Las digresiones, indiscutiblemente, son el rayo de sol, la vida, el alma de la lectura.  Si las quitan de mi libro, por ejemplo, bien podrían llevarse también el libro con ellas—reinaría un frío invierno en cada página – […] incorporan la variedad, e impiden que el  apetito decaiga." Lawrence Sterne, (en su obra cumbre, plena de humorísticas digresiones)

          
 

 Fauchard, padre de la odontología moderna

 

En el Día del Odontólogo, que aspiramos a que sea aniversario del fallecimiento de Pierre Fauchard, ocurrido el 21 de marzo de 1761,  incluimos el Capítulo I, de Fauchard enamorado, dentista de la Ilustración, libro de Horacio Martínez publicado por la Editorial Ripano de España.

 

 

 

Las puertas del cielo

Era una vieja, le llevaba todo un año, y lo obligaba a jugar juegos que lo turbaban, que lo hacían tener sueños y acababa no sabiendo cómo ocultar las sábanas polutas.

Era linda, era divertida, cantaba como ninguna las canciones poissardes, con las exactas dosis de picardía y de ingenuidad, era atrevida, tenía dos pequeños pechos muy duros y lo invitaba a sentirlos.

Era atrevida, lo acariciaba y le provocaba dolorosos entumecimientos y lo dejaba sufriente e insatisfecho, era única. Tenía catorce años y él sólo trece. Tantas veces como quiso huir de ella, otras tantas la espió por la ventana por ver si salía a jugar. Era una gata sabia y sensual y él un ratoncito. Ojalá hubiera sido una de las enormes ratas que pululaban en Angers y ya iba a ver esa perversa. Estuvo por comprarle una rata muerta a uno de los cazadores, para mostrarle a la maldita que no temía ni a la rata ni a la gata.

Jugó con él cuanto quiso, cuando quiso y hasta donde quiso. Hasta el día en que le hizo conocer el cielo. Porque vio el cielo azul angevino en sus ojos azules desmesuradamente abiertos cuando lanzaba los más estremecedores gemidos en medio del vasto pajonal y sobre la tierra que los acogió blandamente.

Tiempo después comprendería que ella tampoco era virgen, cuando lo llevó al río. Su juvenil maestra, su cruel compañera de juegos, oh aquellos besos singulares, oh aquellos torturantes padecimientos, le abrió las puertas del cielo tras haberle hecho conocer las del infierno. Fue un infierno palparla toda, o casi toda, y siempre por debajo de las ropas, y ser palpado interminablemente, y siempre por sobre el calzón a punto de reventar con la violenta tumescencia.

Para siempre recordaría la destreza de su experta maestra, cuando lo condujo a recostarse sobre la tierra junto al río. La mano rápida y hábil que se le metió por la bragueta y le cogió el miembro y la otra, que le soltó la pretina, y le bajó las calzas y lo expuso en toda su virilidad al cálido aire de una primavera oportunamente templada.

El sencillo vestido que llevaba aquella mañana asoleada lo envió volando por los aires de un veloz movimiento y reveló un cuerpo cuya belleza habría de marcarlo para el resto de su vida, coronación física de aquella primera seductora. No le sobraba una pizca de grasa ni le faltaban suaves curvas, nada de la ostensible adiposidad de la madre de ella ni de la gordura más discreta de la madre de Pierre. Toda ella era perfección, oh recuerdos de tiempos pasados, ondulaciones moderadas que sólo se apartaban de la sobriedad en los pechos y en las nalgas y en un abultado monte de Venus, rubio, ralo y enrulado.

Se acostó sobre su vestido, lo puso a él sobre ella y volviendo a tomarlo de la espada viril esta vez la guió hacia su vaina natural, vagina húmeda y caliente, que lo recibió y no necesitó enseñarle más, salvo ritmos, que la naturaleza conduce de la mano al recién iniciado. Y cuando la naturaleza no los sugería, Jeanne se los imponía en cabalgatas de tendidos galopes, alegres trotes y muy sensuales y pausados andares.

La primavera de 1691 fue tiernamente generosa con ellos, les brindó los días más propicios para el amor y los pastos más suaves para revolcarse sobre ellos, dos criaturas amándose y gozando, retozones y concentrados, descubridores y pronto sabios, o creyéndoselo. En su río paterno aprendieron a quitarse sabores extraños acumulados y a gustar los propios en besos muy íntimos.

