Seamos lectores  críticos

 

La capacidad de leer artículos científicos y discernir la paja del trigo, la propaganda de la recomendación construye un mejor ejercicio de la profesión, la realizada con base en la evidencia y no en la promoción más o menos disimulada. Requiere entrenamiento, que comienza por casa bien entendido.

La capacidad de ser crítico de sí mismo, así como la de aceptar las críticas ajenas, es un don escaso que requiere cultivo, riego y amor. Se cultiva plantando la semilla de la evaluación honesta; se riega con sangre, sudor y lágrimas (en cantidades discretas) y se ama al descubrir horizontes, al captar realidades ocultas a nuestros ojos y al aprender entre líneas de nuestro discurso mental y del ajeno.

Los profesionales nos vemos bombardeados por material científico, propagandístico y mixto o seudocientífico. Todo esto debe ser evaluado críticamente, cuidadosamente e integrado a la experiencia clínica individual para aceptar o rechazar la innovación propuesta,

James D. Bader (JADA, 2008, sept) afirmó “los clínicos deben mantener un sano nivel de escepticismo ante todo lo que leen y en cada conferencia que escuchan.” No basta con pensar que los artículos fueron revisados por asesores (las charlas, ni eso), pues “cada tanto pueden errar.”

 Las revistas odontológicas no deben constituir meros archivos de la producción ni respaldo del laboratorio o dentífrico que las sostienen: “deben cumplir con su responsabilidad en la mejora de la salud bucal.”

Por ejemplo, los comerciantes y colegas mercaderes del láser publicaron un trabajo en el JADA sobre la fluorescencia lograda con un dispositivos de haz luminoso para detectar caries oclusales. Al revisor se le escapó algo muy simple de esa comparación entre el láser y la simple vista – algo elemental, Watson -- ¡no habían efectuado una confirmación histológica de la veracidad de lo expresado!

El buen odontólogo, el que trabaja sobre evidencia, según lo divulgado en revisiones de la literatura – tan importantes y tan ausentes de las revistas argentinas – debiera estar capacitado para identificar tales fallas y saber cuál es la información confiable. La cuestión está en ser crítico.

Hace muchos años, aprendí de maestros como María Inés Egozcue, Simón Katz, y tantos otros de los sabios que solía albergar la Asociación Odontológica Argentina, cómo hay examinar cada artículo, desde el título hasta la calidad de las referencias citadas (realmente citadas, no enumeradas). ¿Cuántos lectores se toman la molestia de esta lectura crítica? Lectura que requiere sólo el espíritu del escepticismo y la posesión de un simple sentido común. Por ejemplo, ¿de qué porcentaje me hablan si sólo tuvieron 18 casos?

Con el sentido común se halla respuesta a cuestiones clave como ver si los resultados son significativos en la clínica, si (por inventar un ejemplo) la resistencia a la fractura, por ejemplo, tiene algo que ver con la adhesividad que está siendo probada, si no habrá otra explicación que la propuesta o si, sencillamente, conviene a mi manera de ejercer la odontología práctica.

Aunque faltan en las revistas de América Latina, hay una gran cantidad de trabajos [que hemos resumido en U. O.] de revisión sistemática de lo afirmado sobre ciertos  temas. A ellos debemos apelar y los directores de revistas deben esforzarse por conseguir estas valiosas colaboraciones en vez de ser meros receptores de fabricantes de currículos.

 

                                   Horacio Martínez

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