Máximo cuidado

 

 

Cuenta Nicolás Gogol (en La nariz) que “el doctor se desyunaba con manzanas frescas y cuidaba esmeradamente del aseo de su boca, haciendo gárgaras alrededor de tres cuartos de hora cada mañana y limpiándose los dientes con cinco cepillos distintos.” Sin duda, un médico sabe cómo cuidar su salud, aunque no siempre haga lo que le conviene, como cuando aconseja no fumar con un cigarrillo sostenido entre dedos amarillentos de nicotina.

El protagonista de la novela El viudo feliz, de Pierre Daninos, es dentista, un dentista como muchos, para quienes los congresos son una buena excusa para alejarse de los compromisos cotidianos laborales y matrimoniales. No viajaba por amor a la profesión. Decía: después de haber pasado cuarenta años de mi vida repitiendo ochenta veces por día: Abra... Cierre... Escupa... Enjuáguese... me había jubilado de cirujano dentista con gran alivio por cierto. Pero ponía máximo cuidado en su persona, en la de sus pacientes y en la observación de la gente que conocía en esas andanzas. Dos de sus observaciones son interesantes: nuestros vecinos [los ingleses} han progresado enormemente en el arte dental, sus incisivos prominentes están en vías de extinción. Y: La tercera edad es la edad del metal: plata para el cabello, oro para los dientes, plomo para los pies. Su visita a Edimburgo le permitió visitar la tumba de su famoso colega D. H. Brown, cuyo epitafio dice:

Forastero, pisa este suelo con gravedad

Brown está llenando su última cavidad.

Los que no podían poner máximo cuidado eran los obreros de Jorge Amado (Cacao). Como él dice, en medio del barrio se hacían notar la sala de primeros auxilios y el consultorio dental.El dentista venía de Aracaju dos veces por semana. Sinval decía: “- Un obrero sólo puede tener dolor de dientes los miércoles y viernes.

Llegado al final de esta digresión, con respecto del cotidiano pan y manteca, noto que he repetido varias veces la palabra máximo. ¿Qué será?

 

                     Horacio Martínez

                      

 

 

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