Las digresiones, indiscutiblemente, son el rayo de sol, la vida, el alma de la lectura.  Si las quitan de mi libro, por ejemplo, bien podrían llevarse también el libro con ellas—reinaría un frío invierno en cada página – […] incorporan la variedad, e impiden que el  apetito decaiga." Lawrence Sterne, (en su obra cumbre, plena de humorísticas digresiones)


 

 

El tema de este mes no es una digresión, es lo que juramos cuidar, la salud de nuestros pacientes, que incluye su bienestar físico y psíquico, y se aprecia el peso que tienen las palabras

 

 

El peso de la palabra cáncer

Emilio de Benito (El País 17 ocubre 2013)

 

El autor nos cuenta, desde España, que los oncólogos de EE UU prefieren denominar de otra forma a los tumores leves para evitar tratamientos excesivos. En España son partidarios de usar el término pero rebajar el estigma asociado. La palabra "cáncer" debe explicarse en cada caso al paciente.  (Samuel Sánchez )

¿Qué le parece más grave, una leucemia, un linfoma o un cáncer? ¿Y una neoplasia? ¿La hiperplasia? ¿Lesión o proliferación celular? ¿Sarcoma, tumor, melanoma? ¿Un pólipo maligno? Las palabras las carga el diablo, y “cáncer”, pese a que ya más del 50% de los casos se curan, tiene una connotación tan negativa que oncólogos estadounidenses han llegado a plantearse si habría que acotarla. En un artículo publicado en julio en Journal of the American Medical Association (JAMA), un grupo de médicos del Instituto Nacional del Cáncer abrió el debate. “El uso de la palabra cáncer debería reservarse para describir las lesiones que tienen visos razonables de una progresión letal si no se trata”, afirmaron Laura Esserman (Universidad de California en San Francisco), Ian Thompson (Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Texas en San Antonio) y Brian Reid (Fred Hutchinson Cancer Research Center de Seattle). El artículo tenía un objetivo: denunciar el sobrediagnóstico y el sobretratamiento que se aplican, principalmente, en “mama, pulmón, próstata y tiroides”. “Y, a medida que se extiendan los programas de detección precoz se incorporarán más”, advertían los autores.Hablar de sobrediagnóstico no es solo un problema económico por el exceso de recursos que se dedican a tumores que pueden ser benignos. Los autores señalan que, en esos casos, los pacientes optan por las terapias más agresivas, y eso cuando no caen en situaciones extremas, como dejar de trabajar, desesperarse o recurrir a curanderos.

Un artículo sugiere usar "indolentoma" para los casos menores y curables

Para confirmar esta opinión, otro artículo publicado en la misma revista a finales de agosto echaba más leña al fuego. En un ensayo, se tomaron 394 mujeres sanas y se las dividió en tres grupos. A todas se les dijo que imaginaran qué harían si tenían “carcinoma ductal [de mama] in situ”, y que este “solo en muy baja proporción podía derivar en un tumor maligno”. Al explicarles la enfermedad, la describieron de tres maneras: “cáncer de mama no invasivo”, “lesión en el pecho” y “células anormales”. Y luego les preguntaron qué tratamiento querían: cirugía, medicación o estar en observación. La conclusión fue clara: el 47% de las que escucharon que era un cáncer pidieron operarse, frente al 31% de las que les dijeron que eran células anormales. “Al excluir la palabra cáncer del diagnóstico más mujeres optaron por tratamientos menos invasivos”, concluyen los autores, dirigidos por Elissa M. Ozanne, de la Universidad de California en San Francisco.

El problema no se limita al carcinoma ductal in situ (que no es escaso, porque cada año se diagnostican unos 50.000 solo en Estados Unidos). También hay formas de cáncer de próstata candidatas. A todos ellos los oncólogos del estudio proponen llamarlos “indolentomas”, como una manera de reflejar su poca agresividad y la lentitud en que pueden evolucionar a formas peores (si lo hacen).

A un paciente con miedo el médico le "vende con facilidad una operación"

La propuesta incendió las redes médicas de EE UU. George Lundberg, que fue director de Medscape, la web sanitaria de más impacto en Estados Unidos (lo que es tanto como decir en el mundo) defendió la propuesta. “Decir cáncer, el emperador de todas las enfermedades, son palabras mayores. Hay que ser muy cuidadoso. Con ese diagnóstico, el patólogo está dando permiso a cualquier clínico para que trate a su paciente con lo que sea, con cualquier terapia que esté de moda, incluyendo que lo corte, lo bombardee con rayos o envenene al tumor y al paciente”. “Muchas lesiones que son llamadas cáncer no lo eran en absoluto según su comportamiento, y cada vez más pacientes lo padecen. Estas víctimas desafortunadas han sufrido unos enormes daños físicos y económicos sin ningún claro beneficio después de que se encontraran y se trataran sus ‘no cánceres”, concluye Lundberg. Para el médico, “incluso si la palabra cáncer se rebaja con expresiones como ‘in situ’, ‘temprano’, ‘precáncer’ y otras similares, el paciente quiere que se lo extirpen. Que un cirujano les venda una operación

 es realmente fácil”.