Una de las veces, como tantas otras, ella lo sacó del ensimismamiento cuando lo encontró tendido en el césped, disfrutando de la mullida alfombra que le ofrecía esa margen del Loira, calentándose con el sol del verano, dejando que la savia de su soñadora adolescencia corriera ardiente por sus venas de apenas trece años, y acababa de dejar abierto junto a su mano el libro que estaba leyendo. Era uno de los que iba comprando de la “biblioteca azul”, ahorrando moneda sobre moneda. Gil Blas de Santillana, asomando de las páginas, lo invitaba a la aventura y a vivir un mundo de picardías. Ese joven y ávido lector las disfrutaba, las revivía, se dejaba llevar, sin dejarse engañar por Le Sage. Aun cuando lo escondiera tras divertidas y apasionantes peripecias, le resultaba claro su verdadero objetivo de señalar los vicios, de resaltar los defectos morales y de burlarse de las ridiculeces humanas.

Su educación no hubiera sido profunda de no haber sido por un tío canónigo, como le había ocurrido a Gil Blas,  sólo que este clérigo pertenecía a la iglesia catedral de St. Maurice. Pierre había comenzado a cultivarse con su padre, artesano que ganaba cada vez menos y esto alcanzaba justo para conservar las apariencias y para comer discretamente.  Pero se las había compuesto como para adquirir y leerle desde muy niño los cuentos de La Fontaine, con lo que le había inculcado el gusto por las lecturas. Las entradas no permitían pensar en enviarlo a estudiar medicina en la Marina Real. Pronto sería una obligación.

Era la hora de la siesta, soñoliento se dejaba Pierre llevar por la modorra. ¡Ah, si yo fuera escritor! Nunca pondría en escena héroes sanguinarios y príncipes asesinos. Si por gusto de algunos dramaturgos fuera, degollarían al propio apuntador. Los ojos se le cerraban, unas manos se los cubrieron. Era Jeanne Langeais, dispuesta a jugar una vez más su juego preferido con Pierre. Lo había provocado por primera vez hacía apenas dos meses. Desde entonces, la chiquilla de precoces catorce años, había seguido buscándolo por el placer que aprendieron a darse, el propio, el de ellos, no el remanente de otros cuerpos pasados.

En las puertas de la pubertad, Pierre había sido iniciado por una mujer casada, mayorcita, que vio en él un fresco manjar apetecible. Alto, delgado, fuerte, ágil, de labios carnosos y nariz aquilina, tenía ojos oscuros penetrantes que parecían llegar hasta el fondo oculto de los deseos de las mujeres y querían indagarlo todo.

Allí mismo lo había seducido la primera mujer, que interrumpió la ensoñación poética, como preanunciando a Jeanne. Soñaba entonces con un libro de Ronsard en la mano y alternaba con versos de Joachim de Bellay en la mente. Era verano, y rememoraba las líneas del angevino, que decían “y de flores la naturaleza sembrada / hizo que el cielo de la tierra se enamorara”. Soñaba el poeta, como él, apegado a la naturaleza de una región que ambos amaban. Interrumpió la ensoñación la primera mujer que lo había seducido allí mismo. Aux plus beaux jours de mes vertes années.

Casada, flaca hasta los huesos de muelle envoltura, cara de inocente y niña, con veinticinco años a cuestas nada menos. La primera mujer que allí mismo lo había seducido y sacado de su ensoñación marcó, con su aire adolescente y ágil delgadez, repetidos en Jeanne, el gusto estilizado de Pierre para siempre. Él introdujo en ella la posibilidad de “reconocer la idea de la belleza que en este mundo yo adoro”, cuando entre una embestida amorosa y otra le recitaba los versos de du Bellay y Ronsard, los poetas de su tierra, amantes del amor y de la dulce región.

No se había enamorado de ninguna de sus amantes, ni de Jeanne, a quien por su cuerpo de gacela y su andar de gata recibía con placer, nunca la buscó. De la mano de ella, el cercano bosquecillo y la alfombra cómoda de hojas los acogieron muchas veces y cobijaron sus repetidos e incansables embates. Era insaciable la pequeña. Lo incitaba a acometerla desde todos los ángulos posibles e imposibles. Citera los vio desembarcar casi cotidianamente, desde la primavera, y, el fin del verano, lo vería abordar las Naves del Rey. No exactamente.

