Los rusos también

 

Nadie escapa al dolor de muelas si no cultiva fervorosamente la prevención. Lamentablemente, muy pocos. Los rusos también, por lo menos en sus más famosas novelas, conocen esa desdicha. Júzguese por unos párrafos de AnaKarenina.

“Estoy contento de que haya algo por lo cual dar mi vida [dice el amante de Karenina], porque no sólo me es inútil sino además despreciable. Cualquiera es bienvenido a recibirla.” Y la mandíbula se le crispaba por el incesante dolor de muelas que lo corroía, que le impedía hasta hablar con expresión natural. ... Apenas si podía hablar por el dolor pulsátil en sus fuertes dientes, como hileras de marfil en su boca. ... De pronto, un padecimiento diferente, no un dolor, sino algo interior, que lo puso en estado de angustia, le hizo olvidar por un instante el dolor de muelas. ... Experimentó las sensaciones de un hombre al que se le ha extraído un diente después de sufrir un dolor durante largo tiempo. Después de sentir una temible agonía y la sensación de que algo enorme, más grande que la cabeza misma, le era arrancado de la mandíbula, el sufriente, apenas capaz de entender su suerte, siente en un instante que todo cuanto había envenenado su existencia y encadenado su atención, ya no existe. Ésta era la sensación de Alexei Alexandrovitch. La agonía había sido extraña y terrible, pero había pasado. Sentía que podía volver a vivir...

 

Leon Tolstoy (1828–1910).  Anna Karenin.

                                The Harvard Classics Shelf of Fiction.  1917.

 

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