 

 

           HUMOR NEGRO: No todos lo ven

 

Este comentario tuvo varias respuestas en la web, como la de un médico que, sin identificarse, decía: “Entonces, ¿cómo llamo a una ‘lesión indolente de origen epitelial’ [uno de los nombres propuestos para una forma de cáncer de próstata] que produce una metástasis en un ganglio? Como patólogo me parece que la idea está llena de riesgos, y que puede perjudicar a los pacientes. Tiene un tono de ‘no te preocupes, sé feliz [la famosa canción Don’t worry, be happy]’, pero no representa la realidad para muchos pacientes”.

"No lo llames una larga y penosa enfermedad", dicen los afectados

Por una vez, el debate parece que no ha cruzado el Atlántico. O que ha muerto según ha llegado. El océano constituye una auténtica barrera. Aunque probablemente lo que separe no sea el agua. En EE UU, con predominio de la sanidad privada, los pacientes pueden verse tentados por su propio médico a elegir alternativas más caras y extremas. En España, el médico no tiene tantos intereses espurios, y el paciente tiene menos alternativas.

“Un cáncer es un cáncer, sea una enfermedad o solo un susto”, dice el presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica, Juan Jesús Cruz. “Es el caso de los in situ, que no te van a matar. Pero es bueno saber que hay tumores que en un 99% de las veces no van a dar problemas. Otra cosa es cuando hay prelesiones y se les llama cáncer”, añade.

Cruz ha seguido el debate en Estados Unidos, y cree que, tras la discusión, hay otros aspectos positivos que se pueden sacar. “El problema cuando hablan de los cánceres de próstata, por ejemplo, no es tanto el nombre, sino el sobrediagnóstico. Lo que habría que preguntarse es si tiene sentido hacerle las pruebas a un hombre de 70 años que tiene cinco de esperanza de vida, cuando va a morir antes de que ese cáncer le haga nada. O hacerle una colonoscopia a una señora de noventa”.

Hay que explicar que hay casos que no van a empeorar, afirma un médico

Todo esto no obsta para que haya cosas que mejorar en la comunicación entre el médico y el enfermo, añade el oncólogo. “A lo mejor hay que informar poco a poco, no todo de golpe, igual que hay personas que no quieren saberlo y dicen que hables con su hijo”, indica. “Pero lo comuniques como lo comuniques, y aunque la célula nunca vaya a evolucionar en metástasis, como los tumores de piel de los viejos, anatomopatológicamente es un cáncer”, recalca. “También hay que tener cuidado con una persona cuando le dices que ha tenido un infarto, y a nadie se le ocurre cambiarle el nombre”.

Cruz coincide con los afectados: los enfermos o exenfermos. Begoña Barragán, presidenta del Grupo Español de Pacientes con Cáncer (Gepac), es tajante: “Somos los primeros que queremos llamar a las cosas por su nombre”, afirma. “Entrar en la política de eufemismos me parece absurdo”, recalca Emilio Iglesia, presidente de Colon Europa España, que agrupa a las personas que tienen o han tenido un cáncer colorrectal. “Podrá haber un cáncer light. Si es muy leve en vez de un tumor maligno será malignito, pero es un cáncer”, dice.

De hecho, en España las asociaciones de pacientes tienen una batalla constante por quitar carga negativa a la palabra cáncer. “Pero sin engañar”, dice Barragán. “Por muy bueno que sea, un cáncer no se cura el 100%”. En algunos casos, precisamente el intento por hacer más suave la noticia es peor. “Un hombre con un linfoma quiso denunciarnos porque en una campaña decíamos que eso era un cáncer. A él le habían tranquilizado cambiando la palabra, y cuando supo lo que era, se llevó un disgusto enorme. Pero no era culpa nuestra: el engañado era él”, cuenta Barragán.

Ni el facultativo quiere informar de la dolencia, ni el paciente oírlo

Precisamente sus asociaciones llevan años propugnando que se usa la palabra tal cual. Campañas como No lo llames una larga y penosa enfermedad, llámalo cáncer han surgido de ellas. Otro de sus caballos de batalla es que en los medios no se asocie siempre la palabra a algo negativo. “Aunque la Real Academia lo acepte, expresiones como que ‘la corrupción es el cáncer de la política’ nos hacen mucho daño”, afirma Barragán.

Pero ese es el único caso peyorativo que los afectados rechazan. Cuando se trata de la enfermedad, les parece que la palabra debe emplearse. “Si la usamos tanto para casos que van bien como para los que van mal la estamos normalizando; si no, estamos castigando a los que lo tienen”, dice.