El invierno optó por llegar con un fruto extemporáneo. Los padres de ella les recriminaron a él y a los suyos la pérdida del pretendido pucelage y la adquisición  del bebé en camino. Los padres de él fueron más duros aun, con severos castigos que incluyeron enviarlo a los servicios de sanidad de la Marina Real después de la boda y del parto.

Pierre sintió que se cometía una enorme injusticia, primero porque él no sabía quién realmente había robado una virginidad pregonada y para él incomprensible. Además, porque si bien las mujeres se casaban así de jóvenes, nunca los muchachos. Para mayor mal, el niño sobrevivió apenas unas horas.

 Jamás les perdonó a sus padres que lo entregaran de tal manera y jamás volvió a mencionar sus nombres, ni el del resto de la familia. Sólo reconoció su calidad de viudo para el acta de su segundo matrimonio, ceremonia a la que no invitó a ningún familiar, según consta.

Le permitieron quedarse con la esposa --¡qué mal sonaba a sus oídos!-- hasta los quince años, un año más de placer y sin más sorpresas, por suerte, pensó. No hubiera querido atarse a una mujer que comenzó a comer en exceso durante el embarazo y no paró más y terminó desbordando en gordura a la propia obesa madre. Otro hijo podría haberle provocado de  nuevo ese sentimiento muy fuerte de paternidad que le surgió por primera vez cuando le presentaron aquella cosita tan indefensa que no soportó el mundo. Cuando, como veremos, proyectó confiar al papel sus memorias, transcurridos como setenta años, no lo hizo para quejarse, porque el castigo de los padres fue la puerta hacia la profesión que lo habría de hacer feliz y de la que se enorgullecía.

Mis padres fueron Jean Fauchard y Renée Grasfard, casados el primer día de julio, tres años antes de mi nacimiento. Al poco tiempo, dejaron su pueblito, en el valle del Seiche, riachuelo que desemboca en el Vilaine camino a  Rennes. Ignoro sus razones. No nací, por tanto, en Bretaña, como se supuso, sino en Angers, en 1678, el primer día del año, y gocé mientras pude del amado Anjou y de sus envidiados castillos. Sólo porque frecuenté Rennes, y por el acento local tan delator de mis padres, mucha gente me creyó bretón, incluida mi paciente  la bretona marquesa de Trans. En Angers adquirí el gusto por las letras, en las que me inicié muy niño escuchando a mi padre que me leía las recién publicadas historias de La Fontaine, las mismas que años después oiría a Rousseau criticar. De grande, me entretuve mucho al leer algunos de los cuentos “licenciosos” del fabulista que con historias para niños educaba a adultos. Me conmovió un diálogo de Barba Azul, donde a la pregunta de qué más puedo ofrecerte, la respuesta fue que nada,“ya tengo la luminosidad del sol y el verde de la hierba.” ¡Bien que debiera tenerlo presente todo adulto ambicioso! Como a veces  siento que lo he sido yo mismo. La ambición, no la envidia, mueve al hombre hacia objetivos más elevados. La ambición justa, la de Horacio, no la desmedida.

Con esas y otras fábulas, se exacerbó mi atracción por los libros. Hoy tengo el muy común y prohibido Dictionnaire historique e critique de Pierre Bayle, racional y científico padre de muchos pensadores actuales; algunos tomos de la Historia natural de Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, hombre de absorbente claro y preciso estilo; los tratados y, obviamente, códigos de medicina; Le siècle de Louis XIV, el Quijote, Pamela y diversas obras de Richardson, Swift y todos mis queridos autores del pasado siglo y muchos del actual, incluido Prévost y su sentimental Manon Lescaut, que con alguna vergüenza reconozco que me emocionó, contra mi gusto y mi razón.

