Las digresiones, indiscutiblemente, son el rayo de sol, la vida, el alma de la lectura.  Si las quitan de mi libro, por ejemplo, bien podrían llevarse también el libro con ellas—reinaría un frío invierno en cada página – […] incorporan la variedad, e impiden que el  apetito decaiga." Lawrence Sterne, (en su obra cumbre, plena de humorísticas digresiones)

          


                 

¡Cómo me desasosiegan!

 

¡Dígame si no es para desasosegarse la frase con la que ejemplificó un artículo suyo Juan Bedoian, Editor General de la revista Ñ!

¡No entiendo lo que me dice! , tituló. Y siguió así
¿Qué opinan si escribo —es una suposición— que esta columna es una discursivización de ciertas esterotipias verbalizantes, trata de la variabilización de la prototipicidad academizante y despliega argumentatividades sobre ciertos hipodigmos lexicales del aparataje modélico de la lengua?

Mejor, no me lo digan. Demasiados reproches —muchos justificados— recibimos ya los periodistas por el uso que perpetramos a diario con nuestro zarandeado español; víctima de desmanes como los que acabo de citar y de otros malos usos lingüísticos como las reiteraciones de términos, incomprensión de determinadas acepciones, uso de extranjerismos innecesarios, cambios de género y empobrecimiento léxico.

[Dígame, lector, si esto no es digno de Jarry, así escriben algunos malos periodistas y así escriben colegas para las revistas profesionales que no cuentan con correctores capacitados.]

Créase o no, las adiposidades verbales mencionadas al principio fueron seleccionadas entre artículos publicados en medios culturales. Porque allí es donde existen más posibilidades de toparse con estos engendros que ya uno no sabe cómo clasificar: ¿neologismos, barbarismos, jergas o simplemente juergas? Leo diariamente textos sobre temas culturales y de vez en cuando me topo con alguna palabra que participa de ese lenguaje críptico lleno de ¿neologismos? que sólo entienden unos pocos. Y me pregunto: ¿debo yo someter al lector a padecer la lectura del fragmento de una crítica literaria que seleccioné de un diario de España? El tipo escribió:

“Es como si la reconstructivización estuviese condenada a ser una textualidad autofágica que remite a su propia signicidad”.

[Hubiera usted visto las barbaridades que debí corregir en los trabajos recibidos cuando fui Director de la Revista de la Asociación Odontológica Argentina. Pero que los españoles no se crean dueños del español: en una revista de odontología publicada en Barcelona hallé atrocidades que incluí como ejemplos de lo que no debe se debe hacer en mis cursos de redacción científica.]

Estoy en contra de los purismos o dictaduras académicas y estoy a favor de la vitalidad deseable y necesaria que debe tener toda lengua. Los neologismos y regionalismos aportan a la riqueza lingüística porque expresan un concepto nuevo, propio de la palabra, una forma de ser y pensar. Pero están los necesarios y los innecesarios. Yo tengo un problema personal con los segundos. [Nota de U. O.: La ignorancia del inglés y del castellano lleva a decir, por ejemplo, imprimar por to prime, que significa preparar, iniciar. Un primer es un preparador, un iniciador. Neologismo de los innecesarios. Ni en inglés es neologismo. Decir composite (tal cual), para evitar las dos palabras de resina compuesta, estaría entre los casi necesarios. ¡No el horrendo composait del ignaro!]

Cualquier lector que lee —todos son ejemplos publicados en papel— que hay que “taxonomizar la proyectualidad”, “contemporaneizar con la sujetualidad”, “trasponder la subalternidad” se raja de la lectura. ¿Por qué usar “territorialidad” en vez del más simple y castizo “territorio”, “continentados” en vez de “abarcados”, “el artefacto escritural” en vez de “escritura”, “calidad textural” en vez de “textura”? Y como periodista, ¿cuál es mi responsabilidad con los lectores si dejo pasar estas pompas?

Borges dijo con razón: “El tiempo me enseñó algunas astucias: preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas”. Deberían tener en cuenta ese consejo ciertos intelectuales [y dentistas]  con tendencia a complicar la realidad en sus textos cuando la cuestión es al revés, simplificar aquello que en la realidad aparece como complejo. Por una razón muy simple: en el periodismo, al menos, no se puede creer lo que no se entiende.

Señor Juan Bedoian, ¡chapeau!

                                                      H. M.


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