Esto no implica actuar sin control. “A lo mejor la información hay que darla en varias fases”, dice la presidenta de Gepac. “Lo que hay que hacer es explicarlo muy bien. Decir: ‘Es un cáncer, pero tiene muy buen pronóstico”.

Esto abre otro tema de debate. “A los médicos no se les enseña a transmitir malas noticias. Es un proceso perverso: ellos no quieren darlas, y el paciente no quiere escucharlas”, afirma Barragán. Por eso, “algunos se refugian en las palabrejas”. “Cuando hacen cursos de comunicación, les enseñan a hacer presentaciones y a hablar con la prensa, pero no hay ni una palabra de los pacientes”, critica Barragán. Patrizia Bressanello, psicóloga de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC), también confirma que el lenguaje de algunos médicos no es el más claro. “A veces parece hecho para que no se entienda”.

A veces la carga negativa de la palabra ayuda en su seguimiento

Pese a esa falta de comunicación, dificultada porque a veces no hay ni un sitio adecuado para darla —“todavía muchas veces la información se da en un pasillo”, reprocha Barragán—, no se justifica que se cambien los nombres, opina Bressanello. “Si se trata de un cáncer, hay que llamarlo cáncer”, insiste. Y si el médico no puede dedicarle tiempo, “nosotros no tenemos ese problema en nuestro servicio”, afirma. “En oncología hay muchos avances, y hay que ir por ahí”, dice la psicóloga.

Bressanello cree que, además, en general esa carga que aún tiene la palabra cáncer tiene aspectos positivos. “Cierto grado de alerta no es malo. Puede hacer que aumente la adhesión a los tratamientos o el seguimiento de los controles o se esté más pendiente de la sintomatología”.

Respecto a las posibles acciones drásticas (ir al extranjero, empeñarse en operarse, caer en manos de un curandero) en que puede incurrir un afectado, “la solución sigue siendo la información”, dice la psicóloga. “La primera fuente del paciente tiene que ser el oncólogo, y es en lo que les insistimos. Claro que cuando la ciencia no llega a dar una solución, las personas buscan otra alternativa, pero siempre que la información que les demos sea veraz, son libres de hacer lo que quieran”, afirma Bressanello, quien opina que esa es la manera de respetar la voluntad de los pacientes. También el médico Juan Jesús Cruz se muestra comprensivo. “Pueden exagerar, irse fuera, y están en su derecho. Pero si lo que tenían era de poca importancia, tampoco la tendrá en el extranjero”.

Pese a su convicción, ni Barragán ni Cruz creen que el debate esté cerrado. “Lo de EE UU siempre nos llega”, dice la presidenta de Gepac. Hasta entonces, en España aplica el aforismo de Gertrude Stein:* si una rosa es una rosa es una rosa, y no una flor más con espinas; un cáncer, con más o menos espinas, es un cáncer. Y no un indolentoma.

 

 

*El bulto y el cangrejo 

[El sentido de la palabra “cáncer”(cangrejo) se transformará

algún día gracias a los avances científicos, como sucedió

con “gripe” y Cáncer será sólo un signo zodiacal, y los

mercaderes de la salud no abusarán más del público y

festejaremos tener salud gratis para todo el mundo.]

 

 

 

 

 

Álex Grijelmo (El País 17 oct 2013)

La palabra cáncer nombra una enfermedad incurable y también una enfermedad que se cura.

Las palabras se petrifican en los diccionarios, pero el roce con la realidad las activa para crecer o reducirse, para adaptarse a cada situación. El contexto forma parte de su significado. Así, el verbo “encender” no vale lo mismo en “enciende la leña” que en “enciende el televisor”. El color de la palabra “rojo” no lo percibimos con la misma intensidad en “tiene un coche rojo” que en “se puso rojo de vergüenza”. Además, cada etapa histórica afecta también al sentido. La frase “vino en coche” dicha en 1820 no significa lo mismo que “vino en coche” si se expresa ahora. Aquellos coches del siglo XIX se movían por la potencia de los caballos, y los nuestros se mueven por los caballos de potencia.

La palabra “cáncer”, hoy ambivalente, experimentará también algún día una transformación en su sentido, gracias a los avances científicos, como sucedió con gripe (en otro tiempo enfermedad mortal, y ahora apenas un contratiempo). Actuará sobre ella el contexto, y se alterará el significado sin que se modifique ni una letra del significante. Hoy en día ha perdido ya una parte de su dramatismo, pero el proceso de cambio (como todo lo que concierne al genio del idioma) se desarrolla con lentitud.

