Difícilmente puedan los historiadores, o el público en general, imaginarse al Shakespeare enamorado, siempre de renovada moda, luchando con sus dientes postizos en escena, justo cuando va a besar a su misteriosa dama oscura. En cuestiones de imaginación mejor recurramos a los escritores. El escritor Anthony Burgess imaginó un escritor, Enderby, quien imaginó una pieza teatral sobre el escritor Shakespeare, autor al que, además, personificó. Con un detalle muy de Burgess, en la noche de estreno de la obra, Enderby-Shakespeare olvidó ponerle adhesivo a su completa inferior y debió pasar sus buenos apuros en una escena de amor.

Desvistiendo de imaginación la vida de Shakespeare, un historiador señaló el escaso puñado de noticias ciertas que se tienen sobre él. El resto no es silencio, sino brillantes deducciones a partir de esa docena de datos (tal como hice con mi novela Fauchard enamorado). Con ese material, Burgess escribió una biografía del bardo, con cirugía dental incluida, a la que incorporó una elevada dosis de suposiciones y de fantasías. Ahora bien, como la realidad es la materia de los sueños, con el conocimiento de las épocas isabelina y jacobina en que vivió Shakespeare y con leerlo atentamente se puede soñar... la historia.

Por aquellos entonces históricos, la exodoncia era practicada por los sacamuelas o, a lo sumo, por surgeon dentists que se ocupaban de la cirugía menor y del eufemísticamente llamado cuidado de los dientes. (Bueno, como hoy, que volvieron los sacamuelas gracias a las prepagas y megaclínicas.)

Los londinenses no tenían la más mínima noción de higiene y acumulaban basura en las calles y en sus bocas; con la excepción de apenas algunos refinados señores que portaban palillos de oro como alhajas. Y Andrew Borde, en su Dyetary of Health, de 1542, recomendó que los dientes, así como la cara y las manos, fueran lavados diariamente con agua fría. Sobre que eran pocos los baños públicos en tiempos de Enrique VIII, éste los mandó cerrar por si los frecuentaban prostitutas. A este Enrique le debemos la amabilidad de unir en un solo gremio a barberos y a cirujanos (1518), como para no contaminar a los doctos médicos que tan bien sabían expresar en latín su ignorancia. (Ver en Históricas cómo fue en Francia.)

Las bocas de aquella época (y de las siguientes) estaban mal, y si no estaban peor se debió sólo a que la dieta de la clase más alta era sustancialmente proteínica, aunque no le faltaba el pan blanco; los pobres  comían pan negro, de centeno o mezcla, y carne de vez en cuando. De frutas y verduras, ni hablar. Gota y nefritis y plagas, y sí; caries, las suficientes, piorrea, la obvia. Las caries surgían del consumo de golosinas, como mazapán y frutas confitadas, lo que era habitual de la reina Isabel para abajo. Burgess tuvo en qué apoyarse cuando (en Para nada como el sol) dijo de la reina: en su magnificencia masticaba con dientes quebrados; ergo, tenía conciencia de sus largos años y de sus dientes destruidos, o sus súbditos debían reverenciar su aliento apestoso, sus dientes todos podridos y preciar su eterna juventud. En Un hombre muerto en Deptford, un observador manifiesta que se la veía reír poco, que pellizcaba sin cesar de una fuente de plata con higos acaramelados y que le faltaban dientes o los tenía quebrantados. Omito, por tan conocida, la anécdota del cortesano isabelino que se dejó extraer un diente para que la reina se atreviera a lo mismo.

Los escritores como Burgess y Shakespeare observan la realidad y la utilizan como materia para los sueños que nos regalan. Los historiadores observan la realidad transmutada por los artistas y le aplican la piedra filosofal y la vuelven a convertir en vida. El historiador Ivor Brown, en How Shakespeare spent the day, señala que “la mala salud causada por los dientes cariados y por el envenenamiento de las encías debe de haber sido general, pues Shakespeare señaló y repudió el rancio aliento de las multitudes.” Halitosis y olores corporales que alcanzaban igualmente a las clases altas. Shakespeare creía que la infección se transmitía por el aliento y así el misántropo Timón de Atenas maldijo con plagas a los hombres gritando “Breath infect breath!” (¡Aliento, infecta los alientos!). Y en la muy citada Mucho ruido y pocas nueces, dice de Beatriz que con su aliento cargado de puñales no dejaría ser vivo cerca de ella, pues infectaría hasta la estrella del norte.

Anthony Burgess retrató repetidas veces y con razón al cisne de Avon con dientes podridos y ausentes, aunque no con la completa de Enderby. En su biografía shakesperiana novelada, escribió que WS dejó el pastelillo que había estado masticando (con algunas molestias en un molar); en otro lugar, que estaba comiendo mazapán (con dolor para sus dientes posteriores); más allá, que el espejo le mostró el mal estado de sus dientes y su barba rápidamente encanecida, luego tres dientes recién extraídos, cerremos los ejemplos con estas palabras del poeta sobre sí mismo: “Oh, si ustedes quieren tener un cuadro de éste su desdentado ciudadano, pueden tenerlo.”

Shakespeare desdentado da la imagen de un siglo de oro para el espíritu, aunque no para la salud. Quiera Dios que, carentes de aquellos incomparables genios, los historiadores del futuro no deban narrar con la misma falta la historia de nuestros tiempos de cirugía dental (demasiada cirugía, e innecesaria). Quizá la única solución para el mercantilismo actual de los predadores de la salud bucal sea el recurso de Anthony Burgess (La naranja mecánica), el de instalar forzadamente reflejos condicionados.

                                                           Horacio Martínez

 

 

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