En mis extensas lecturas, y muy variadas, nunca perdí el gusto por las obras picarescas, las que nunca leí como otros sosteniéndolas con una sola mano. Están incluidos Brantôme y sus Damas Galantes, Diderot y Les Bijoux Indiscrets, parte de Voltaire, Mirabeau, las Mémoires d’un homme de bien, el osadísimo Gervaise de la Touche, Pied de Fanchette, de Rétif de la Bretonne, el ex aldeano, por citar sólo algunos de mi bien surtida biblioteca. Bien surtida, bien elegida, digna de ser memorizada, repetida, celebrada, citada por su verdad no por el nombre del autor. No es la inane moneda corriente, es el saber en que bebió mi hijo la mejor herencia que le dejaré.

Fauchard estuvo tres años ausente, fortaleciéndose, instruyéndose, iniciándose como cirujano dentista. En el cercano puerto de Nantes, y en otros más, había cirujanos del Rey y de la Marina que ejercían allí y daban cursos y tomaban exámenes a los cirujanos embarcados. De ahí se entiende que, en el prefacio del libro que habría de darle larga fama, escribiera:

Destinado desde mi juventud a la cirugía, las otras artes que practiqué no me la hicieron perder de vista. Fui alumno de M. Alexandre Poteleret, cirujano mayor de la Marina del Rey, muy experimentado en las enfermedades de la boca.

Cuando volvió y hasta su muerte, nunca les perdonó ni a Jeanne ni a los padres que lo hubieran forzado a ese matrimonio, y más con una joven que había comenzado a olvidar su figura grácil. Terminaría convertida en una matrona de nulo atractivo, tan obesa que Fauchard estaba convencido de que ésa fue la causa de la apoplejía que la mató. Por fortuna para él, lo alejaban sus viajes continuos, reclamado por la gente que apreciaba sus servicios de dentista en las principales ciudades de Anjou y de Bretaña.

Pierre Fauchard, que regresó a Angers teniendo dieciocho años, recibió muy pronto a sus primeros pacientes .El inaugural fue M de Crespy de la Mabilière, a quien atendió en 1696, con tal éxito y con tanta propiedad que se ganó el afecto de la familia y que lo recomendaran a la gente de todos los alrededores y mucho más allá. Su destreza fue conocida en toda la comarca. Hasta su traslado a París, a los cuarenta y un años, estuvo recorriendo Tours, Nantes y otras poblaciones menores de la Loire, así como hizo frecuentes visitas a Rennes. Su centro de acción fue Angers, en la casa de un amigo que le alquilaba una habitación a la calle, muy luminosa.

Fauchard no nombra a Jeanne en  ningún escrito, como si no hubiera existido, ni menciona a sus padres. En el prefacio de Le chirurgien dentiste dice haber  practicado otras artes hasta los quince años, cuando se aplicó al estudio de la medicina. Fueron bien distintas, en efecto. En la alfarería del padre, se entretuvo dando forma a la arcilla, creando muñecos que intentaban representar los personajes de sus lecturas. No tenía mucha pasta de escultor y no cocía más que figurillas pasables. Esa habilidad manual habría de serle muy útil en su vida profesional. Igual que el arte minúsculo del relojero, debilidad del padre. En cuanto a “las otras artes”, con ímpetu juvenil acometió la poesía; sólo que, su capacidad como buen lector, reconoció su incapacidad como escritor. Esa aptitud fue más que suficiente para la redacción de su libro, ejemplo de sencillez y claridad.

Jeanne Langeais existió, aunque no conste en ningún archivo de la historia. Para Pierre, como si no hubiera existido. Después de tres años de recordar distante los placeres del sexo, y nada más que eso, recordar, al encontrarla transformada de sinuosa escultura en rolliza matrona, con tal enorme ganancia de peso tras su embarazo, algo impredecible y real, tomó la determinación de borrarla de sus propios archivos de la memoria. Pasó más tiempo recorriendo la dulce angevina región que en casa, hasta la muerte de ella.

Cada tanto, en sus dientosas andanzas por los valles del Loira, del Loir y más allá, Pierre se daba una vuelta por la catedral para saludar a su tío el canónigo. Le encantaba recorrer la majestuosa iglesia con tan perfecto guía, que en cada tour le mostraba y explicaba uno de los tantísimos ilustrados vitrales que iluminaban la colosal nave única. De todo, lo que más lo atraía, quizá por su imaginación literaria y teatral, era la impar colección de tapices góticos, escenas tan vivas como las que había visto en los teatros ambulantes, en especial, la serie aterrorizante y bellísima del Apocalipsis.

