Dentista detective por azar

Dentista y detective, las dos cosas por azar; la primera, a causa de la esposa, la segunda, también. Así le ocurrió a Walter Brown, después Baranov, después Inspector Dew, en una novela policial de Peter Lovesey (The false Inspector Dew), algunos de cuyos aspectos interesarán a odontólogos y pacientes. Además, serán comentados.

“Ella […] le había hecho notar las ganancias que se podían obtener con la odontología y como prueba de su confianza se había casado con él, y pagado su aprendizaje en Reading como mecánico dental y los tres años en el Hospital de Odontología de Newcastle-upon-Tyne.” Que no es el procedimiento actual en Europa, donde se generalizó un sistema educativo como el norteamericano y el argentino. En 1921, después de ejercer como dentista al servicio de Su Majestad en la I Guerra, deseoso de escapar de la absorbente mujer, se embarca en el Mauritania adoptando la personalidad de Inspector Dew y un crimen a bordo lo obliga actuar como detective.

Después del prólogo, la novela nos introduce enseguida en un consultorio.

“Sentada en el sillón de dentista, Alma Webster se concentró en la mano derecha del doctor Baranov e ignoró el instrumento que él sostenía. […] Lo amaba al punto de olvidarse de todo. Ésta era la tercera cita en el curso de un tratamiento que duraría por lo menos seis semanas. ‘Pero no necesita preocuparse por el estado de sus dientes’, había explicado Baranov, ‘para una joven de… ¿cuántos años tiene? ¿veinticuatro? están muy bien. Una caries aquí y allá, eso es todo. No habrá que extraerle nada. Yo soy de la opinión de conservar los dientes, señorita Webster, no de sacarlos. [Com: hoy prevalece ese criterio en todo buen profesional.] Trabajo lentamente, y no me disculpo por eso. Le haré perder algo de su valioso tiempo, pero tiene mi palabra de que los resultados no la desilusionarán’.” [Hoy el buen profesional no promete, cumple.]

Recuerda ella cómo había llegado. “Al quejarse Alma de dolor de muelas, la señora Maxwell le había recomendado ir al doctor Baranov. En Richmond trabajaban varios dentistas, pero ninguno de ellos era recomendable. La señora Maxwell no entendía por qué tantas chicas no eran más cuidadosas en la elección de sus dentistas. Si se le arruinara una perla de su collar, no iría a un joyero de Richmond, iría a Londres, a Bond o a Regent Street. ¿Y no eran los propios dientes más preciosos acaso que una perla?” [¡Sin comentario!]

Él “era extremadamente feliz con su trabajo. En la primera consulta había hecho sentar a Alma y con unas pocas preguntas corteses había obtenido su historia dental. Le habló de sus honorarios. […] ‘¿Está lista, señorita Webster?’ ‘¿Lista?’ ‘¿Para el examen. Por supuesto que si se siente nerviosa podemos conversar un poco más?’ ‘Oh, no. Estoy lista, gracias.’ […] El sillón dental estaba sobre un cuadrado de mármol negro y rodeada de luces ajustables y aparatos dentales. […] El doctor Baranov extendió su mano hacia el sillón con una sonrisa tranquilizadora. [¡Así se hace!] Se acercó y la miró con aire de aprobación.” [Igual que en una prepaga actual, ¿no?]

“‘Abra un poco más, por favor,’ pidió el doctor Baranov. ‘Dígame si le duele.’ Estaba segura de que no le dolería. El doctor Baranov era un maravilloso dentista. Sería un maravilloso amante también.” Pero esto no llegó a saberlo, pues era casado. Al salir a la calle con la tarjeta para la visita siguiente, la rompió y arrojó los pedazos a una alcantarilla.

“‘Echemos otra mirada,’ sugirió el doctor Baranov. Alma le creía. Era incapaz de matarla. Podía sentir la leve presión del muslo y estómago de él contra su brazo derecho cuando se agachaba para examinarla.” Trabajaban de pie en esos entonces y hasta casi mitad de siglo. […] ‘Ya está,’ el doctor Baranov quitó los instrumentos de su boca. ‘Trate de no masticar con ese lado esta noche. La enfermera le dará la próxima cita.’”

Se acaba la odontología y comienza la investigación en el barco. Vale la pena este policial de la famosa colección El séptimo círculo.

            

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