La inesperada visita del gigante

 

En un hermoso y gigantesco libro alemán con forma de valija, con cuentos de gnomos para niños, encontramos esta joyita para nuestros lectores legos y profesionales.

 

Una hermosa mañana, en tanto que una suave brisa traía el aroma de las flores de la primavera a lo largo del poblado, se oyó un ruido notable: ¡Rumpedimpumpel! ¡Rumpedimpumpel!

El primero en oírlo fue Lichtnelke. Él estaba precisamente de camino a su huerta del otro lado del poblado.

“¿Qué ruido es ése?”, se preguntó. Una vez más, se oyó aquel retumbar. ¡Wha-a-grmpf! ¡Wha-a-grmpf!

Sonaba como un fuerte jadeo que terminaba en un gemido. Lichtnelke voló alterado hasta llegar a su huerta. Pero allá lo esperaba una visión tremenda. Su casilla de herramientas estaba aplanada como un panqueque. Y la cosa se puso peor: Lichtnelke miró hacia el cielo y ante él vio de pie… ¡un gigante!

“¡Socooooorro!,” gritó Lichtnelke. Pegó media vuelta hacia la salida y voló lo más rápido que pudo. “¡Socorro, un gigante!”

Se precipitó a través de las calles y alarmó a todo el poblado. Las ventanas se abrieron y pronto tuvo a un grupo de gnomos reunidos al cabo de la pequeña población.

Finalmente, se adelantó Butterblume, el más esforzado de los gnomos: “Ahora calmémonos”, dijo con fuerza, “quizá no sea maligno ese gigante. Hasta ahora en todo caso no ha ocasionado ningún daño.”

“Pisoteó mi casilla de herramientas,” contradijo Lichtnelke rabioso.

“Bueno, sí, quizá él no la vio,” opinó Butterblume. “Puedo imaginarme que alguna vez tú pisaste la casa de una hormiga. Vamos ya, escuchemos qué tiene que decir el gigante.” Los enanos fueron a donde estaba el gigante. “H-h-h-hola,” dijeron todos a la vez. El gigante contestó “hola”.

Los gnomos casi se cayeron. “Por favor, no hables tan fuerte,” le pidieron enseguida. “¿Quién eres y qué quieres?”

Primero soltó un resoplido y, después, susurró el gigante: “Mi nombre es Rotbart y busco a alguien que pueda liberarme de mi dolor de muelas. Los dolores me tienen enloquecido.” “¿En-en-enloquecido?” repitieron los gnomos y se miraron unos a otros angustiados. “Sí, enloquecido,” dijo Rotbart.

“Tranquilo,” dijo Mieswurz, el gnomo dentista entre ellos, quien no era ningún flojo. Se dirigió al gigante. “Acuéstate aquí,” le dijo. Manso como un cordero, se echó sobre el vientre y esta vez tuvo cuidado de no aplastar nada.

“¡Abre!” ordenó Mieswurz, como si el gigante no fuera más que otro gnomo o habitante del bosque. Miró entonces dentro de la boca de Rotbart. Pronto notó un agujero tan grande como una pelota de fútbol, bien atrás a la izquierda. “Nada más fácil que esto,” dijo Mieswurz con vehemencia. “Lo que necesitamos aquí es un buen trabajo de equipo. Traigan acá la gente del trébol verde, para que nos ayuden. Y díganle a Grünklee, el carpintero, que tendrá que confeccionarme un andamio.

Pronto estuvo todo listo. Como inyección, para que el torno no le causara ningún dolor, le dieron al gigante el jugo de unas bayas. “Ahora, Rotbart,” dijo fuerte Mieswurz, “abre bien grande la boca y no la vayas a cerrar.” Y se trepó, animoso, a los incisivos inferiores del gigante.

“¡Ayyyyy!” aulló el coloso al sentir la aguja. “¡Ooooooo!” gruñó, mientras los gnomos bajo la dirección de Mieswurz, comenzaron el fresado. Diligentemente, se ocuparon los pequeños del uso del enorme torno, en tanto que Mieswurz orientaba la instrumentación. Pronto pudo éste aplicar un cemento especial en el ahora limpio orificio para taparlo. Mieswurz salió de la boca del gigante y miró a su alrededor, muy contento consigo mismo. “Ya está,” dijo palmeando amistosamente la mejilla de Rotbart. Nada de bebidas calientes, ni mastique nada hasta la hora de la cena.” Pero Rotbart se había quedado dormido.

                  FIN

 

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