Feroz animal doméstico

 

 

Hay un animal doméstico feroz como el que más, de fiero continente, poderoso rugido, zarpazo demoledor y dentadura de ocho afiladísimas hileras. Usted, lector, lectora, lo conoce, convive con él y lo soporta con resignación o lo rechaza con asco. ¡Es el mumpsimus!

Cuenta la leyenda que hubo un monje medieval, iletrado como muchos ejemplares de la especie que describo, que con obstinada persistencia repetía erradamente una frase de la liturgia. En de decir en latín quod in ore sumpsimus se empeñaba en decir mumpsimus. La frase correcta eucarística significa “en la boca tomamos”, mientras que la errada está Herrada, con Herradura de burro terco.

El punto clave no está en el error, sino en el empecinamiento cuando alguien pretendió abrirle los ojos a la verdad. Según contó Richard Pace, diácono de la Catedral de San Pablo, Londres, cuando se le mostró al monje la evidencia escrita, que saltaba a la vista, y vio lo que había estado repitiendo mal por cuarenta años, contestó con feroz terquedad: “No pienso cambiar mi viejo mumpsimus por su moderno sumpsimus”.

(Acotación histórica: Erasmo, amigo de Pace y autor del renombrado Elogio de la locura [la estupidez humana], habría sido el primero en denunciar ese ejemplo de estolidez. En 1530, en La práctica de los prelados, un libro de William Tyndale, primer traductor de la Biblia al inglés, apareció registrada la palabra que habría de merecer la aprobación real en 1545, cuando el feroz Enrique VIII dijo: “Algunos son demasiado rígidos con su viejo mumpsimus, en tanto que otros son demasiado curiosos y atareados con su sumpsimus.”)

Como consecuencia, la palabra quedó en el idioma inglés como chiste de la cultiparla, con ya cuatro siglos de edad. Según el mataburros, se aplica a quien persiste con obstinación en sus anticuadas actitudes, hábitos y convicciones, pese a la evidencia de que están errados. No figura en el diccionario de la Real Academia Española ni en el manual de zoología fantástica de Borges, pero usted conoce a este animal.

Es más, ¿quién no ha tenido encuentros con este feroz animal doméstico? Y seguramente ha salido mal parado. Este hooligan o barra brava, este mumpsimus, convive con nosotros, que solemos responder con dos actitudes básicas: una, ignorar su hediondo aliento y sus colmillos amenazantes y sus aullidos ensordecedores; dos, responder bajando a su nivel rastrero y agresivo y rencoroso. D. W. Chambers calificaba a este ser cavernario diciendo que representaba el lado desafortunado de la naturaleza humana (J  Am Coll Dent, 2003), demasiado terco, obstinado en rehusar un cambio en su mentalidad o en negarse a escuchar la evidencia que contradice sus creencias. La investigación ha intentado descifrar los genes de esta bestia feroz cuya violencia está entre nosotros y las causas de su compromiso que se resiste tanto a la transformación, aun a la luz de la razón.

Como tantas veces que nos presentan dos términos antitéticos como sin más alternativas, quizá haya una más sana frente al mumpsimus, ni callar en aquiescencia tácita, ni combatir en batalla siempre perdida. Al animal hay que dejarlo yacer en medio de sus propias deyecciones y difundir la verdad de su peligro a quienes desconozcan a este feroz animal doméstico. Alejarse de lo feroz para estimular lo feraz.

 

                     Horacio Martínez

                       con  Emilio Bruzzo

 

 

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