Boticarios... y papas Parmentier

En el s. XVIII, cuando paseábamos por París con Pierre Fauchard, era de buen tono comer naranjas, muy peligroso comer papas y el azúcar debíamos comprársela a boticarios, que tenían el monopolio de su venta. Las naranjas eran cocinadas con aves, incluidas en postres y transformadas en jugo En cambio, el cultivo de. las papas había sido prohibido en Borgoña y Besancon, en 1630, con la idea descabellada de que traían la peste o lepra. Y el azúcar, proveedora de pacientes, no podía ser adquirida en un almacén (epicerie). Corría por entonces la frase apothicaire sans sucre " para describir a alguien que le faltaba lo indispensable. Como médicos y dentistas necesitamos al indispensable farmacéutico para que dispense nuestras recetas. Aun cuando existen hoy “boticarios sin laboratorio”.

Volviendo a las papas, todos admirábamos las delicadas flores de esa planta y pretendían aterrorizarnos con su tubérculo. Cuando Sir Walter Raleigh la cultivó en sus tierras de Irlanda, amenazaron quemarle la casa y los campos. Cuando se la quiso cultivar en Francia surgió la prohibición. Hizo falta un boticario o farmacéutico militar, Antoine Parmentier (1737-1813), prisionero de los alemanes y alimentado exclusivamente con papas durante dos años, para revertir el concepto. En 1773, publicó una obra para recomendarla y hoy se lo recuerda cotidianamente por las “papas Parmentier”.

Parmentier procedió con  astuta psicología contra la superstición. Obsequió un ramo de las hermosas flores a Luis XVI y María Antonieta y así pasó a ser un adorno en los cabellos de las damas, en papeles pintados, en tapicerías. Pero para imponer el tubérculo en el pueblo procedió ingeniosamente. Cultivó papas en unos amplios terrenos que le concedió el rey e hizo que durante el día los campos fueran custodiados por soldados. Pero a la noche, no. Los campesinos se metieron a escondidas, las robaron y años antes de la Revolución eran un alimento popular. No faltó quien, pasado a la orilla opuesta, aseverara que aumentaba el deseo y favorecía la fertilidad.

Los boticarios gozaban de cierto prestigio porque sus estudios eran más extensos que otros y, ya desde 1561, existía la primera farmacopea escrita en francés por Michel Duffeau. Entre sus privilegios estaba el estar exentos de contribuir a la limpieza de las calles, de integrar la guardia o de pagar esos servicios... porque el suyo era más importante. Aunque su examen de graduación era muy exigente, ¡la viuda podía seguir ejerciendo la profesión junto con un maestro en ella... hasta que se volviera a casar!

 

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