--Tío –habría de decirle unos años después--, por fin se han decidido ustedes a permitirnos a los feligreses acercarnos al celebrante. Desde que me incorporé a la marina, para entregarme a mi carrera, se produjeron grandes cambios: veo que derrumbaron la antigua tribuna del coro y que demolieron el gran altar del ábside para reconstruirlo en el crucero.

--Buen observador eres, hijo, y ya verás que otras iglesias habrán de seguir nuestro ejemplo. Hay que integrar al pueblo en la misa comunitaria. La religión pierde terreno si no se acerca a la gente. Corren tiempos blasfemos y es preciso evangelizar. Por suerte, contamos con la ayuda de nuestra devota benefactora. Tú sabes quién.

--Sí, tío, la que está más encumbrada de todas.

--¿Y cómo te va en tu profesión, hijo?

 --Me gusta que usted me diga “hijo”.

--Que tienes padres, Pierre.

--Que ya lo sé, tío, como si no los tuviera.

Se quedaron un instante callados y contemplativos. Después, el joven preguntó:

--Dígame, tío, ¿quién era el cura que se fue cuando yo llegaba y qué era el paquete que le dejó?

--Conviene que vayas conociendo algunas verdades que en nuestra región se comentan, pero que en otras, como en el sudeste de Francia, de donde viene ese cura, son parte del pan cotidiano. Me refiero al contrabando.

--¿Hasta dónde es cierto todo lo que se oye por ahí? Suena más a cuento, como los filibusteros franceses de antaño, que me he leído bastante sus aventuras.

--Algunos aspectos en las vidas de los contrabandistas son bastante parecidos a los de aquellos aventureros. Por ejemplo, son gente muy independiente, no se atan a nadie, y al mismo tiempo son muy unidos entre sí, si la situación o el peligro lo reclaman. El pueblo los quiere y los apoya. Los taberneros, los granjeros y la gente de campo los ayudan, los esconden cuando es necesario y les proporcionan los víveres que necesitan.

--Y los curas, tío, ¿qué tienen que ver?

--Los buenos sacerdotes de parroquias próximas a las fronteras y los puertos claves les tienen una simpatía especial y se la demuestran con ayuda y consejos y procurando que no cometan otros delitos. Es como una guerra contra los recaudadores de impuestos, que cobran tributos enormes sobre productos vitales como la sal y los frutos de la tierra y que el pueblo los paga con sudor y lágrimas.

--¿Y la aristocracia?

--Hay muchos nobles que odian a los fermiers généraux, porque los consideran advenedizos y abusivos y ladrones. Me cuentan que se estaba hablando de ladrones en un cenáculo de escritores y se estaba haciendo un recuento de los peores. Cuando le llegó el turno a uno de los autores más conocidos, éste dijo: “Había una vez un recaudador de impuestos… Y se terminó el cuento.”

--El cuento más corto que he escuchado.

--Es que estaba todo dicho. Desde que Luis XIV creó este sistema de recaudación, las mejores almas procuran defenderse de los abusos. Mi amigo, el cura de Pont-de-Beauvoisin, usa el llamado “falso tabaco”, que es muy bueno y del que me trajo esa cantidad que viste, y ha dado asilo a los “matuteros” y ha escondido sus mercancías en la iglesia. No sólo conseguimos por ellos mejores precios que los oficiales, sino que enriquecen la zona donde vuelcan los dineros que ganan con el contrabando. La vida de un pueblo puede girar en torno de esa actividad y salvarse de la miseria que tanto abunda en el reino.

--Por lo que dice, hasta parecen buena gente.

--Muchas consideraciones teológicas y filosóficas tendrían que correr hoy por aquí para definirlos. Déjalo así.

--Obedezco, tío, y además se me aclaró la cuestión. Le cuento, en respuesta a su pregunta acerca de mi labor profesional. Me va bien, muy bien. Desde que volví y curé a M. de Crespy de la Mabilière, se sucedieron las recomendaciones por mi supuesta habilidad y por gentileza de ese noble tan noble, que me honró con su amistad y lo cuidé a él y a toda su familia.

--Me llegaron comentarios, hijo, y sé que te aprecia mucho.