El lenguaje médico se incrustó en el léxico de la política por su poder metafórico. La “vertebración territorial”, el “virus de la violencia”, el “antídoto contra la corrupción”, la “salud de la banca”, la “transfusión de liquidez”… El vocablo "cáncer" forma parte de esas metáforas casi fosilizadas, y aquí siempre con un valor negativo: “La pobreza es el cáncer de África”.

Puede ocurrir que la aplicación de ese mismo término a la salud de las personas pase en unos decenios de lo grave a lo leve; y que sin embargo el recuerdo de lo que fue permanezca en frases hechas con su viejo sentido metafórico, como permanece aún el recuerdo de la tutía en el dicho “no hay tutía”, que casi nadie relaciona ya con aquel ungüento medicinal. Así que tal uso de “cáncer” no constituiría un problema, igual que la tutía no es ya una solución.

Pero mientras todo eso no llegue (aunque llegará), el término “cáncer” sigue asustando a los enfermos. Quizás muchos lo reciben como un golpe peor incluso que sus propios efectos. Quizás otros prefieren la expresión en su dureza. Pero a veces las palabras ayudan a curar, y por ello, cuando se trata de cánceres que permiten esperar una solución, se entiende que haya médicos que prefieran otra forma de comunicar el diagnóstico, sobre todo si necesitan una reacción esperanzada. No un eufemismo, sino un vocablo que, como la realidad, deje un margen para la lucha. Tal vez “tumor” pueda valer. “Cáncer” no se asocia nunca con “benigno”, y evoca en su origen latino al cangrejo cuyas patas atenazan al enfermo; pero “tumor” en latín sólo significaba “hinchazón”, y para ser malo precisa de un adjetivo. Aunque parezca increíble, la etimología de las palabras sigue influyendo en el olfato con el que las percibimos.

 

 

“Tilingos” por Arturo Jauretche

Tomamos prestado de los compañeros de El Ortiba esta nota publicada en la revista Confirmado en junio de 1966:

Una respuesta, entre las muchas que pueden articularse, a un interrogante que plantea José Luis de Imaz en Los que mandan; “¿Por qué, no obstante su peso económico, su rol en la modernización, y haber sido innovadores tecnológicos, los empresarios no pesan en la vida del país?”.

O pesan al revés. Este es el caso de ciertos tipos de grupos económicos capitalistas, adscriptos a la política de la Sociedad Rural, ya consolidados dentro del viejo sistema agro-importador, que prefieren un mercado interno pobre en condiciones de monopolio a un mercado en crecimiento en condiciones de competencia...

Pero no voy a hablar de economía, sino del tema propuesto; de la forma en que la tilinguería impone sus pautas, y cómo ellas están perturbando el desarrollo de la inteligencia nacional y sus impulsos creadores.

Y ésta es cosa de que debe tomar cuenta también el político militante, si es que no sabe que el comité ha muerto definitivamente. Porque los estados de opinión, entre los cuales tiene importancia fundamental el slogan que surge de la cuestión de los status, pesan mucho más que una recluta que sólo vale para las elecciones internas.

[Ni quitamos ni ponemos reina, sólo ayudamos a entender, paráfrasis de Universo Odontológico

 

LA TILINGUERIA "AL PALO": UNA REINA ARGENTINA MAXIMA ZORRAGUIETA ES UNA APOSTATA

La nena tenía todo para llegar adonde llegó. Una ascendencia familiar alvearista; un padre procesista y pusilánime, unas vacaciones en Punta, un colegio bilingüe y caro, un Yatch Club para aprender a navegar, un instructor de esquí en Bariloche, unas vacaciones en Florianópolis, unos dinerillos para trotar por Europa. Y tenía —y sigue teniendo— un Rafael Braun (sacerdote jesuita amigo de la familia y que participo de su casamiento protestante) para que la inspirara y sostuviera espiritualmente.

Con tales antecedentes, ¿a quién podría sorprender que consintiera en que se basureara a su padre, impidiéndosele llevarla al altar?; ¿a quién que abandonara a su patria, exhibiéndose impúdicamente en medio de la opulencia cuando sus conciudadanos gimen?; ¿a quién que renegara de la Iglesia Católica, para abrazar el protestantismo?; ¿a quién que renunciara a educar a sus hijos en la Fe Verdadera?; ¿a quién llamará la atención que se emparente con la alta alcurnia masónica de la Casa de Orange, homicida de católicos?

El tilingaje nativo tuvo su princesa para festejar “lo grande que somos los argentinos”. No faltó un imbécil que pidiera la asistencia en Amsterdam de la fanfarria del Regimiento de Patricios, ni señoras y señoros encandilados por la gracia y el ropaje de la Mínima. Pero la Iglesia —¡ay, nuestra Santa Madre y sus pastores!— la que primero debió hablar y sancionar, amonestar y prevenir, dilucidar y distinguir, calló con culpa y cobardía.

