La escuela de las mujeres

 

La educación de las mujeres de buena sociedad comenzó a sonar en las mentes a principios del siglo XVI, a instancias del español Luis Vives, en 1523, cuando estaban lejos de soñar en el predominio y dominio de las damas en odontología. Temían entonces  que por dedicarse al estudio fueran menos honestas, cuando ya los padres no filtraran lo que les entraba en la cabeza.

Aceptando que la mujer no podía seguir siendo ignorante, se preguntaban cuánto podría y debería asimilar. Nada de sabias intelectuales, claro, a las que Molière haría burla. Se ocuparon del tema Mme de Maintenon y Fénelon (De l’éducation des filles, 1687) donde dice que tienen  « una casa que atender, un marido al que hacer feliz, hijos a los que educar bien » y los estudios deben tomar eso en cuenta. Nada de apetitos intelectuales que podrían inducir a una escalada inconvenientes de sus conocimientos (Clitandre) ; a lo sumo, dominio del francés, algo (muy poco) de humanidades, historia y geografía. Las ideas de Fenelon aún gozan de algunas simpatías...

Nuestro Pierre Fauchard, que no creía en gazmoñerías, se encontró con tres actitudes: la de Rousseau, para quien toda escuela de mujeres debe estar vinculada a los hombres ; la feminista de entonces, con Choderlos de Laclos, Condorcet, Mme d’Epinay y alguna otra salonera, partidarios de una igualdad que permitiera a la mujer salir de la esclavitud que sufrían ; y una moderada que preconizaba una instrucción menos limitada que permitiera complementar el papel de esposa y el de mujer con la debida educación.

No faltaban mujeres intelectuales de alto nivel en tiempos de Fauchard, incluso princesas como Marguerite de Navarre o Marguerite de Valois, todas ellas eruditas, participantes de los más distinguidos círculos intelectales, protectoras (a veces, un poquito de más) de sabios y poetas, y algunas escritoras, como Christine de Pisan en el s XV, Marguerite de Navarre, Louise Labé, Mmes de Lafayette, de Scudéry, de Sévigné, preciosas sin nada de ridículas (Molière, 1659), que se rebelaron contra la rudeza, la violencia, la grosería y también contra los pedantismos y el refinamiento exagerado de las conductas.

Un año después de la burla molieresca Les Femmes savantes (1673) se publicó un libro en cuyo lema aún hoy hay quienes se resisten a creer : De l’Égalité des deux sexes, de François Poullain de la Barre. Este estudiante de teología y filósofo cartesiano convencido aplicó con rigor el método de la duda a las opiniones de entonces sobre la diferencia de los sexos y marcó un verdadero giro intelectual en ese campo que llegó con fuerza a estos tiempos y pudo inspirar a la campeona Simone de Beauvoir.

 

                              VOLVER