Las digresiones, indiscutiblemente, son el rayo de sol, la vida, el alma de la lectura.  Si las quitan de mi libro, por ejemplo, bien podrían llevarse también el libro con ellas—reinaría un frío invierno en cada página – […] incorporan la variedad, e impiden que el  apetito decaiga." Lawrence Sterne, (en su obra cumbre, plena de humorísticas digresiones)

          
         

         

La patáfora

 

La patáfora  (francés: pataphore), es un término  acuñado por el escritor y músico Pablo López, inspirado en la ‘patafísica: una metáfora extendida, una figura del habla que existe más allá de la metáfora como la metáfora existe más allá del lenguaje corriente.

Una metáfora compara un objeto o evento real con otro al parecer no relacionado para subrayar las  similitudes entre los dos. Una patáfora  usa esa similitud metafórica como realidad de partida. La patáfora procura describir un mundo nuevo y aparte, en el cual una idea o aspecto toma vida propia.

Como la 'patafísica, la patáfora en esencia describe dos grados de separación de la realidad y (no uno, como las metáforas y metafísica). Un ejemplo:

 

Lenguaje corriente

Juan y Alicia esperaron juntos en la cola.

 

Comparación

Juan y Alicia esperaron juntos en la cola, como dos  piezas en un tablero de ajedrez

 

Metáfora

Juan y Alicia esperaron juntos en la cola, dos  piezas en un tablero de ajedrez.

 

Patáfora

Juan se acercó a Alicia y la invitó para el viernes a la noche, jaque. Rodolfo se puso furioso por  perder fácilmente y arrojó el tablero sobre la colcha rosa, y se retiró pisando fuerte.

Se ha creado un mundo en que el tablero, más los personajes que lo habitan, existe totalmente fuera del contexto original.

¿Una metáfora provocativa o un estado de alienación insoportable?

 

 ¡Díganme si no se  reconocen!

 

[Si encuentran algo bueno en mis escritos, eso lo inspiró este autor; lo demás, es mío. H. M.]

… como si cualquier hombre del mundo no estuviese obligado á desengañar á su prójimo viéndole ir errado. Mas hay tanta perdición ya en él, que los más perdidos no quieran admitir consejo de nadie; antes, no le teniendo para sí, le quieren ellos dar á otros, […] Pero es todo muy al revés, porque hay muy pocos que conozcan su yerro, y muy pocos que se atrevan á reprender á nadie, y  si se atreven una vez, no se atreven dos, porque las respuestas que les dan son decilles: «Déjese deso, no es posible, no me diga más;» y como son tan desabridas, no hay ninguno que las quiera oír otra vez.

¿Pues cuando un hombre se determina de perder el temor á Dios y la vergüenza á las gentes? Allí es lástima de velle endurecido y obstinado en su error, y ver el mal rostro qae pone á todos los que le dicen lo que le cumple.

[…] Todos los hombres que tienen poca cuenta con lo que les cumple así á su conciencia como á su descanso, les acontece que si les dicen algo (procurando de apartalles del camino por donde se seguían, y poniéndoles los inconvenientes delante), no pueden persuadirse á creer que se atrevan a aconsejarlos. (Invectivas contra los necios, por Francisco de Quevedo)


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