De la brevedad de la vida

Así, con un párrafo de Séneca, inicié mi tesis de doctorado: No tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho. Bastante larga es la vida que se nos da y en ella se pueden llevar a cabo grandes cosas, si toda ella se empleara bien. Acto de vanidad, pecado de tierno pichón. Lo que hoy viene a cuento preguntarse  es si ese planteo inicial mío no habrá sido  más universal de lo que podría esperarse. No me refiero a los trabajos de doctorado iniciados con citas latinas, sino más bien en cuántos colegas  habrán originado una reflexión, como la que me sentí obligado a hacer yo, décadas más tarde, acerca de si se cumplieron o no las expectativas juveniles.

Pasados veinte, treinta, cuarenta años, los que hayan sido, ¿cuántos podemos volver la vista y estar plenamente satisfechos? ¿Cuánto ha influido esto sobre nuestro ejercicio de la profesión y sobre nuestra visión de la vida? ¿Habrá ayudado a que ejerciéramos la profesión con alegría, además de medrar? Mejorar de fortuna,  aumentar los bienes, consolidar reputación, es importante... ¿tanto o más que la alegría de vivir y ser feliz?  Podría ser muy desagradable recordar cosas de las que uno se tuviera que arrepentir.

No condono la misantropía inconducente, condeno la lucha del hombre contra el hombre, pero se me hace difícil querer al ser humano y seguir pensando que nada humano me es extraño cuando es sabido que cada día que pasa el hombre está mirando más la satisfacción de sus necesidades, sin pensar en el bien común ni, como profesionales, en la salud bucal y general de todos. Se me hace que había más idealistas en otros tiempos (¡cosa de viejos!) y que los planes personales podrían incluir a una parte del resto de la humanidad.

Trae a tu memoria si tuviste algún día firme determinación, cuántos destinaste a lo que te habías propuesto, cuántos dedicaste a ti mismo,[...] cuántos se mantuvo tu ánimo intrépido, cuántas obras hiciste en tan largo tiempo, cuántos te quitó el dolor vano, la alegría necia, la ávida codicia, la blanda conversación y cuán poco te quedó de lo que era tuyo; comprenderás que mueres prematuramente.

¿Qué pasará cuando los jóvenes graduados actuales traigan a su memoria los propósitos de hoy? ¿Habrán ido éstos más allá de aspirar a una “segura” remuneración asalariada y a la supervivencia en un medio ciertamente hostil? Quienes ingresaron en una institución odontológica, ¿lo hicieron pensando en el bien común, en el progreso de la ciencia, en el cuidado de la salud? Cuando en algunos años traigan a la memoria los designios de hoy, ¿sentirán satisfecho el ánimo intrépido en el noble altruismo (aun fracasando en el intento) o se habrán perdido en la necia alegría y la codicia ávida?

Estoy reflexionando más sobre mí mismo y la brevedad de la vida que haciendo de seudo Catón. No me la creo:  No has de pensar que alguien, porque tienes canas y arrugas, ha vivido mucho; no vivió mucho, sino que duró mucho. No necesité ser un santo para aplaudir la santidad y el altruismo o para admirar a Santa Teresa. Tampoco quiero ser un Barrabás arrastrando la carga de haber callado las omisiones y comisiones, como las que infestan el mundo globalizado y producen el capitalismo salvaje, el sálvese quien pueda, como la señora con aromas de Carolina Herrera que deja en medio de la vereda las deposiciones malolientes de su cuzco. 

Tampoco se trata de decir qué está bien y qué mal. No voy a tirar la primera piedra. Ni voy a pedir a ningún joven egresado que se pierda el goce del día pensando en el futuro. Un editorialista válido señala el problema y sugiere una solución. La cuestión aquí es simplemente pedir a los jóvenes profesionales, y a los no tan jóvenes, que tengan en cuenta que va a llegar el día en que irremediablemente van a mirar hacia atrás. No todos se van a sentir orgullosos de lo que vean, no todos se habrán destacado. Pero el punto está en que no se sientan avergonzados de lo que ya no podrán remediar ante el inminente adiós definitivo. Tan sólo vivimos una pequeña parte de nuestra vida. Porque todo el espacio restante es tiempo y no vida.

Quizá se pueda gozar el día sin quitar del todo la vista del mañana. Quizá se pueda gozar y progresar, pero dudo mucho que mañana ante el último tribunal se pueda uno vanagloriar de egoísmos, de traiciones, de juramentos deshonrados – como el hipocrático – o de las infinitas transgresiones de las cuales la carne es heredera.

El hombre ocupado de nada se ocupa menos que de vivir; ninguna ciencia es tan difícil como la de la vida. … se ha de aprender a vivir durante toda la vida, y, lo que aún es quizá más de admirar, toda la vida se ha de aprender a morir.

            Dr. Horacio Martínez

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