Antonio Caponnetto En: Red Patriótica Argentina Nacionalismo Militante]

 

En el Espasa Calpe se lee tilingo: “Argentinismo: Insustancial, ligero, que habla muchas tonterías”. Segovia, en su Diccionario de Argentinismo”, expresa: “Dícese de la persona simple y ligera que suele hablar muchas tonterías”.

Los paisanos, de un tipo así, dicen; “Hombre sin fundamento”.

Don Hipólito -desde luego, Yrigoyen es el Hipólito por antonomasia- decía “palangana”. Supongo a esta expresión tradicional y fundada en la poca cosa y mucho ruido de la enlosada al caer retumbante.

Usted lo conoce al tilingo. Y si no lo conoce, ahí lo tiene al lado, en esta mesa de un café céntrico donde se han sentado cuatro o cinco tipos con portafolios.

Algún día habrá que escribir la historia del hombre del portafolio. Hubo la etapa de la posguerra con los “ingenieri” italianos recién llegados que escondían bajo el cuero -con una sugestión de planos y patentes de invención- el sandwich de milanesa del almuerzo. Ahora es posible que el portafolio contenga la cuarenta y cinco persuasiva, o la concluyente tartamuda portátil.

Pero esos que están en la mesa de al lado sólo llevan allí sueños, proyectos, hipotéticas transacciones. Andan a la búsqueda de enganchar algo, intermediar en alguna operación cualquiera para ganar una comisión, y muchas veces intermediando entre intermediarios. Generalmente se ayudan con el teléfono de un amigo que tiene escritorio y al que han pedido permiso para que les “dejen dicho”. Ese teléfono, la mesa del café y el portafolio constituyen su establecimiento comercial.

Mientras llega “el asunto*’, hablan de fútbol, de carreras, de política, de economía.

Cuando tocan estos dos temas últimos, nunca faltará quien diga: “Lo que pasa es que los obreros no producen”. Ahí está el tilingo.

No se le ha ocurrido averiguar qué es lo que él produce y qué producen todos ellos, puntas sueltas, mallas erradas en la enorme red de intermediación que es Buenos Aires.

Que un tipo que no produce diga, en una reunión de tipos que no producen, que no producen los únicos que producen algo, es tilinguería. En esto de producir, tenemos muchos productores rurales por el estilo que creen que la condición de productor la da la propiedad de una estancia, unos breeches y unas botas de polo, que viven en la ciudad -”porque mi señora dice que hay que educar a los chicos”- y dan una vuelta por el campo cada quince días. Productores rurales son los que trabajan y producen en el campo, que pueden ser patrones o peones, pero no los que no intervienen en la producción sino como propietarios, y que son rentistas aunque no arrienden. Estos también son de los que dicen que los “obreros” no producen. Y ya no desde la posición marginal del tipo del portafolio, sino empinándose como “fuerza viva” sobre la que descansa la economía del país.

Inevitablemente, éstos y otros representantes de la tilinguería son los que, ante la menor dificultad, califican al país: “Este país  de m…”, colocándose fuera del mistao a los efectos de la adjetivación. Y la verdad es que el país lo único que tiene de eso son ellos: los tilingos.

EL racismo es otra forma frecuente de la tilinguería.

La tilinguería racista no es de ahora y tiene la tradición histórica de todo el liberalismo. Su padre más conocido es Sarmiento, y ese racismo está contenido implícitamente en el pueril dilema de “civilización y barbarie”. Todo lo respetable es del Norte de Europa, y lo intolerable, español o americano, mayormente si mestizo. De allí la imagen del mundo distribuido por la enseñanza y todos los medios de formación de la inteligencia que han manejado la superestructura cultural del país.

Recuerdo que cuando cayó Frondizi, uno de esos tilingos racistas me dijo, en medio de su euforia:

-¡Por fin cayó el italiano! Se quedó un poco perplejo cuando yo le contesté:

-¡Sí!, lo volteó Poggi.

Muchos estábamos enfrentados a Frondizi; pero es bueno que no nos confundan con estos otros que al margen de la realidad argentina, tan italiana en el presidente como en el general que lo volteó, sólo se guiaban por los esquemas de su tilinguería.

Ernesto Sábato, con buen humor, pero tal vez respirando por la herida, ha dicho en Sobre héroes y tumbas más o menos lo siguiente: “Más vale descender de un chanchero de Bayona llamado Vignau, que de un profesor de filosofía napolitano”. La cita me chocó en mi trasfondo tilingo (fui a la misma escuela y leí la misma literatura) porque tengo una abuela bearnesa también Vignau, tal vez más que por lo de Bayona, por lo de chanchero (vuelvo a recordar que fui a la misma escuela, etcétera).

La verdad que ni el presidente ni el general son italianos. Simplemente son argentinos de esta Argentina real que los liberales apuraron cortando las raíces.

