

                                   Horacio Martínez

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