Las digresiones, indiscutiblemente, son el rayo de sol, la vida, el alma de la lectura.  Si las quitan de mi libro, por ejemplo, bien podrían llevarse también el libro con ellas—reinaría un frío invierno en cada página – […] incorporan la variedad, e impiden que el  apetito decaiga." Lawrence Sterne, (en su obra cumbre, plena de humorísticas digresiones)


 

                                  

Oxímoron, o el humor en la lengua

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El término oxímoron es él mismo es un oxímoron (en latín contradictio in terminis), un neologismo (helenismo) introducido en el siglo XVIII que une οξύς (oxýs: ‘agudo, punzante’) y μωρός (morós: ‘fofo, romo, tonto’). En USA le dicen moron al discapacitado mental. Parta el plural. el Diccionario panhispánico de dudas se sugiere utilizar «los oxímoron» o «los oxímoros».

El oxímoron combina dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión, que genera un tercer concepto. En sentido literal el oxímoron es un ‘absurdo’ (por ejemplo, “un instante eterno,” “que tiernamente hieres, soledad sonora, música callada” [San Juan de la Cruz]), que fuerza al lector o al interlocutor a comprender el sentido metafórico (como ese  instante que, por la intensidad de lo vivido durante su transcurso, hace perder la noción del tiempo).

Esta figura retórica es muy frecuente en poesía mística y amorosa, porque la experiencia de Dios o del amor trasciende todas las antinomias mundanas. Y, por qué no, como recurso humorístico: asquerosamente limpio. Oculta a veces un agudo sarcasmo bajo un aparente absurdo.

Ejemplos

[El amor es] «vista ciega, luz oscura, / gloria triste, vida muerta» (Rodrigo Cota de Maguaque, f. 1498)

[El amor es] «hielo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente...» (Francisco de Quevedo, 1580-1645).

«Placeres espantosos y dulzuras horrendas» (Charles Baudelaire, 1821-1867).

«Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis» (Jorge Luis Borges, 1899-1986: El aleph).

"… se aplica a una palabra un epíteto que parece contradecirla; así los gnósticos hablaron de una luz oscura; los alquimistas, de un sol negro." ("El Zahir"; J. L. Borges)

“Pocos lugares existen a los que me parezca tan grato regresar cuando estoy de mal humor como aquellos en los que nunca he estado.” ( Jorge Luís Borges)

«Festina lente», ‘apresúrate lentamente’ (César Augusto)

«Mis libros están llenos de vacíos» (Augusto Monterroso, 1921-2003).

Los oxímoron pueden ser frases breves o reducirse a un solo término. Ejemplos: altibajos, claroscuro, quitaipón, subeibaja, vaivén; o dos unidos mediante un guion: enseñanza-aprendizaje, entrega-recepción

 

Vea cómo Lope de Vega acumula oxímoros:

 

Sosiega un poco, airado temeroso,

humilde vencedor, niño gigante,

cobarde matador, firme inconstante,

traidor leal, rendido victorioso.

 

Déjame en paz, pacífico furioso,

villano hidalgo, tímido arrogante,

cuerdo loco, filósofo ignorante,

ciego lince, seguro cauteloso…

 

 Y Quevedo no se queda atrás oximoreando:

 

Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,

es un breve descanso muy cansado.

Es una libertad encarcelada,

 

Luis de Góngora fue un rey del oxímoron:

Y mientras con gentil descortesía

mueve el viento la hebra voladora

 

 William Shakespeare escribió:

Santo maldito, honorable villano, engaño leal.

 

Y punto… final e interminable

                                                                                                                                                                                                                                                                                H. M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El humor negro y la odontología

 

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Apolo, el dios de la medicina, solía enviar las enfermedades. En el principio, los dos oficios eran uno solo. Y sigue siendo así.  Jonathan Sweift

 

El humor negro, supongo, debería estar prohibido en USA, por el adjetivo “políticamente incorrecto.” Quizá allá deberían decir “humor afroamericano.” Para colmo, esa denominación tuvo su origen en la Francia que los yanquis odian al punto de cambiarles el nombre a las papas fritas, ex “fritas francesas” (French fries).

 En realidad, los franceses sólo le pusieron nombre, pues existía desde hacía largo tiempo [Ver más en mayo].  Era  llamado humor de patíbulo, que conllevaba la “risa del ahorcado,” El surrealista André Bretón fue quien puso negro al humor que se caracteriza por su cinismo, escepticismo e ironía, generalmente destinados a burlarse de la muerte (o a anestesiar la mente al respecto, según Freud), como se puede apreciar en su Anthologie de l'humour noir, cuya primera edición es de 1940 y fue incautada por el régimen de Vichy (pro nazi). [Obsérvese que dice humour porque considera que el sentido propio y las connotaciones que tiene en inglés no se dan en el humeur francés.]

