En boca de poetas

Los poetas (=creadores) tienen boca, para expresar los más nobles sentimientos (y de los otros) y para acudir al dentista y para opinar sobre su profesión. No son meras digresiones recoger algunas de las perlas que diseminaron por ahí, sino acercarnos a un mundo muy distinto y muy próximo.

Esto es lo que decía el colosal Góngora a su amada:

“En dos labios dividido,

se ríe un clavel rosado,

guardajoyas de unas perlas

que invidia el mar indiano.”

E. M. Forster (Donde los ángeles temen hollar) escribió:

            “Philip gritó por repugnancia personal y con dolor. [...] ¡Un dentista! ¡Un dentista de Monteriano! ¡Un dentista del país mágico! ¡Dientes postizos, gas hilarante y sillón reclinable en la tierra que conoció la Liga Etrusca y la Pax Romana, y hasta a Alarico y la Condesa Matilda, la Edad Media, la guerra y la santidad, y el Renacimiento, la guerra y la belleza!”

            “Su propia posición social no estaba clara. Aun en Inglaterra, un dentista es un ser difícil de ubicar socialmente. Está entre las profesiones y los oficios; puede ser considerado apenas inferior a los médicos, o ubicarse con los farmacéuticos, o aun más abajo. El hijo del dentista sentía lo mismo.”

Y James Joyce, no siempre tan difícil para los no iniciados, hizo esta sumamente minuciosa descripción (Stephen Heroe):

          “Se estaba escarbando los dientes con un fósforo, muy deliberada y escrupulosamente, deteniéndose ocasionalmente para insertar la lengua con cuidado en algún hueco antes de continuar con el proceso de escarbado. Escupió lo que había desalojado.”

 

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