El terrible castigo de un dentista

 

Por León Bloy

Traducción: Dra. Karen Pico (Galicia)

 

 

 

--Bien, señor, ¿quiere hacerme el honor de decirme qué desea?
El personaje a quien se dirigía el impresor era un hombre absolutamente como cualquiera, el primero venido de entre los seres insignificantes o inútiles, uno de esos hombres con aire de estar en plural por lo bien que expresan el ambiente, la colectividad, la indivisión. Habría podido decir Nosotros, como el Papa, como en una encíclica.

Su figura, formada como a la pala de albañil, pertenecía a esa categoría sin número de los falsos “mastuerzos” del Mediodía que ninguna cruza podría refinar, aunque en él, todo, hasta la misma grosería, era mera apariencia.

No pudo responder en el acto, porque se encontraba fuera de sí y,  precisamente en ese instante, hacía una  tentativa desesperada por ser alguien. Sus grandes ojos llenos de incertidumbre rotaban, casi saltaban de sus órbitas, como esas bolas de los juegos de azar que parecen vacilar antes de elegir el agujero numerado donde se realizará el destino de un imbécil.

--¡ Eh! Bribón entre bribones!, exclamó, con un fuerte acento de Toulouse, no es el trueno de Dios lo que he venido a buscar a su tienda. Usted va a prepararme cien tarjetas de invitación para una boda.

--Muy bien, señor. Aquí tiene nuestros modelos, usted podrá elegir. ¿El  señor desea una edición de lujo sobre papel veteado o sobre Japón imperial?

--¿ De lujo? ¡ Por Dios! No nos casamos todos los días. No espero que usted me haga este trabajo en un limpia-culos. Todo lo que aquí haya de más imperial, por supuesto. Pero sobre todo no se le ocurra encajarme un marco negro, ¡por Dios Santo!

El impresor, un buen hombre de Vaugirard, temiendo estar ante la presencia  de un loco, a quien no debía contrariar, se contentó con protestar, muy comedidamente, contra la sospecha de éste de que se produjese semejante descuido.

Cuando fue cuestión de redactar la copia, la mano del cliente temblaba tan fuerte,  que el empleado debió escribir bajo su dictado:

" El señor doctor Alcibíades Gerbillon tiene el honor de hacerle partícipe de su matrimonio con la señorita Antoinette Planchard. La bendición nupcial será impartida en la iglesia parroquial de Aubervilliers ".

¡ Vaugirard y Aubervilliers, nada que ver uno con otro!  --pensó el tipógrafo mientras aceptaba tranquilamente las indicaciones.

Evidentemente, nada que ver. Habían pasado ya unas quince horas, desde que el doctor Alcibíades Gerbillon, el odontólogo, deambulaba por París.

Todas las otras gestiones relativas a la boda, que debía celebrarse a los dos días, las había concluido con tranquilidad, como si fuera un sonámbulo. Sólo la formalidad de la circular, lo había trastornado.

He aquí por qué:

Gerbillon era un asesino sin reposo.

Que lo explique quien pueda. Habiendo consumado su crimen de la manera más cobarde y ruin, exento de emoción alguna, de modo propio de un bruto como él, el remordimiento no se le había presentado hasta que le llegó una misiva impresa, con un amplio recuadro negro, por la cual toda una familia afligida le rogaba que asistiera a las exequias de su víctima.

Esta obra maestra tipográfica lo había enloquecido, trastornado, perdido. Arrancaba dientes en buen estado, orificaba con golpes torpes y negligentes, se ensañaba con encías preciosas y destrozaba mandíbulas que el tiempo había respetado, infligiendo a su clientela tormentos completamente nuevos.

Su lecho de odontotécnico solitario era pasto de pesadillas sombrías,  en donde rechinaban hasta las dentaduras de goma vulcanizada que él mismo había construido en los orificios de los ciudadanos condenados que lo habían honrado con su confianza.

Y la causa de esta confusión era exclusivamente el mensaje trivial, que habían acogido, con el alma muy tranquila, todos los matriculados notables de los alrededores.  Alcibíades era uno de esos adoradores del Moloch de los Imbéciles, a quienes lo Impreso no perdona.

¿Se puede creerlo? Había asesinado, realmente asesinado por amor.

La justicia quiere sin duda que un crimen así sea imputado a las lecturas del dentista, único alimento del cerebro de ese asesino.

A fuerza de ver en las novelas folletines las relaciones amorosas resueltas de forma trágica, se había dejado vencer poco a poco por la tentación de eliminar, de un golpe, al comerciante de paraguas que era un obstáculo para su felicidad.

Este negociante joven, de magnífica dentadura, no le ofrecía ninguna ocasión para devastarle la mandíbula, y estaba a punto de casarse con Antoinette, la hija del gordo ferretero Planchard, por la cual ardía, en silencio, Gerbillon desde aquel día en que habiéndole roto un molar tuberoso, aquella muchacha  encantadora, había perdido el sentido en sus brazos.

Se iban a publicar las amonestaciones. Con esa decisión rápida, que hace de los dentistas personas temibles, Alcibíades había maquinado el exterminio de su rival.

Una mañana de aguacero torrencial, encontraron muerto en su cama al vendedor de paraguas. El examen médico expresó que algún malvado de la más peligrosa especie había estrangulado al  pobre hombre durante el sueño.

 El diabólico Gerbillon, que sabía mejor que nadie a qué atenerse, confirmó esta opinión audazmente y lució una lógica implacable en la demostración científica del suceso. Sus estimaciones, por otra parte, estaban tan bien ejecutadas que, después de una encuesta tan vana como minuciosa, la justicia se vió obligada a renunciar a descubrir al culpable.