 Bretón incluyó 45 autores, no todos tan fieros, y quiso atribuir a Jonathan Swift el origen de este humor, y, en verdad, es bastante oscurita su “Una modesta proposición: Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público” de 1729 sobre cómo superar la hambruna alimentando a los niños ricos con los niños pobres. Ya en sus tiempos, el creador de Gulliver hizo una distinción entre el humor donde la víctima es objeto de sátira (Sade) y aquel donde el burlado es el victimizador.

Como ya señalamos del humor inglés en general, se trata de eliminar cualquier tabú y tomarse a broma lo que venga, como para provocar en el lector o espectador tanto la risa como cierta incomodidad: “¿Qué tiene dos piernas, pero no puede caminar? Medio perro.” [Ver nuestro número anterior.]

Helen Keller

Hasta con tan trágica historia de Helen Keller se han hecho chistes negros. Ciega y sorda, logró comunicarse con el mundo, como se vio en cine y teatro (Miracle worker, o Ana de los milagros). Todo sus logros fueron posibles gracias a la ayuda de su institutriz Ana Sullivan, quien le enseñó a leer y comunicarse. Ej:

¿Sabías que Helen Keller tenía una casa de muñecas en el patio?   No.    Ella tampoco.

¿Cómo se logra que Helen Keller guarde un secreto? Rompiéndole los dedos.

¿Por qué Helen Keller no gritó al caerse en el precipicio? Porque tenía los mitones puestos.

¿Por qué no debe Helen Keller manejar? Porque es mujer.

Médicos

El médico ve a un paciente después de 20 años. Le dice: "Los análisis que me trae señalan dos novedades, ninguna buena. Lamentablemente, usted sufre de dos enfermedades muy graves" “Cuénteme primero la peor,” dice el enfermo.

“Bueno, tiene una forma incurable de cáncer y le quedan sólo dos meses de vida.” “Es mala de veras, y ¿cuál es la otra?” "Que el suyo es un avanzado caso de  Alzheimer, una severa degeneración neurológica." Y cierra el paciente así: “Eso es bastante malo, pero ¡por lo menos no tengo cáncer!”

Polacos o gallegos

Nuestros gallegos de los chistes crueles son los polacos de los yanquis. Va botón de muestra.

Con la economía por el suelo, en las alturas de un rascacielos en construcción están por almorzar en su descanso un irlandés, un italiano y un polaco. Sentados en una viga colgante, abren sus viandas. El irlandés mira el contenido y dice: “Juro que si mañana me dan de nuevo carne envasada en pan negro me tiró de acá arriba.”

El italiano saca su sándwich y gruñe: “Juro que si mañana me dan de nuevo albóndiga emparedada me tiró de acá arriba.”

Cuando le llega el turno al polaco, exclama “Juro que si mañana me dan de nuevo pirojki me tiró de acá arriba.

Al día siguiente, la misma escena, hora y lugar. El irlandés abre su almuerzo, ve que es corned beef de nuevo y se tira ahí mismo. El italiano ve la albóndiga y se tira. El polaco encuentra pirojki y se arroja también desde lo alto.

En el velatorio conjunto, las tres viudas comentan lo ocurrido, enteradas de la causa por compañeros de sus maridos. La irlandesa dice: “Si me lo hubiera dicho, le preparaba otro sandwich.” Las mismas palabras dice la italiana. Pero la polaca señala, extrañada: “Estoy confundida, no entiendo. El almuerzo se lo preparaba él mismo.”

Y bien que se han encarnizado los humoristas en humor negro dental, razón por la cual lo menciono por real y no lo incluyo… porque no me place, simplemente.

Quizá esto de burlarse de lo más serio o trágico responda a una necesidad del hombre, una manera de aliviar las tensiones, de no ver tan negra la muerte. Por algo será que se difundió en cantidad de antologías de los más variados y prestigiosos autores, como Aristófanes, Cervantes o William Shakespeare.

El genial bardo escribió para Romeo y Julieta la siguiente escena (III, 1), en la que a Mercutio le dan una estocada:

Romeo: Coraje, amigo; el daño no debe ser demasiado.

Mercutio: No, no es tan profundo como un pozo, ni tan ancho como puerta de iglesia; aunque es suficiente, servirá: Pregunta por mí mañana, y encontrarás un hombre serio [en inglés, grave man, que vale como hombre serio y como hombre de la tumba (=grave)]

Tema de comediantes y cómicos de todas partes, la risa de este humor castiga las costumbres, y el malestar del público invita a pensar. Ha sido tal la variedad que puede incluir de lo más vulgar a lo más conmovedor: corrupción, mutilaciones, pedofilia, violencia sexual, drogadicción, crímenes, guerras, depresión, enfermedades varias, discapacidades físicas y mentales, y hasta el racismo. Recuerdo a un negro, Chris Rock, creo, que se burlaba de los negros y aun usaba el término nigger, sumamente ofensivo, para hacer reír a sus oyentes de color. 

El sexo y sus circunstancias, dificultades y accidentes, son encarados de manera arquetípica en uno de mis libros de humor favoritos, Tristram Shandy, donde Lawrence Sterne pone a Tristram, a los 5 años, como viéndose obligado a orinar por una ventana a falta del recipiente apropiado en su cuarto. El hecho es que la ventana que el niño levanta cae y lo circuncida accidentalmente. La familia reacciona con una sobreabundancia de acción, caótica, y con digresiones filosóficas inoportunas y jocosísimas por incongruentes e inadecuadas.

