¿Cirujanos dentistas

                           y/o seres humanos?.

Hay seres humanos que en efecto tienen actividad cerebral, tal el caso de científicos de la universidad de Londres que la estudiaron recientemente para ver cómo con ella se distinguía el bien del mal. En el supuesto de que los cirujanos dentistas seamos seres humanos y de que tengamos actividad cerebral, ¿sabremos distinguir el bien del mal?*

Valiéndose de un refinamiento de la resonancia magnética, Ben Seymour y otros implicaron a la cortical isla de Reil (asiento de emociones) y al cuerpo estriado (centro de la motivación), por primera vez, en la distinción entre el bien y el mal. Y de una manera que sugeriría que los cerebros funcionan como la inteligencia artificial. Como robots de última generación.

Esas experiencias reflejaron la capacidad de formular juicios de valor a partir de experiencias conflictivas. Mapeando la actividad cerebral en un gráfico pudieron establecer una descripción matemática de los procesos subyacentes en la formación de los juicios de valor. Fue sorprendente la coincidencia entre las señales cerebrales (iluminación de las zonas activas escaneadas) y las funciones numéricas usadas en el aprendizaje por máquinas.

Delirando un poco, ¿será posible generar estímulos que susciten valores morales de validez universal (o casi)? En tal caso, ¿será posible hacerlo en seres de escasa actividad cerebral como nosotros los cirujanos dentistas? Y, de lograrlo, ¿será posible a pesar de la presión inmoral de los mercaderes de la salud? Somos (1ª persona, plural) excrecencias del mercado, de los mercaderes y del marketing. Somos clase media (¿éramos?) devenida carne de cañón privada del derecho de pensar y de tener valores morales o somos empresarios independientes (?) dispuestos a sacrificar cualquier valor moral con tal de vendernos al mejor postor (paciente). O esclavos o mercachifles. ¿No habrá quien pueda ayudarnos?

Quizá podamos ayudarnos a nosotros mismos. Quizá el camino, elevado, esté en reavivar la llama que alguna vez nos instalaron los dioses en forma de inteligencia o de alma, reavivar la actividad cerebral adormecida. Partir de los jóvenes y lograr que la línea de montaje de las facultades de odontología no los expela como máquinas baratas para uso de los mercaderes. Partir de los jóvenes y lograr que no salgan de la línea de montaje de las universidades privadas como máquinas de marketing o receptoras del negocio familiar.

Quizá entonces podamos volver a discernir entre el bien y el mal y recordar que el bien perseguido por la odontología es la salud bucal de la población y no un sueldito o un mercado (según las posibilidades de cada uno). Y, claro está, ser felices con lo que hacemos, hacerlo con ganas y con amor, vivir contentos con lo ganado honestamente, con un accionar individual que pueda ser norma para el accionar de todos los colegas. (Porque hasta se da el absurdo de que nadie acuda al confesionario por estos pecados porque no son sentidos como tales.)

Podemos y debemos ser cirujanos dentistas y seres humanos.

*Editorial sólo para odontólogos/as con agallas para escuchar la verdad.

 

              Horacio Martínez

                  Emilio Bruzzo

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