Surtidos

1. Apolo, el dios de la medicina, solía enviar las enfermedades. En el principio, los dos oficios eran uno solo, y siguen siéndolo. (Jonathan SWIFT )

 2. El hombre con dolor de muelas piensa que es feliz todo aquel cuyos dientes estén sanos  (George Bernard Shaw: Man and Superman)

 3. Quienes carecen de una verdadera sensibilidad pueden vivir ignorando lo que angustiaría a otros; esos carenciados viven una vida que se compara únicamente con la del hombre con dolor de muelas que recibe la fortuna de vivir sin darse cuenta, lo cual supera la alegría y el dolor. (algo adaptado de PESSOA, Fernando: Libro del desasosiego)

 

 CABRERA INFANTE, Guillermo: La Habana para un infante difunto. Seix Barral, Bibl. Breve, Barcelona, 1979, p. 526

Comenzamos a besarnos sin ningún preámbulo, con una avidez que se reveló desde el principio. Sus besos no se parecían a ningún otro: la manera en que brindaba su boca, cómo tomaba mis labios, su búsqueda de mi lengua eran de distinta madurez: no había en ella nada de muchacha. Entonces decidí extender mis besos a su cuello, a sus hombros desnudos, a su espalda descubierta porque había hecho bajar más el borde del vestido. Ése fue mi error, aquí mi derrota. En vez de besarla, llevado por la inercia de los besos (lo que comienza como caricia termina siempre como herida), pero tal vez para mostrar una pasión posible, mordí su espalda. Ella se retorció en el asiento y la volví a morder, esta vez más fuerte – y se produjo un sonido inesperado, un crac que me resultó agorero porque enseguida supe lo que había pasado: no le rompí la nuca sino algo más terrible: se me habían partido los dientes. Claro que su espalda no era de hierro y mi mordida mecánica: los que se partieron fueron mis dientes postizos. Me retiré de su cuello y de su cuerpo con mis dos dientes en la boca, tratando de evitar que los viera, que supiera lo que había pasado, pero no pude reprimir una maldición. [...]

Ella [...] no tenía idea de lo que había ocurrido y así, cuando me vio levantarme, me siguió. Salí, salimos del cine, yo guardando en mi bolsillo los dientes falsos, ella detrás de mí preguntando todavía qué había ocurrido. Insistí en que me tenía que ir y la dejé allí bajo la marquesina [...] nunca más volví a saber de ella y, por supuesto, aunque mis dientes fueron reparados y pudieron una vez más ejercer su eficacia a la hora de la comida y en la sonrisa, prácticamente perfecta, nunca intenté utilizarlos en menesteres para los que no habían sido hechos: es evidente que no eran DIENTES ERÓTICOS: no servían para morder la carne cruda.

 

EVANS, Berger: Historia natural del disparate

Entre tantos disparates que se dan por ciertos, cuenta esto:

p. 27: El castor, al ser perseguido para aprovechar sus testículos, los corta con sus dientes y los arroja a sus perseguidores, demostrando a los hombres que deben desdeñar las riquezas para salvar sus almas. (Debe explicarse que los testículos de castor eran altamente apreciados: facilitan el aborto, dice Ogilby, curan el dolor de muelas y, picados, añaden un delicado sabor al tabaco.)

Tan tan sabio es el castor que sabe que los hombres son tan tan estúpidos (YO)

 

 

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