Las digresiones, indiscutiblemente, son el rayo de sol, la vida, el alma de la lectura.  Si las quitan de mi libro, por ejemplo, bien podrían llevarse también el libro con ellas—reinaría un frío invierno en cada página – […] incorporan la variedad, e impiden que el  apetito decaiga." Lawrence Sterne, (en su obra cumbre, plena de humorísticas digresiones)

          
 

El dentista bien educado

 

Un escritor, candidato frecuente al Nóbel, pintó muy bien cómo debe ser la cortesía del dentista y por qué es apropiada. Transcribo un pasaje de mi libro El diente secreto donde figura un resumen del cuento al caso.

John Updike, en Odontología y duda, uno de los cuentos que escribió para el New Yorker, reunidos con el título La misma puerta, presenta a un dentista inglés y un sacerdote de Pensilvana, a través de los pensamientos de este último, que reflejan la calidad humana y profesional de aquél.

El dentista se inclinó sobre él y Burton experimentó dos experiencias maravillosas cuando abrió la boca: el dentista le dijo “Gracias”, y tenía en el aliento algo que, sin serlo, olía dulce como los caramelos y a especias como el clavo de olor. Espiándole dentro, golpeteó con el espejo los dientes de Burton. Un reflector eléctrico, como de médico de ojos, estaba atado a su cabeza. Afuera, grandes pájaros negros hacían ejercicios entre las ramitas. Los ojos del dentista no eran realmente grises; enfocados, parecían más pardos, y entonces, cuando volaban hacia la bandeja de instrumental, más bien verdes, como guijarros en el lecho de un arroyo veloz. Le raspó el diente del ojo, sin que este tacto le hiciera sentir nada a Burton. “Ahí hay una, por cierto”, dijo, mientras se volvía a hacer una marca en la ficha limpia. [...] Volvió a acercar las manos, con los instrumentos en ellas, hacia el mentón de Burton. Burton abrió la boca. “Gracias”, dijo el dentista.

El aliento perfumado y la cortesía de ese “gracias” dibujan innegablemente a un profesional considerado. Las claves se repiten a lo largo del cuento:

Se elevó un aroma de caramelo y clavos de olor. El dentista, de pie, estaba preguntando: “¿Acepta novocaína?”.

Observe, colega, la amabilidad de preguntar por la anestesia, por si fuera contraria a las creencias del sacerdote. (Quien, en efecto, hace su propio repaso mental en torno de si debe aceptar el dolor o rehuirlo). A pesar de inyectarle la novocaína, el dentista no deja de advertirle a Burton:

“Bien, esto puede doler un poquito.”

“Ahí está”, dijo el dentista. “Haga el favor de enjuagarse.” Corrió el torno hacia un lado, para que Burton pudiera ver que no lo iba a usar más. Era tan bondadoso.

El cuento concluye. Uno quisiera más.

Si todos los dentistas fuéramos así considerados con niños y adultos, no dejaríamos margen a los artistas para pintarnos crueles o sádicos.

 

Preceptos del prefecto, el señor Ptah-hotep, bajo la Majestad  del Faraón del Sur y del Norte, Assa, que vive eternamente

 

La sabiduría egipcia no desdeñaba la cortesía. Por el contrario, nos legó el primer documento sobre las buenas maneras que conoció la humanidad. Sospecho que hasta los cavernícolas debían de tener algún código elemental. Pronto llegaremos al nivel de éstos, estamos muy cerca de volver a ser cavernícolas en términos de educación y buenas maneras. Por si sirven de algo en el consultorio o en la dirigencia profesional transcribo algunos párrafos que me parecieron interesantes. 

Dice estar destinado a instruir al ignorante en el conocimiento de las palabras correctas. Es provechoso para aquel que las escucha, es una pérdida para quien las  transgrede.

 No seas arrogante a causa de lo que sabes; trata al ignorante igual que al letrado; pues las barreras del arte no están clausuradas, ningún artista  posee la perfección a la que debiera aspirar. Pero las buenas palabras son más difíciles de encontrar que una  esmeralda.

Si, como líder, debes decidir sobre la conducta de  gran número de hombres, busca la más perfecta manera de hacerlo, como para que tu propia conducta sea irreprochable [.     ……..] sin dejar que prevalezcan sobre ti las palabras de lisonja, que alientan el orgullo y producen vanidad.
      Es un error […….]  no ser amo de las propias palabras [ ……. ]   Si eres poderoso, respeta el saber y la calma en el lenguaje. La manera de obtener una clara explicación es escuchar con cortesía.

 Si has llegado a ser un grande después de haber sido poca cosa, si te has hecho rico después de haber sido pobre, cuando estés en la cima, […..] no dejes que se te endurezca tu corazón a causa de la altura alcanzada

   Conversa de manera tal de no molestar al otro. Entra en una discusión solo después de haber dado tiempo al otro para saturar su mente con el tema de la conversación. No permitas que quede a la vista su ignorancia, y si él mismo te lleva a que quede expuesta su desgracia, procura tratarlo con cortesía…
   
[El párrafo siguiente de Ptah (inicial en él, final acá) debiera servir a quienes ignoran el debido respeto a los mayores en el consultorio, o en los transportes públicos o dondequiera que sea.] La decadencia sobreviene al hombre y la declinación reemplaza la juventud. Alguna vejación recae sobre él cada día; la vista le falla, el oído le ensordece; las fuerzas decrecen sin cesar. La boca calla, el habla le falla; la mente decae, no recuerda el día anterior. Todo su cuerpo sufre. Lo que era bueno se torna malo; el gusto le desaparece por completo. La ancianidad hace al hombre miserable. 

 


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