Lo que hay en una sonrisa

Nadie es menos digno porque a su sonrisa le falten uno o varios dientes, o todos, es sólo que la mayoría de las actividades exigen una sonrisa resplandeciente o poco menos. ¿Qué decir de la sonrisa de un actor? ¿Y por qué no la de un abogado? ¿O nada menos que la de un dentista?

Quienes han descrito perfectamente el tema dental son los autores de ficción. Los dientes y su falta fueron utilizados a menudo en las descripciones de la expresión facial del alma. A los ejemplos recogidos en mi El diente secreto, añado algunos pocos, y significativos.

Sonrisa que, cosa muy rara, se extendía más allá de su boca, como la mueca sonriente de un gato, escribió Charles Dickens, el autor de Oliver Twist, o Grandes Expectativas, o The Pickwick Papers, por citar algunas de sus obras maestras. Nos dejó retratos hablados de sus personajes que resultaron  fáciles de  transplantar al cine.

Leímos en su novela social  Dombey and Son: “El Sr Carker era un caballero de treinta y ocho o cuarenta años, de rostro florido y con dos ininterrumpidas series de dientes brillantes, cuya regularidad y blancura eran bastante afligentes. Era imposible escapar de observarlos, porque los mostraba todo el tiempo al hablar y la sonrisa en su rostro era tan amplia que, cosa muy rara, se extendía más allá de su boca, como la mueca sonriente de un gato [¿la sonrisa que quedaba en el aire cuando desaparecía el gato de Cheshire?] El Sr. Carker desnudaba hacia arriba y abajo sus encías, lo que hacía que el atento Toddle temblara más y mas […] Su sonrisa, al abrirse, estaba tan llena de dientes que confundía al viejo Sol y lo ponía más bien incómodo […] El Sr Carker […] obsequiaba sus dientes a cantidades de personas, y en su oficina, en la corte, en la calle, en la Bolsa, relucían y sobresalían ampliamente…

Y en medio de un sombrío panorama de los valores contemporáneos, varias referencias más hasta culminar en “quedó asombrado ante la belleza de sus dientes, y ante su brillante sonrisa, y, mientras se alejaba en su caballo de blancas patas, la gente lo tomaba por un dentista, tal era el deslumbrante espectáculo que ofrecía.”

 

Cecil Day-Lewis, poeta, novelista con el seudónimo de Nicholas Blake (La bestia debe morir), padre del actor Daniel Day-Lewis, escribió, en Tío Willie, el Reverendo: Su cara [la de W.G.Squires] era una  caricatura: cejas negras y espesas, bigotes como los de Groucho Marx, mandíbula afilada […] dientes enormes teñidos por la pipa – dientes cuyos movimientos al comer no se veían para nada relacionados con el movimiento del maxilar, como si trabajaran independientemente movidos por invisibles hilos.

[…] sus enormes dientes charlotearon como si fueran a liberarse de las encías”

Notables un par de ejemplos de Thomas Hardy. En la novela llevada al cine Under the Greenwood Tree, describió los dientes en esa misma línea. '”Leaf dejó que su boca  continuara sonriendo un cierto tiempo después que su mente había terminado de sonreír, de tal modo sus dientes seguían estando a la vista como los más conspicuos miembros de su cuerpo.”

En la novela asimismo llevada al cine, y a la ópera,  The Trumpet Major, leemos:...la pequeña depresión en la mejilla derecha de ella no era un hoyuelo demorado, dicho poéticamente, sino el resultado de la extracción de algunas muelas gastadas, hecha por Rootle, El hombre de Budmouth, quien vivía de tal práctica en las cabezas de los ancianos. No gran cosa, ¡cuando él mismo había perdido dos por cada diente de ella, y la superaba en edad unos ocho años!”

Marcel Proust, como otros destacados novelistas del siglo pasado (Joyce, Burgess, por ejemplo)  describieron con precisión los efectos de la pérdida de los dientes, en toda su variedad de consecuencias. Proust escribió “Ella tenía dos hábitos notables, debido a un tiempo a su exaltada pasión por las artes [...] y a la falta de los dientes. Siempre que hablaba de temas estéticos, sus glándulas salivaes – como las de ciertos animales en celo – se estimulaban tanto que la desdentada boca de la anciana dejaba escurrir desde las comisuras de sus labios insinuados bigotes unas pocas gotas de desubicada humedad. Inmediatamente la absorbía con un profundo suspiro.” (En busca del tiempo perdido)

Leonard Woolf, marido de Virginia, usó los dientes en Downhill all the Way (autobiografía 1919-29) para prestar una siniestra apariencia a uno de sus personajes. “A veces, si uno captaba bajo cierta luz la visión de su boca y mandíbula, se sentía como un pequeño apretón de miedo en el corazón. […] He conocido muy pocas personas con esa clase de boca; su siniestra forma proviene, creo, de la forma de los maxilares y disposición de los dientes. Siempre una sombra de sonrisa en ellos, pero es la sonrisa funesta del tiburón o el cocodrilo.”

J. G. Ballard, autor llamado de “ciencia ficción,” pero una de cuyas obras más importantes es casi autobiográfica y mereció un lugar importante en mi El diente secreto, escribió una novela (no tan de mi gusto) sobre la aparición y desaparición de un río junto al Sahara, donde el muy sanguinario jefe de unos rebeldes africanos fue… ¡estudiante de odontología!

 


 
                                      VOLVER