Nostálgicas para reír y llorar

El hombre que ríe, de Víctor Hugo, evoca en mí instantes de mi infancia, sobrecogedores e indelebles, junto a Gwynplaine, el hombre que ríe con una risa forzada. Niño como era yo entonces, que fue entregado a “comprachicos” quienes lo deformaron quirúrgicamente y lo vendieron como a tantos otros para  atracciones de feria. El reí sin querer, yo lloraba sin remedio.

Esta novela sobrecogedora de principio a fin, condujo a  Baudelaire, el poeta maldito, a escribir "lo excesivo, lo inmenso, son el dominio natural de Víctor Hugo, se mueve en ellos como en su atmósfera natal. En todas sus páginas se pueden encontrar imágenes antológicas inolvidables. En la intención del autor, este libro es un drama del alma.”

Gwynplaine logra escapar y en la huida, encuentra a una joven muerta con una niña en sus brazos, y a ambos, a él y a la beba que está ciega, los acoge Urdus. Años después, protagonista de un espectáculo de payasos, y Dea (la niña) traspasan la frontera de la amistad. En  Southwark los descubre actuando uno de los “comprachicos,” que sabe que Gwynplaine es un noble, hijo de Lord Clancharlie, a quien el Rey mandó a matar con  la pinchuda “Dama de Hierro, lo delata a la hermana de la reina, que busca placer, diversión y nuevas experiencias en la vida, junto con un repulsivo bufón.

Sepa el lector que la risa de Gwynplaine será la imprecación de los oprimidos contra los opulentos. Pero vaya y disfrute en directo la dramática obra de Víctor Hugo, un thriller de aquéllos, averigüe si recupera su posición, si la duquesa lo seduce y qué ocurrirá con el generoso Urdus y con Dea y si el estado de su dentadura se luce en la risa permanente…

                                                                                         H. M.

Nostálgicas para sonreír y llorar

Los recuerdos de niñez y mocedad desembarcan en las riberas de nuestro fluyente río de la conciencia con un sabor nostálgico aunque sin resabio a tristeza, muchas veces sin previo aviso, tomándonos distraídos y más sensibles al impacto. Como me sucedió sonreír con placer releyendo un libro muy especialmente destinado a los gustadores de En busca del tiempo perdido, y que cumple al pie de la letra con la promesa de su título; El mundo de Marcel Proust, por André Maurois. Uno puede sonreír feliz al sentirse inmerso en aquel mundo de fines de siglo XIX y comienzos del XX merced a sus abundantes y hermosas fotografías y pinturas de la época, de los paisajes urbanos y rurales y la gente en medio de los cuales transcurrió la vida del escritor que tan minuciosamente supo escarbar en las almas de sus contemporáneos y el mundo en que se movían. (Maurois lo conoció bien:se casó con la hija de una de las damas que pueblan las páginas de En busca…)

El gustillo que evocó una frase me movió a incluirla aquí con destino al “lector ideal” (Eco). No hay quizá días de nuestra infancia que hayamos vivido tan plenamente  como aquellos que nosotros creíamos haber pasado sin vivir, aquellos que habíamos pasado con un libro preferido…

De yapa vaya ya una frase “dientosa” del mismo Maurois: [Compartían] el mismo horror por las frases que “les causaban mal a los dientes, que los hacían bizquear”y que ellos llamaban “bizquerías.” Como “el gran techo azul” por el cielo, “la verde Erin,” por Irlanda y muchas otras al estilo de las que bien desplegó y deploró el inolvidable Juan de Mairena de Antonio Machado.

                                                                                H.M.

 

Estultolitos

Hace apenas un par de semanas, leí en una revista dominical “Siete principios de la ecología emocional para las relaciones” y no sé si ubicarlos como lo mejorcito del humor negro, como una selección del nonsense , como lo superfluo y redundante o tomarlo como la quintaesencia de la autoayuda (aunque algunos estén sacados de autores conocidos). Seguramente el autor padecía un problema grave de ESTULTOLITOS (Ver octubre.).

1. Ayúdate a ti mismo y los demás te ayudarán.

2. No hagas por los demás aquello que pueden hacer por sí mismos.

3. Todo lo que haces a los demás, también te lo haces a ti.

4. No hagas a los demás aquello que quieres para ti. Pueden tener gustos diferentes.

5. No hagas a los demás aquello que no quieres que te hagan a ti. [De esto ya hablamos y es la base de la moral sin Dios. Sade lo desmiente.]

6. No podrás hacer ni dar a los demás aquello que no eres capaz de hacer ni por ti mismo.

7. Tenemos el deber de hacer limpieza de las relaciones que son ficticias, insanas y no nos dejan crecer como personas.

                                                                                         H. M.


 
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