El dentista sanguinario se salvó, pero no quedó impune, como se verá.

Como esperaba que su crimen le aportara un provecho, ya el vendedor de paraguas bajo tierra, comenzó su asedio a Antoinette.

La actitud de superioridad que había mostrado en el curso de las pesquisas, las luces con que había inundado este oscuro drama y la diligencia respetuosa de su delicada compasión hacia una muchacha golpeada tan cruelmente, le facilitaron el acceso al corazón de la joven dama.

No era, a decir verdad, un corazón difícil conquistar el suyo, un corazón de Babilonia. La chica del ferretero era una virgen razonable y de buena salud que se hundió sólo levemente ante el dolor. No aspiró a la gloria vana de los lamentos eternos, no se obstinó en lo absoluto por  ser inconsolable.

No vivimos para los muertos: “un marido perdido, diez encontrados”, le murmuraba Alcibíades.  Varias frases provenientes del mismo sumidero, que le parecieron trascendentales, le hicieron creer pronto en una nobleza del sacamuelas.

- Es su corazón, señorita, lo que yo quisiera sacar- le dice un día. Palabras que fueron decisivas.

Éste palabrerío fascinante, captado gracias a la educación de la joven muchacha, la decidió. Gerbillon, por otra parte, era un esposo adecuado. Fácilmente se entendieron y el compromiso se celebró.

¿Qué necesidad había de que una felicidad tan caramente conquistada fuese envenenada por la memoria del muerto? La carta famosa de duelo cuya impresión comenzaba a borrarse,  había reaparecido en la imaginación de este asesino quien se consideraba descubierto por ella, de la forma más tonta.

En la víspera  de su boda, como acabamos de verlo,  la obsesión se había vuelto más fuerte, incitándolo a la locura, haciéndolo vagar todo un día, como un fugitivo, en ese París que no habitaba, hasta la hora terrible cuando, por fin, encontró las fuerzas de encargarle las invitaciones de la boda  a este impresor de Vaugirard que ciertamente había adivinado su crimen.

No valió la pena haber sido tan astuto, tan despabilado, haber despistado del rastro tan bien a la justicia y, contra toda esperanza, haber obtenido la mano de la mujer que idolatraba, para llegar a esta miseria de ser frecuentado por alucinaciones.

La embriaguez de los primeros días fue sólo una tregua. Los cuernos finos de croissant de la luna de miel de los recién casados todavía no habían dejado de pinchar el azul, cuando  apareció el germen de la duda.

Alcibíades, una mañana, descubrió un retrato del comerciante de paraguas.

¡ Oh! Una simple fotografía que Antoinette inocentemente había aceptado cuando se creía en vísperas de casarse con él. Encolerizado, la hizo pedazos en seguida bajo los ojos de su mujer, a quien esta violencia la rebeló, aun cuando tal reliquia no había sido para ella demasiado preciosa.

Pero, al mismo tiempo -porque es imposible destruir lo que se es- ,la imagen hostil no existía sobre el papel más que como reflejo visible de uno de los fragmentos de lo indiscernible. La imagen fotográfica en la que el universo está involucrado se fijó en la memoria repentinamente impresionada de la Sra. Gerbillon.

Frecuentada, desde entonces, por un difunto cuya memoria se le había vuelto casi indiferente, ahora no vive más que para él, lo vive a todas horas, lo respira, lo exhala por todos sus poros, la saturan todos sus efluvios. El triste marido, a su vez, se encontró sorprendido y desconsolado al encontrarse con ese cadáver  siempre interpuesto entre él y ella.

Al cabo de un año, tuvieron un niño epiléptico, un varón monstruoso que tenía la cara de un hombre de treinta años y que se parecía de forma prodigiosa al hombre asesinado por Gerbillon.

El padre huyó dando gritos, vagó como un loco durante tres días, y por la tarde del cuarto, tras haber mirado absorto la cuna de su hijo, lo estranguló sollozando.

 

 

NOTA SOBRE EL AUTOR: Bloy nace en Perigueux el 11 de julio de 1846, en una familia de pequeños burgueses. Su padre, empleado en el cuerpo de ingenieros civiles, es libre pensador, anticlerical y masón; la madre, de origen español, creyente sincera. Conoce a las personalidades de primer plano de la vida literaria parisina: P. Bourget,  De Villiers de l'Isle-Adam, Paul Verlaine, J.-K. Huysmans. En 1889 se casa con Jeanne Molbeck. El matrimonio llevó a su existencia una nota de serenidad que le permitió publicar libros y artículos. Murió el 3 de noviembre de 1917, tras una larga enfermedad. Bloy es una personalidad discutida. Hay quienes lo detestan, por considerarlo exagerado, redundante, empecinado; y quienes organizan en torno a él la conjura del silencio, porque perturba y ofende. Pero ha y también quienes lo consideran un gran escritor (Verlaine, Verhaeren), un verdadero poeta y profeta (Raissa y Jacques Maritain), inclusive un genio. M. Maeterlinck ha escrito: “Si por genio se entiende un relámpago en la profundidad, La femme pauvre (la obra maestra de Bloy) es la única obra moderna en la cual hay signos evidentes de genio”. Refiriéndose al mismo volumen, Raisa Maritain habla de “lirismo auténtico, profundo, inagotable”; y Frank Kafka declaró que Bloy tiene “un fuego que recuerda el ardor de los profetas”.

                     

 

 

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