Pero la idea liberal o sarmientina no era ésa. Ella tenía, y tiene, una escala de valores raciales que se identifican por los apellidos cuando son extranjeros. Arriba están los nórdicos -con escandinavos, anglosajones y germánicos-; después siguen los franceses; y después los bearneses y los vascos; más abajo los españoles y los italianos, y al último, muy lejos, los turcos y los judíos. Cuando yo era chiquilín nunca oí nombrar a un inglés -que generalmente era irlandés, pero la diferencia era muy sutil para entonces- sin decir “Don”, aunque estuviera “mamao hasta las patas”. El francés, a veces, ligaba el Don; y en ocasiones, el vasco. Jamás el español, que era “gallego de…”, lo mismo que el italiano “gringo de…”. ¡Para qué hablar del turco y del ruso.’

En La condición del extranjero en América, Sarmiento parece revisar sus tesis sobre la inmigración. Pero no nos engañemos: se sintió defraudado por la misma porque vino del Mediodía de Europa. El hubiera querido una inmigración de arquetipos, y los arquetipos son los que estaban en lo alto de su escalera antiamericana y antiespañola.

Afortunadamente fracasó, y eso es lo que nos ha salvado como nación. En algún lugar he recordado las palabras de Homero Manzi cuando me dijo:

-Lo que nos ha salvado es la actitud del italiano y el turco, que en lugar de proponerse como arquetipos, propusieron como tal al gaucho; así, en el ridículo del cocoliche se nacionalizaron en lugar de desnacionalizarnos.

Sólo falta imaginar lo que hubiera ocurrido si las pampas y las aldeas se hubieran poblado de los ejemplares arquetipos deseados por ese racismo, con la actitud de obsecuencia de las generaciones liberales para todo lo foráneo.

Ya se ha dicho que esa tilinguería racista viene de lejos.

Pero se acentúa cuando se producen cambios sociales. Entonces, la tilinguería se exacerba en una peyorativa actitud racista. Pasó con el acceso al poder del radicalismo. Los tilingos de entonces cargaron el acento sobre los apellidos italianos de la nueva promoción política suscitada con el ascenso de la clase media: la pequeña burguesía inmigratoria y los doctores de primera napa nacional.

La oposición conservadora adoptó un aire peyorativo que se tradujo en toda una literatura política, que fue del periódico -La Mañana y La Fronda, sucesivamente, fueron sus expresiones más calificadas- hasta el discurso parlamentario. Se jugaba, por ejemplo, con la equívoca significación de algunos apellidos; así, la triple fórmula Coulom-Coulin-Culacciatti, que integraba, con la igual finalidad peyorativa hacia los criollos desconocidos, don Julio del C. Moreno -un personaje riojano- completaba el ridículo en la imagen anal. Hasta cuando el apellido era patricio se lo modificaba para ponerlo a tono: así, padeciendo Yrigoyen de un posible mal de las vías urinarias, el doctor Meabe, su médico de cabecera, se convertía en el doctor Meabene para adecuarlo a la cita siguiente que era la de un correligionario de la 3a Don Plácido Meo.

En realidad, para los que lo escribían no se trataba de otra cosa que de un recurso humorístico. Pero para el tilingo de entonces el fundamento más real, el que más invocaba, el que más jugaba, era ese de los “gringos”, Y lo de “gringos” sólo jugaba para los descendientes de inmigrantes provenientes del Mediodía de Europa. No para los otros.

Pasó mucha agua bajo los puentes, y vino otro movimiento multitudinario: el de 1945. Ya los gringos se habían incorporado y su presencia política no lesionaba a la tilinguería, no sé si es porque de las nuevas promociones ascendentes habían salido también promociones de tilingos. Sólo así puede explicarse que un hijo de italianos -Sammartino- haya hablado despectivamente de los “negros” al referirse al “aluvión zoológico”, en una caracterización evidentemente racial y peyorativa, cuando aún estaba fresca la tinta que lo había calificado a él también peyorativamente.

Que “el gringuito” de unos pocos años atrás se sienta vieja clase frente a los descendientes de los conquistadores en la confrontación de sus apellidos no revela simplemente que “el gringuito” se ha incorporado a la tilinguería. Lo grave es que se ha frustrado como guarango. Y la guaranguería es la espontaneidad de las nuevas clases, de las promociones que irrumpen con cada ascenso de la sociedad...

 

El terror blanco y la tilinguería extrema: Alberto Benegas Lynch

Me refiero a no pocos argentinos asiduos visitantes de París para “tirar manteca al techo”, tal como bautizó el hecho uno sus más entusiastas y tristemente célebres ejecutores. Estos tilingos remataron fortunas y, sobre todo, liquidaron la sensatez, abandonando las tradiciones de sus ancestros que habían sido pioneros en emprendimientos de diversas envergaduras y muchos estudiosos de los valores y principios de la sociedad abierta, en línea con el pensamiento alberdiano… Aquellos tilingos de la Argentina opulenta consideraron que, por el solo hecho de ostentar apellidos tradicionales, todo estaba garantizado.