--Lo que suele ignorarse, tío, y lo voy a sorprender, es que, por mis observaciones con los hijos de él y otros niños, concluí que la edad de aparición de los dientes es muy variada, según la fuerza que lleven. No muy importante; lo curioso es que algunos nacen ya con dientes. Y, aun más curioso, Su Majestad, nuestro rey Luis XIV vino al mundo con dientes.

Y Fauchard siguió explicándole al tío que, requerido de muchas partes, recorría toda la región y aun tierras vecinas, que lo solicitaban de Nantes, de Tours y hasta de la más lejana Rennes. Años sucesivos habrían de verlo en ese amplio tránsito de la región, con Angers por centro donde habitaba. No en casa de sus padres. Tampoco con su esposa. Residía en la habitación alquilada al amigo y, en ocasiones, en la Universidad.

Amaba su Angers, amaba todo el Anjou y se enorgullecía de ser angevino. El corazón se le alegraba cuando, al volver, divisaba desde lejos las dos altas torres de la catedral, para él de Saint Maurice, no de Saint Gatien. Conocía todos los castillos del Loira, de lejos. La curiosidad lo había acercado a algunos, como el de Tours y el de Blois cuando mozuelo. Bien se aseguraba primero de que no estuviera la corte allí en el momento de su incursión, si bien la visita real era más bien rara por esos entonces. No era tan de su gusto el castillo de los señores de Anjou, que corona las orillas del Maine; también en él, en sus magníficos jardines, holgazaneó y se tiró a leer, a hurtadillas. Más tenía de fortaleza que de castillo, demasiado sombrío y masivo como para satisfacer su gusto por la estilización y la belleza. Ya dentro, que lo introdujo el tío un poco de hurtadillas, la impresión en su gusto artístico mejoró gracias a la extraordinaria y delicada capilla de Sainte Geneviève.

Cuando corrían los primeros años del nuevo siglo, Fauchard visitaba la ciudad de Rennes ignorante de la enorme significación que tendría en su vida. Es que de las cercanías no sólo provenía su propia familia, sino también los Chemin, a quienes se vincularía en una muy larga relación amistosa y familiar. Con ellos le sucedió como con los señores de Mabilière. Los Chemin, quienes un día se agregaron el más vistoso “du” y se convirtieron en Duchemin, prácticamente lo adoptaron y fue el dentista de toda la familia. Pasó mucho tiempo en su casa, hasta que partieron a París, y allí se fue al tiempo con ellos, al corazón del mundo teatral, y con todo lo aprendido a cuestas.

La experiencia tan variada y dispersa acumulada en la odontología itinerante, permitió a Fauchard acopiar una sapiencia invalorable que volcaría en su obra, que en tiempos de la Ilustración iluminó a muchos. Sin embargo, todavía hoy no falta quien crea que existe un “diente del ojo”. Mentira inventada por “dentistas” de feria para el auténtico sufriente, para quien …el charlatán pronto encuentra una excusa, que hay mucha inflamación, que debe esperar unos días, o que se trata de un diente del ojo que no debe ser extraído porque esos dientes … los empíricos pretenden que están conectados con el ojo y mienten que se perdería éste por extraer el diente. (Le Chirurgien Dentiste)

Ya todos en París, compartieron largas veladas viendo teatro y hablando de Fauchard y de su lucha contra la charlatanería y las supersticiones. Los Duchemin,  sí nacidos en Bretaña, abandonaron su ciudad en 1699, para irse de gira hasta Suecia y volver años después. Se afincaron todavía un tiempo allí por el nacimiento de Pierre-Jacques, su hijo mayor. Hecho que Fauchard, en su libro, lo ubica en 1705, por error, pues fue en 1708, o habrá sido para agregarle años a su Elizabeth, la menor de las cuatro criaturas que tuvieron, nacida cuando su hermano había cumplido los seis.

Con Fauchard nunca se perdieron de vista, pues en más de una ocasión habrían de cruzarse sus caminos, él como caballero andante de la cirugía dental, ellos con una compañía teatral itinerante. Hasta coincidir en la gran ciudad. Y, mientras, aumentaba el número de los Duchemin, pues cada dos años, aproximadamente, nació uno de sus tres restantes hijos: Laurent-Tugdual, Jeanne-Laurence y Elizabeth-Guillemette, la última.


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