Habanera del cirujano dentista …

 

Con fondo musical de Ravel, casi una pavada para cirujano dentista meditabundo, Cabrera Infante escribió en La Habana para un infante difunto, excelente novela, novedades o nonadas sobre nuestra profesión profesando desconocimiento descreíble del famosísimo libro denominado El diente secreto. Dice el cubano, para interés de todo lector de nuestro odontológico universo:

“Aunque no voy a hablar de mi larga lucha con los dientes y el dolor, sí quiero anotar mi extrañeza ante lo poco que aparece en la literatura algo tan presente en la vida como una neuralgia molar: no recuerdo más que tres novelas, Anna Karenina, À rebours y Los Buddenbrook, donde el dolor de muelas sea un mal siniestro. Tal vez se explique porque un dolor de muelas parece cosa vulgar, pero curiosamente esas tres son novelas elegantes, pulcras y refinadas. […] He padecido mucho del mal molar, peor que el mal moral. Ahora me había sacado otra muela en la tarde, y aunque siempre he tendido a sangrar, sé qué es una escaramuza de hemorragia y no una verdadera hemofilia. Ese día comencé como siempre a obsesionarme por el hecho de que horas después de la extracción todavía sangraba la herida, lo que mi madre, conocedora, llamaba la cesura. Para comprobar si sangraba o no, tocaba con mi lengua la herida y al hacerlo sacaba siempre sangre. También debía chuparme la sangre inocente. [..] Súbitamente sentí un golpe de sangre y tuve que levantarme a escupirla. Comprobé que no era demasiada sangre. […] …tuve que levantarme a escupir lo que era una evidente hemorragia pero para mí parecía una hemoptisis chopiniana … Mi madre, experta en muelas y migrañas, mal que he heredado de ella, inventó un remedio casero para restañar la sangre, pero seguí sangrando y todavía por la madrugada sangraba, ahora a borbotones. ¿No va a quedar más remedio que que lo lleves al dentista,’ sentenció mi madre […] Costó trabajo despertar al dentista, que salió al balcón alarmado: ¿quién toca en mi puerta tan tarde en la noche? Al abrirnos negó la evidencia de una hemorragia diciendo que era solamente mi mente […] Pero cuando alumbró su consultorio vio que de veras tenía una hemorragia y sin alarmarse dijo: ‘La vamos a acabar enseguida’, y canturreando (al revés de los pájaros y los tenores, los dentistas son capaces de cantar a cualquier hora) empezó a preparar un compuesto amargo que colocó en el hueco: ‘Polvo de tanino’, explicó y taponeó todo con algodón.”

Para compensar, quizá, abundan las referencias dentarias en La Habana…, pero la revancha del cirujano dentista viene en la página 526 (Seix Barral, Biblioteca Breve) con un percance “cinético” ocurrido al narrador protagonista:

“Entonces decidí extender mis besos a su cuello, a sus hombros desnudos, a su espalda descubierta porque había hecho bajar más el borde del vestido. Ése fue mi error, aquí sufrí mi derrota. En vez de besarla, llevado por la inercia de los besos (lo que comienza como caricia termina siempre como herida), pero tal vez para mostrar una pasión posible, mordí su espalda. Ella se retorció en el asiento y la volví a morder, esta vez más fuerte—y se produjo un sonido inesperado, un crac que me resultó agorero porque enseguida supe lo que había pasado: no le rompí la nuca sino algo más terrible: se me habían partido los dientes. Claro que su espalda no era de hierro y mi mordida mecánica: los que se partieron fueron mis dientes postizos. […] Salí, salimos del cine, yo guardando en mi bolsillo los dientes falsos…”

En otro lugar, Cabrera Infante anota:

“...a este amigo anónimo le había ocurrido un accidente embarazoso: se había tragado su puente dental y dado el ambiente burlón que siempre había en el taller de un periódico en La Habana, me había pedido por favor que no dijera nada de lo ocurrido. Le expliqué que había tenido un antecedente ilustre en Sherwood Anderson, aunque no le dije que Anderson había muerto a consecuencia de. Mi predecesor insistió en que guardara silencio y yo le prometí que sería una tumba. Pero no sé cómo se habían enterado de la devoración dental y no sólo los tipógrafos y los linotipistas sino hasta el viejo portero me hicieron preguntas capciosas y el más atrevido de ellos, que era también el más ingenioso, habló de que sería el único caso en que una persona fuera capaz de morderse su propio culo.”

Es una historia para cirujanos dentistas, con moraleja…

 

 

Coda (bífida)

1. Toda Honey for the bears, de Anthony Burgess, pivotea en torno de una prótesis anteroinferior fracturada (el título traducido sería traicionado). 

2. Sherwood Anderson murió por un escarbadientes que se tragó en alta mar y no llegó a tierra a tiempo para ser operado de las complicaciones consiguientes.

 

Coda a la coda

¿qué relación conoce el lector entre esta palabra (coda) y los ataches?

                      H.M

 

 

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