 

No corresponde aquí desentrañar las raíces económico-sociales de los dos hechos históricos; ni siquiera la coincidencia con las dos guerras mundiales que nos aislaron de los países arquetipos en una neutralidad intolerable para los tilingos, pero que dio las bases para una consolidación propia.

Usted puede hacer un fácil test. Yo lo he hecho.

Sé que un fulano se ha gastado 15 millones de pesos en un departamento de la Avenida del Libertador. Nos encontramos y le adivino la intención de informarme de su compra, como corresponde al guarango. Pero yo quiero saber si está frustrado como tal y lo madrugo diciéndole antes de que me dé la noticia:

-Estoy muy afligido por un amigo que se ha gastado más de 10 millones en un departamento de la Avenida del Libertador…

-¿Y por qué se aflige? -me pregunta inquieto. Le contesto:

-Y… porque la Avenida del Libertador no es “bien”…

-Pero entonces… ¿Qué es “bien”? -pregunta desesperado.

-”Bien” es de la plaza San Martín hasta la Recoleta, de Santa Fe al Bajo. Y dentro de ese radio. “bien”, “muy bien”, el codo aristocrático de Arroyo, como dice Mallea: Juncal, Guido, Parera. . .

Le veo en la cara al hombre que está desesperado. Y entonces, lo remato:

-La Avenida del Libertador es como tener un leopardo de tapicería sobre el respaldo del asiento trasero del coche.

El leopardo lo tiró a la vuelta. Del departamento no sé.

Pienso que lo hecho es una crueldad, pero la investigación “científica” es así… cruel como la vivisección.

Yo quería saber si el hombre era un burgués con toda la barba o un tímido burguesito en camino de terminar en tilingo. El que es verdaderamente burgués sigue adelante, cumple su gusto, se realiza con la arrogancia del vencedor y compra en la Avenida del Libertador, precisamente porque es caro, porque acredita su victoria y la prestigia ante los burgueses. Si quiere barrio, compra; y si quiere apellido y mujer distinguida, compra también. Podría citar casos. Pero no se achica, se disminuye; no se acomoda a los esquemas y limitaciones de los tilingos.

De aquí que mientras en Europa y en Estados Unidos un banquero o un industrial miran a un ganadero como un “juntabosta”, aquí el ganadero lo mira por arriba del hombro al empresario. Y el empresario, que quiere ser “bien”, se ve obligado a comprar [o casarse con] estancia, a tener cabaña -así sea de perros-, porque sólo por la Rural, y tal vez por el Kennel Club, puede lograr ascenso social que apetece.

Lógicamente esta burguesía, desde que imita a la vieja clase, se somete a todas sus normas y, por consecuencia, también en política.

Ese sometimiento y esa adhesión a las viejas clases -incongruente económicamente- no sólo se ejerce verticalmente. También horizontalmente, cuando contemplamos la geografía social del país.

Así, los titulares de los intereses vitivinícolas de Cuyo y los tabacaleros, azucareros y fruticultores del Norte, que necesitan un mercado interno de alto poder de compra -es decir, que el Litoral desarrolle una política de alto nivel de vida-, están ligados políticamente a los conservadores del Litoral, gobernados por cabañeros e invernadores cuya tendencia es producir a bajo costo en un mercado de poco poder adquisitivo para cumplir la función asignada en la división internacional del trabajo como abastecedores ultramarinos de las metrópolis. Esta incongruencia es difícil de explicar, pero no son ajenos a ella el prestigio social del Litoral y la incapacidad burguesa de los del interior en los respectivos grupos patronales. Esta gente de Cuyo y del Norte es muchas veces portadora de apellidos españoles de abolengo arribeño, de mucho mayor cotización histórica que los abajeños del puerto. Pero queriendo asimilarse a la alta clase del puerto se han sometido a las normas políticas e ideológicas de los principales. De “bien” provincianos, quieren ser “bien” en la Capital. ¿Cómo extrañar entonces que los guarangos frustrados del Litoral se hagan tilingos, si la misma tilinguería la padecen muchos aristocráticos descendientes de la Conquista por el Perú?

La tilinguería cotiza una marca de vino, un tabaco, un pomelo, o una palta, muy por debajo de un toro lleno de medallas. Se entra muy bien en la alta sociedad llevando de la rienda al toro, pero es difícil mostrando una botella de vino por lujosa que sea la etiqueta, por más sugestiones de chateau que evoque, tanto en la presentación como en la exquisita calidad del producto.

