Las digresiones, indiscutiblemente, son el rayo de sol, la vida, el alma de la lectura.  Si las quitan de mi libro, por ejemplo, bien podrían llevarse también el libro con ellas—reinaría un frío invierno en cada página – […] incorporan la variedad, e impiden que el  apetito decaiga." Lawrence Sterne, (en su obra cumbre, plena de humorísticas digresiones)


          

   

La Bruyère: Los Caracteres o Las Costumbres de este Siglo

 

El paso sin prisa ni dirección obligada de las digresiones, me lleva a Jean de la Bruyère y su obra Los Caracteres o Las Costumbres de este Siglo (1688), porque con este texto singular dejó una noción de estilo literario novedosa, una prosa que invita a la lectura en voz alta y deja un rastro indeleble en la definición de los rasgos distintivos del ser humano de su tiempo, del nuestro y del de su parcialmente contemporáneo Pierre Fauchard. (Nació en París, en 1645 y falleció en Versalles. en1696, por un ACV: Fauchard: 1678-1761). Aun en nuestra pobre versión al castellano podrá apreciar el lector esa cualidad de la lectura en voz alta.

Sus pensamientos, sus descripciones de los caracteres y de los vericuetos del alma bien se pueden aplicar a cada uno de nosotros, así como al muy enamorado Fauchard. Bien cabe adjudicar a los méritos del chirurgien-dentiste el párrafo ad hoc de La Bruyère: Un hombre honesto se considera bien pagado por su propia aplicación a su deber y no le interesan los elogios, la estimación y el reconocimiento que a veces no le llegan.[Ver editorial]Vale para el autor de una sola obra maestra (La Bruyère) como para el autor de una obra pionera (Fauchard).

De LB se dijo: “Fue un hombre honesto, buen amigo, sencillo, en lo absoluto pedante y muy desinteresado,” Pero esta sección no busca recomendar un libro sino dejar que vaguen un poco a la deriva los pensamientos propios en medio de un valle rico en flores de pensamientos ajenos. He aquí algunos pocos de entre los muchos que merecerían figurar.

La vida es breve si sólo le damos este nombre cuando es grata, pues si sumásemos todas las horas transcurridas en el goce, apenas los largos años de una existencia se nos convertirían en unos pocos meses.

No poder soportar los caracteres malos, de los que el mundo rebosa, nada dice a favor del nuestro: es necesario que en el comercio corran tanto las monedas de oro como las de cobre.

 

En el mundo no hay más que dos maneras de ascender: o por la propia industria, o por la imbecilidad ajena.

El avaro gasta el día de su muerte más que en diez años de existencia, y su heredero en diez meses más de lo que él gastó a lo largo de su vida.

El esclavo sólo tiene un amo; no así el ambicioso, que tiene tantos dueños como personas puedan procurarle el favor.

 No nos enfurezcamos contra los hombres al ver su dureza, su ingratitud, su injusticia, su orgullo, el amor a sí mismos y el olvido para con los demás. Están hechos así, es su naturaleza. Es como no poder soportar que la piedra caiga o que el fuego ascienda

No existen más que tres acontecimientos para el hombre: nacer, vivir y morir: de nacer no guarda recuerdo, de morir tiene el sufrimiento, y se olvida de vivir.

No podría evitarse cierta alegría al ver perecer a un hombre malvado: se gozaría entonces del fruto del odio y se sacaría deél todo lo que se puede esperar, que es el placer de su pérdida. Al fin, su muerte llega, pero en una coyuntura en la que nuestros intereses no nos permiten alegrarnos: muere demasiado pronto o demasiado tarde.

Los hombres se avergüenzan menos de sus crímenes que de sus debilidades y de su vanidad.

Al comienzo de lo que LB llama Discours sur Théophraste y da como traducido del griego, dice:

No pienso  que el hombre sea capaz de formar en su espíritu un proyecto más vano y más quimérico, que pretender, al escribir sobre algún  arte o ciencia, lo que sea, eludir toda suerte de crítica, y lograr el apoyo de todos sus lectores. [Universo Odontológico avala esas palabras con la razón y con la experiencia.]

                                                                        H. M.

 

 

YAPA: Para quienes tienen el escepticismo necesario en ciencia

 

Michael Shermer: Why people believe strange things

 

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