La piedra de la locura o “estultolito”

 

La piedra de la locura – a la que Juan Medrano propuso llamar estultolito, y sería una estultolitiasis la que padecería más de un dirigente elemmental y cuadrado – era extirpada en otros tiempos en actos públicos tan atractivos para los ciudadanos ociosos como la extracción de las piedras vesicales o de las muelas enfermas. [Nota: Estulticia. (Del lat. stultitĭa).1. f. Necedad, tontería. Real Academia Española]

Se suponía que la piedra de la locura era la causante de la enajenación, de los desvaríos y delirios y se extendía su influencia hasta la estulticia, o estupidez humana, ésa que un día Bouvard y Pecuchet se dieron cuenta de que les era intolerable. ¿Y lo es, verdad? Fue una clara muestra de la credulidad, inagotable, de la especie humana, y de su absoluta estulticia. Sencillamente porque los charlatanes decían curar la locura mediante la extirpación de esta litiasis naturalmente alojada en la cabeza.

No sé si ese abuso de la estupidez humana era mejor o peor que la creencia de que los locos eran pecadores castigados por Dios y hasta se les negaba la entrada en los hospitales, o que si sus locuras tocaban lo sagrado podían llegar a quemarlos por ser enviados del Diablo. Paracelso prefirió buscar una causa orgánica y, en esa línea, se hizo moneda corriente atribuir el mal a excrecencias cerebrales, como los cálculos renales, y podían llegar a hacer bulto hacia el exterior de la caja craneana.

De esto se aprovecharon los charlatanes, que no hesitaron en ofrecer la extirpación curativa que, por suerte, no iba muy en profundidad, no pasaba de un tajo en alguna parte de la cabeza y la demostración de la supuesta piedra extirpada. Tal como hacían los sacamuelas que exhibían una muela, era en verdad producto de su habilidad de prestidigitadores, no de cirujanos. Tan popular fue esta creencia que quedó retratada en cuadros célebres, algunos de pintores renombrados, como Hyeronimus Bosch y Pieter Brueghel el Viejo, y así lo verá el lector en las ilustraciones adjuntas.

Un cuadro de El Bosco presenta al charlatán con un embudo en la cabeza, emblema de la locura visible en otros cuadros del pintor. El paciente que le pide la extirpación dice llamarse Lubbert Das, nombre que tipificaba la estupidez máxima en la cultura de los Países Bajos. Un clérigo parece estar bendiciendo la intervención y una monja no muy preocupada luce un libro cerrado en la cabeza. Representación ésta de la ignorancia y la superstición atribuidas a los pícaros religiosos de entonces.

Deténgase, lector, a mirar los usuales múltiples detalles del cuadro de Brueghel y verá cómo un paciente se defiende a golpes, otro está por el suelo, donde abundan instrumentos, otro se defeca del susto y, en fin, una imagen de locura global. Estas “intervenciones” eran ejecutadas por mentirosos y por supuestos expertos y los resultados eran cómicos o trágicos, pero nunca buenos. De ahí que, poco a poco, los médicos fueran dejando estas “cirugías” de lado y en manos de una clase inferior: los cirujanos y barberos y barberos cirujanos. Los barberos eran tan capaces de cortar el pelo como de practicar una sangría, de extirpar una muela o abrir un absceso.

Nuestros antecesores, los barberos sacamuelas, eran por tanto también los encargados de extraer los estultolitos y de otras cirugías menores. De entre sus menospreciadas filas, empero, surgió el gran Ambrosio Paré, quien afirmó que el dolor más tremendo que no mataba era el dolor de muelas. Los médicos eran los únicos autorizados a recetar “fármacos”, algunos de los cuales nos harían ruborizar si los mencionáramos acá. Los cirujanos del tipo de los sacamuelas y extractores de estultolitos eran en general ambulantes y montaban escenarios en plazas públicas o cerca de puentes muy transitados [como ya hemos citado alguno en nuestra sección de “históricas”].

Uno de ellos le quitó, según Víctor Hugo, los dos incisivos centrales por unas monedas a una pobre y hermosa mujer, que debía comprar remedios para su hija supuestamente enferma. Él los habría de vender a buen precio al rico a quien se los pensaban implantar.

Vea el lector varias ilustraciones de charlatanes y tiradentes.

Yo me quedó pensando,  por obra de estas digresiones, en cómo pudo Erasmo elogiar la locura mientras nosotros debemos padecerla por obra y gracia de los charlatanes actuales, de los dirigentes que el Diablo nos endosó, por los mercaderes de la salud que ni el Diablo quiere reconocer como hijos suyos y sin el consuelo de la locura de Don Quijote que, por lo menos, era generosa, honrada, caballeresca, discreta, resaltada por llevar a su lado a un Sancho necio, pero dotado de una agudeza campesina que ni eso tienen los cazurros antes enumerados, que sólo disfrutan de la peor malicia que opaca su necedad y avaricia.


 
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