A un cuarto de siglo de la entrada del país al capitalismo, debemos recordar que el capitalismo naciente en la Argentina fue ajeno en sus hombres al hecho histórico que lo provocaba, produciéndose la paradoja de que le correspondiese a la clase obrera abrir la etapa del desarrollo económico burgués. Más aún: la nueva burguesía sigue aún incapacitada para jugar su papel, y es precisamente porque en la medida que asciende, pierde conciencia de su propia realidad para hacer suya la imagen de importancia que le presenta el tilingo. Se queda en el “medio pelo” y, rechazando el triunfo burgués, se adecua al remedo, a la imitación de la alta clase con la que cree tomar contacto cuando se acomoda a la imagen de alta sociedad que le brindan los desclasados.

Hubo un tiempo en que los venidos a menos económica y socialmente se jactaban de ser un pequeño sector domiciliado en el “Palacio de los Patos” de la calle Ugarteche. Ahora se han multiplicado desde detrás de la Recoleta hasta San Fernando, a lo largo de las vías del Central Argentino. (Lo designo así porque la nueva nominación ferroviaria es completamente tilinga, aunque la hayan hecho los guarangos, lo que prueba que, en esta materia, todos tenemos tejado de vidrio.)

Landrú ha identificado perfectamente los personajes describiendo en el “gordi” y el “mersa” la oposición tilinguería-guaranguería. El botellero próspero, con su Valiant resplandeciente, es feliz echándole soda al vino de marca, ocupando las mesas de los restaurantes caros, hablando fuerte de lo que dijo-”su señora”, mientras “cena”. Está en el camino de constituir una burguesía. Todavía no tiene conciencia de que constituye un sector de la sociedad correspondiente a una etapa de la economía, y no ha alcanzado a comprender la correspondencia de sus intereses personales con los intereses de su grupo. Hijo de sus aptitudes capitalistas -aunque muchas veces también más de la inflación que de su capacidad, o de equívocas actividades comerciales-, está en el camino de constituir una burguesía. Pero en el momento de definirse como burgués y adquirir la psicología correspondiente, nota el contraste de sus gustos y normas con lo que es “bien”. Desde que se ha mudado al barrio Norte, desde Gerli o Quilmes, y la “señora” ha olvidado la batea deslumbrada por la máquina de lavar, ha hecho nuevos contactos que le dan la idea de una meta social que tiene que alcanzar. Comienza él también a añorar la época en que “el servicio daba gusto” y en que el obrero -el “negro”- se mantenía “donde debe estar”. Olvida de inmediato que es precisamente ese cambio el padre de su prosperidad y de su posibilidad de acceso a niveles más altos. Más aún, que el mantenimiento de ese cambio y su profundización es su única garantía. Quiere dejar de ser “mersa” y sólo logra ser “gordi”. E inmediatamente tiene el complejo político del “gordi”, a quien comienza a imitar.

Y comienza a imitar a una imitación, tomando por modelo las malas copias. Porque la tilinguería constituida por las “gordis” no es ni remotamente la alta clase a la que cree aproximarse.

Desde la época en que los desclasados se refugiaban en la calle Ugarteche, todo el “Norte” liminar se ha llenado de falsos desclasados. Se ha constituido un sector social entero que vive en la convención de que “todo tiempo pasado fue mejor” en aquella “Jauja” retrospectiva -”cuando la tía Leonor tenía “landó”-; de miles de familias que se aterran al recuerdo de un ascendiente que figuró algo en la segunda y la tercera línea de los amanuenses de la oligarquía, Descendientes de militares -un oficio generalmente despreciado por la alta clase-, de secretarios de juzgados, directores de oficinas, bancarios pueblerinos y hasta de conscriptos de Curu-malal, se han construido imaginativamente un pasado señoril que tratan de revivir en una vida forzada que absorbe casi todos sus recursos en gastos de representación.

 

Maguer, malgré, maugre

 

Le debemos al griego más de lo que muchos creen, y hasta nos damos el lujo de desechar palabras como maguer (no maguër), cuyos equivalentes se siguen usando en francés y en inglés. Pero los animales de la Real Academia Española prefieren incorporar barbarismos como “almóndiga” o “toballa” en vez de asegurar la supervivencia de palabras como ésta que tan bien usó el insigne Cervantes.

Maguer

(Del gr. bizant. μακάρι, ojalá, der. del gr. μάκαρ, feliz, dichoso).

(conjunción desusada, aunque. (DRAE)

Malgré tout: pese a todo

Maugre thy strength: pese a tu fuerza

Maguer de tonto: aunque tonto

Pero, el lado bueno (hasta esto lo tiene) es que esta palabreja conjuntiva nos obliga a reconocer que las lenguas evolucionan, algunas para enriquecerse y otras para empobrecerse con los bestias de las “almóndigas.”

 

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