Quevedo...   

 

Don Francisco de Quevedo no sentía demasiada simpatía por los odontólogos, y se entiende en tiempos en que ni idea se tenía de la anestesia, pero además se burlaba de quienes por años o por afecciones perdían sus dientes. Lo que ya se hacía era usar dientes de muertos para implantarlos en los vivos (q.v “Dientes de Waterloo”) y se lo señala así a una “vieja bruja”: “Amortajar muertos / le valió un tesoro / de dientes y muelas / que guarda en un hoyo.” A otra le endilga: “Vieja de diente ermitaño, / que la triste vida hace / en el desierto de muelas, / tenga su sonrisa por cárcel.” ¡Cuántos, aun con más dientes, andan por ahí con la sonrisa encarcelada!

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