Las digresiones, indiscutiblemente, son el rayo de sol, la vida, el alma de la lectura.  Si las quitan de mi libro, por ejemplo, bien podrían llevarse también el libro con ellas—reinaría un frío invierno en cada página – […] incorporan la variedad, e impiden que el  apetito decaiga." Lawrence Sterne, (en su obra cumbre, plena de humorísticas digresiones)


          

   

Beaumarchais sí que se las sabía

 

Pierre-Augustin Caron BeaumarchaisEl relojero del Rey, Pierre Agustin Caron, escribió: Para ganarse la vida, es mejor saber hacer que saber (Las bodas de Fígaro, Acto V, escena 3) e inventó un engranaje para relojes que mejoró su funcionamiento (el de los relojes, claro) y, como suele suceder, no faltó quien quisiera apropiarse de su innovación; pero “triunfó la verdad” (me encantan las frases estúpidas, “hasta las últimas consecuencias”) y aun consiguió el cargo honorífico en la Corte. Se me ocurre que nuestra profesión tiene mucho del arte de la relojería, como lo han demostrado los protesistas suizos, p ej, con prótesis de alta precisión… suiza, claro.

Nuestro relojero incluso creó un reloj para el anillo de Madame de Pompadour, que no le valió de nada cuando tuvo problemas con cortesanos y jueces corruptos, que lo afectaron como escritor y como editor. Eso comentó uno de sus personajes: en tanto que yo no hable ni de la autoridad, ni DC política, ni de la moral, ni de la gente de posición, ni de la ópera, ni de otros espectáculos, puedo imprimir de todo libremente, bajo la orientación, no obstante, de dos o tres censores.

Y: Sin la libertad de criticar, no tiene sentido halagar (Fígaro, acto V).

Por todo esto, apeló al recurso del autor de comedias (y que a veces le copio), pues riendo castigó vanidades y supuestas alcurnias: Porque es usted un gran Señor, cree ser un gran genio. Sólo pasó por el trabajo de nacer, nada más. Por lo demás, bastante ordinario (Figaro, acto II, escena ii). Y me apresuro a reírme de todo, por temor a verme obligado a llorar. (El Barbero de Sevilla, acto I, escena II).

Deambulando de saeta en saeta de Beaumarchais, sin sentirme obligado a una dirección determinada, divagaré sembrando en bastardillas las frases del escritor y evitaré al lector las citas, quizá cansadoras. El uso es con frecuencia un abuso.

Tras años de compartir tertulias con brillantes maestros de la odontología en la AOA y con otros colegas, terminé refugiándome en la paz de esta revista digital, de la que no tenemos que dar cuenta a nadie ni Bruzzo ni yo. Lo que multiplica los libelos es la debilidad de temerles; lo que hace vender las estupideces es la estupidez de defenderse.  La estupidez y la vanidad son compañeras inseparables.

Recordad, amigos míos, que al menor fracaso, no quedan más amigos y que lo que se denomina pasión no es otra cosa que un deseo exacerbado por la contradicción. Universo Odontológico pretende conversar amistosamente con sus lectores y dejar correr el pensamiento al compás del azar, por ver si damos con el lector ideal del que hablaba Umberto Eco.

No pidáis demasiado, acaso ¿conocéis muchos amos que sean dignos de ser mucamos?, le pregunta el barbero al insoportable conde de Almaviva.  Y no me esmero en probar que tengo razón porque sería aceptar que puedo no tenerla.

Basta de volar, aunque ahí están los versos de Beaumarchais: Corazones sensibles, corazones fieles / que criticáis el amor liviano, / si el amor posee alas, / ¿no será para volar?

No puedo ni quiero despedirme cantando más versos, porque como dice el Barbero, hoy, lo que no vale la pena de ser dicho, se lo canta (así se burla del abuso de canciones en el teatro). Sin embargo, Beaumarchais et moi cerramos con las últimas palabras de Las Bodas de Fígaro: Todo termina con una canción.  ¿Réquiem?

                                                                                  H. M.

 


                                             
 VOLVER