El libro de André Bretón está editado en castellano, así como varia antologías más. En Universo Odontológico, dimos una muestra excelente de Woody Allen, el pasado mes de septiembre. Dos ejemplos notables – de Cortázar y de Quincey – al final de esta digresión.

En cine, recuerdo dos ejemplos sobresalientes: La danza de los vampiros, de Roman Polanski, y Dr. Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba, de Stanley Kubrick. Y uno de los varios sobre nosotros:

Novocaine

Ya citado en U.O. Ver el índice en “página inicial”

Hay varios ejemplos más a lo largo de nuestros 11 años

Julio Cortázar: Historias de cronopios y de famas (Conducta en los velorios)

   No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio este a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.

   En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia esta en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompanar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

 

Thomas de Quincey: Del asesinato considerado como una de las bellas artes

Pero ya es tiempo que diga unas cuantas palabras sobre los principios del asesinato, no con objeto de reglamentar la práctica sino de esclarecer el juicio. Las viejas y la muchedumbre de lectores de periódicos se conforman con cualquier cosa siempre que sea lo bastante sangrienta: el hombre de sensibilidad exige algo más. Hablemos primero del tipo de persona que mejor se adapta al propósito del asesino; segundo, del lugar apropiado; tercero, del momento justo y otros pequeños detalles.

En cuanto a la persona, supongo que debe ser un buen hombre, pues de otro modo él mismo podría estar pensando en la posibilidad de cometer un asesinato; esos combates en que «diamante corta diamante» pueden resultar agradables mientras no se disponga de nada mejor, pero, a decir verdad, no son lo que un crítico se permite llamar asesinatos. Podría mencionar a ciertas personas (no voy a citar nombres) asesinadas en callejones oscuros; a esto no hay nada que objetar, pero mirando las cosas más de cerca el público se da cuenta que, al ocurrir los hechos, la víctima se proponía robar a su asesino —por lo menos— y aún matarlo si le alcanzabanlas fuerzas. Cualquiera sea el caso —o cualquiera pueda suponerse que fue el caso— hay que despedirse de todo verdadero efecto artístico. La finalidad última del asesinato considerado como una de las bellas artes es, precisamente, la misma que Aristóteles asigna a la tragedia, o sea «purificar el corazón mediante la compasión y el terror». Ahora bien, podrá haber terror, mas ¿qué compasión sentiremos por un tigre exterminado por otro tigre?

También es claro que la elección no debe recaer en un personaje público. Por ejemplo, ningún artista sensato habría intentado asesinar [al Papa] … también el Papa sería sujeto muy impropio para un asesinato, pues tiene tal ubicuidad virtual como Padre de la Cristiandad, y se le oye tanto sin que jamás se le vea (como al cuclillo) que, sospecho, también ha acabado por convertirse en una idea abstracta a ojos del común de las gentes. En cambio cuando un personaje público tiene por costumbre ofrecer cenas «con las más variadas frutas de la estación», el caso es muy distinto: todos están seguros de que no es una idea abstracta y, por lo tanto, no hay nada impropio en asesinarlo, aunque el asesinato de grandes personajes forma una clase especial que no he tratado.

Tercero. El sujeto elegido debe gozar de buena salud; es absolutamente bárbaro asesinar a una persona enferma, que por lo general no está en condiciones de soportarlo. Conforme a este principio, no ha de elegirse a ningún sastre mayor de veinticinco años, ya que pasada esta edad será sin duda dispéptico. O al menos, si hay quien se empeña en cazar enese coto, estará obligado, según la antigua ecuación, a asesinar a gente que cuente sus años por múltiplos de nueve, digamos 18, 27 ó 36. En esta fina atención nuestra por el bienestar de los enfermos observarán ustedes el efecto, común a las bellas artes, de suavizar y refinar los sentimientos. Por lo general, señores, el mundo es muy sanguinario y todo lo que se exige del asesinato es una copiosa efusión de sangre; el despliegue ostentoso a este respecto basta para satisfacer a la mayoría. El conocedor advertido tiene gustos más refinados y nuestro arte, como todas las demás artes liberales bien asimiladas, humaniza el corazón; tan cierto es que

«Ingenuas didicisse fideliter artes Emollit

mores, nec sinit esse feros.»

Un amigo de aficiones filosóficas, muy conocido por su bondad y filantropía, sugiere que el sujeto elegido debe tener también hijos pequeños que dependan enteramente de su trabajo, para ahondar así el patetismo. Sin duda tal precaución sería juiciosa, pero no es una condición en la que yo insistiría demasiado. No niego que el gusto más estricto la requiera, mas, a pesar de ello, si el hombre es inobjetable en cuanto a moral y buena salud, no impondría con tan exquisito rigor una limitación que puede tener por consecuencia reducir el campo de acción del artista.


       
                                      
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