Cándido y la                  superioridad de la ciencia

Si de reír este mes se trata, es para morir de risa que alguien se haya creído que “vivimos en el mejor de los mundos posibles.”

Pero como siempre están en otro mundo (la luna), un filósofo, Leibniz,  se lo creía, pero con duda filosófica, claro. No es para menos.  Se preguntaba: ¿cómo se explican el sufrimiento y la injusticia que existen en el mundo, si Dios es omnibenevolente, omnipotente y omnisciente? El cándido filósofo se ilusionaba que Él eligió una de las posibilidades, y que está todo bien, que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Para reírse a carcajadas de semejante sinrazón. Voltaire se burló de él con inmejorable sátira y creó esa magnífica pieza de humor denominada Cándido, o el optimismo, y allí le endosó el absurdo sayo de Leibniz al Dr. Pangloss, no un mal tipo, pero convencido como tantos cientificoides de hoy de la superioridad de sus conocimientos y convicciones. Cándido (blanco, puro, ingenuo), como la Justine de Sade, vive en carne propia una realidad que desmiente tragicómicamente los idiotas postulados. Pero Pangloss insiste; “Tout va bien”, cómicamente ciego a todo cuanto no sea su sapiencia.

También locas por la ciencia y el comme il faut cientificista aparecen Les femmes savantes (Las mujeres sabias), cuando las pinta Jean Baptiste Poquelin en una soberbia broma sobre la fatuidad académica. Sus sabias son “instruidas,” su obsesión en la vida es el saber y la cultura en el más alto nivel de pretensión. ¡Magnífico blanco para las burlas de Molière! ¡Ah, cuán colosal sería su homérica risotada si despertara y viera las mujeres y hombres sabios de hoy! 

Entre personajes de mucha actualidad pone a Trissotin, el lameculos que adula la supuesta inteligencia de las mujeres “sabias” por ambiciones personales: pretende ser docto en literatura y ciencias, para engatusarlas mejor. Está también la tía solterona, Belise, una de las “científicas” modelo de las modernas feministas científicoides. Y todos tan cómicos que esta obra y la de Voltaire se ganan un lugar destacado en los libros recomendados de un Universo volcado al humor [No se pierdan las digresiones.].

Editorializar no es solamente pintar las imperfecciones de este mundo globalizado, las de nuestro país y las de nuestro mundillo profesional, sino también proponer soluciones, respuestas, caminos posibles para salir del atolladero en que nos metimos. Pero, por esta vez, perdónenme, propongo reírnos de las debilidades mundanas – incluidas las propias – y me limito a pasear un espejo por delante de los “dueños de la ciencia y del saber” y ver si así su rígido risorio de Santorini afloja un poco y les permite mostrar una sonrisa de Gioconda, leve aunque sea, y otro poco de condescendencia con quienes no alcanzaron su “notable” nivel.

¡Vamos, “chicas,” chicos, rían un poco, que el Parnaso les queda chico y la vida es breve!

                Dr. Horacio Martínez

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