Extraer o no extraer

En el Dental Items of Iterest (16 [1]: 58, 1894) leímos este poema que traducimos y quizá evoque algún recuerdo (ver editorial de agosto del 2005).

¿Extraer o no extraer? He aquí la cuestión:

Que si es mejor para los maxilares sufrir

Las penas y tormentos de un diente dolorido

O tomar el acero contra un mar de problemas

Y extrayendo eliminarlos todos. Empujar, tirar,

No más, y con un tirón decir que terminamos

La odontalgia y un millar de males naturales

Que el maxilar hereda. Es una consumación

Devotamente deseable. Empujar, tirar,

Tirar, quizá quebrar. Ay, ahí está el meollo…

Pues con esa pinza cuántas agonías pueden surgir.

Cuando a medias aflojamos al enemigo

Debemos darnos una pausa. Ése es el respeto

Que da al diente dolorido tan larga vida;

Pues ¿quién soportaría las punzadas de dolor,

Los remedios de la vecina, la contumacia del dentista,

Las penas de la esperanza postergada, los alivios del sueño,

La insolencia de la compasión, y los desdenes

Que el enfermo ha de soportar del sano,

Cuando bien podría concederse la paz

Con unos chelines? ¿Quién soportaría la carga

De quejarse y hundirse bajo el peso del dolor?

Si no fuera porque el  temor a algo escondido

Entre tela - el curvado fórceps, de cuyos tormentos

Ningún maxilar vuelve tranquilo -  confunde la voluntad

Y hace más fácil soportar los males conocidos

Que volar a otros de los que nada se sabe.

Así el dentista hace cobardes de todos nosotros

Y así, el color natural de la resolución

Es afectado por el tono pálido del temor;

Y así más de uno, cuyo coraje lo lleva a la puerta

Con esta idea, sus pasos se vuelven atrás,

Acobardados ante el nombre de “dentista”.

Apenas un año antes, Karl August Lingner, comerciante de Dresde, había creado el primer colutorio y le había dado nombre mezclando las raíces griega de “diente” y latina de “aceite” para crear Odol. En 1900, Lingner desencadenó una colosal campaña publicitaria con una frase al estilo de gaseosas contemporáneas, al decir que estaba En boca de todos. Esto y mucho más se puede conocer en el Museo Alemán de la Higiene, en Dresde.

Por lo menos, así lo recuerdo yo.

 

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